Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1993/04/26 00:00

UN ESCOBAR DE REPUESTO

UN ESCOBAR DE REPUESTO

SI MATAN A PABLO ESCOBAR ¿QUE? Nadie puede pensar seriamente, por muy ministro que sea, que la muerte de Pablo Escobar resuelva el problema.
Ningún problema. Ni el narcotráfico, ni ninguna de sus muchas secuelas: la violencia, la corrupción, etcétera.
Por la razón elemental de que ninguno de todos esos problemas viene de que Pablo Escobar tenga, como dicen, una personalidad sicopática, que lo lleva a cometer terribles crímenes: a asesinar candidatos presidenciales y poner carrobombas en las calles, a sobornar jueces y generales, a matar policías en las esquinas. Así pasa en las películas: un sicópata aterroriza a una apacible ciudad, la policía lo mata, y todo se arregla: los protagonistas pueden besarse en paz. Pero la vida real no es así. Por feroz que sea, Escobar es simplemente una anécdota. "Escobarizar" el tema del narcotráfico, como lo vienen haciendo las autoridades y la prensa en Colombia desde hace ya años, no sirve más que para disfrazarlo. Los problemas que causa el narcotráfico no están en la persona de Escobar, sino en la naturaleza misma del narcotráfico.
Y lo que constituye la naturaleza del narcotráfico es que se trata de una actividad ilegal. No es que sea dañina, ni violenta, ni corruptora: es todas esas cosas porque es ilegal. Por ser ilegal es necesario, para adelantarla, matar a quien se oponga: policías, jueces, ministros de justicia, periodistas. O sobornarlos para que no se opongan, sino que colaboren. Y es posible matarlos, o sobornarlos, o las dos cosas a la vez, porque la actividad del narcotráfico da dinero suficiente para hacerlo.
Y lo da por una sencillísima razón: que es ilegal. Los des comunales márgenes de beneficio que deja el narcotráfico vienen de un solo elemento: su ilegalidad. Y los perjuicios que causa, también descomunales, tienen exactamente la misma raíz: su ilegalidad. Por eso los narcotraficantes, que han obtenido del Estado colombiano prácticamente todo lo que han querido -eliminación de la ex tradición, cárceles especiales, rebajas de penas, perdón y olvido-, no han pensado nunca en solicitar la legalización de su negocio. Legalizado, dejaría de inmediato de ser dañino, pero también de ser rentable. Ya no sería negocio.
Dentro de ese negocio magnífico y perverso, magnífico por perverso, Pablo Escobar no es otra cosa que una anécdota. Muy vistosa y costosa, pero una anécdota. Si después de años de esfuerzos la policía consigue por fin terminar con esa anécdota, no sucederá absolutamente nada.
Continuarán los asesinatos, los sobornos, la violencia y la corrupción, porque continuará el negocio. Seguirá siendo magnífico, porque seguirá siendo perverso.
La única novedad será que, muerto Escobar, ya no habrá a quién echarle la culpa de todo lo que pasa: ni de las bombas ni de los magnicidios, ni de los paramilitares ni de la corrupción, ni de la violencia callejera. Muerto Escobar, habrá que inventar otro.
Pero no será necesario: ya está inventado. Bastará con repescarlo de entre el rico semillero de narcotraficantes que hay ahí. De una cualquiera de las numerosas familias del cartel de Medellín, o del de Cali, o del de Pereira, o del de Girardot, o del del Norte del Valle, o del de Bogotá, o del de Boyacá, o del de Cúcuta, o del de Montería, o del de San José del Guaviare, o del de la Costa, o del de Neiva, o del de San Andrés. Cuando falte Escobar, se notará que hay muchos Escobares de repuesto.
Y seguirán las bombas, los magnicidios, los asesinatos de jueces, de policías, de periodistas, la corrupción de políticos y de militares, la violencia. Mientras siga el negocio.

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