Opinión

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A un diplomáticoPor Antonio CaballeroCon motivo de un artículo mío sobre la muerte y el entierro de la princesa Diana de Gales el embajador de la Gran Bretaña le envía una carta al presidente de esta revista. Dice así: "Estimado doctor López Qué triste que un académico mediocre y amargado, en un esfuerzo pueril por aparecer intelectual y original, tenga que escribir un artículotan vulgar, insultante y xenofóbico como 'La princesa simbólica', publicado en su última edición!Un saludo muy cordial Leycester Coltman Embajador Británico".Señor embajador:Entiendo que si usted dirige su nota de protesta al presidente de la revista y no al firmante del artículo es porque no espera respuesta del autor sino disculpas de la empresa. Pero me permito contestarle yo."Mediocre", "amargado", "pueril", "vulgar", me llama usted. Son opiniones, como las mías sobre la difunta: "frívola", "tonta", "egoísta", etc. "Académico". No: mal andan los servicios de información británicos, pues no lo soy. Ni en el sentido que tiene la palabra en español (perteneciente a una academia), ni en el más vago y amplio que tiene en inglés (el que se ocupa de cosas del estudio). Y tampoco "insultante" ni "xenofóbico". Con su perdón, me parece que no entiende usted el significado de esas palabras que usa, ni en inglés, ni en español.Porque mi artículo no es, como dice usted con excusable anglicismo, "xenofóbico", es decir xenófobo. No expreso en él ni odio ni desprecio por ningún extranjero, sea británico, árabe, norteamericano o tibetano: a lo sumo un resignado desconsuelo ante la imbecilidad general de la condición humana. Sugiero, sí, que en todo el asunto hay un componente de xenofobia, pero no mío, sino de los británicos: y lea usted, señor embajador, la prensa de su país antes, durante y después de la aparición de Dodi Fayed para que juzgue si mi sugerencia es absurda.Y tampoco es "insultante". No insulto, sino que describo a la princesa de Gales como incapaz de entender su responsabilidad de princesa; y al personaje mediático Lady Di como incapaz de entender su función de personaje mediático. Insultantes eran, esos sí, los comentarios de la princesa sobre la casa real que la hizo princesa y sobre la prensa popular que la convirtió en personaje. E insultantes hacia ella como persona fueron algunos de los que han sido presentados como homenajes a su memoria. El de su hermano el conde, por ejemplo, que aprovechó el dramatismo de su muerte y de su entierro para proponer la sustitución de la "despótica" dinastía de los Windsor por una "democrática" dinastía de los Spencer (con él mismo, supongo, como Lord Protector de su sobrino 'de sangre', el futuro rey). O el de su amigo el músico, a quien no le temblaron el pulso ni la voz para reciclar en sus funerales una canción compuesta para otra mujer muerta 20 años antes y venderla, tanto simbólica como comercialmente, como si fuera nueva.Mire, señor embajador: más insultantes, y sobre todo mucho más vulgares, me parecen quienes utilizan a la princesa muerta para hacer demagogia _o inclusive para hacer diplomacia_ que los que decimos que la princesa muerta era una mujer insignificante. Del señor embajador, atentamente, Antonio Caballero.
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