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Opinión

  • | 2006/09/23 00:00

    Un Evo tecnócrata

    ¿Podrá la singular experiencia de Rafael Correa, que va de primero en la carrera tras la Presidencia de Ecuador, permitirle ganar y, lo que es más difícil, lograr que el vecino país supere su crónica inestabilidad política?

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A menos de un mes de las elecciones en Ecuador, saltó al primer lugar de las encuestas una figura polémica y sorprendente, que si llega a la Presidencia del país vecino va a dar bastante de qué hablar en la región. Rafael Correa, guayaquileño, 43 años, sonrisa amplia, es un tipo inesperado. Es economista yuppy, y a la vez, ecologista y antiimperialista. Llama sinvergüenzas a los de la petrolera Oxy al estilo Chávez, pero sus propuestas nacionalistas se parecen más a las de Evo Morales. Es un Evo sui generis, de rostro mestizo de la costa, que quiere la revolución socialista para su país, pero habla de la urgencia de hacerle reingeniería a las entidades quebradas del Estado.

En su hoja de vida, llena de referencias en inglés, despliega su experticia técnica: maestrías de la universidad de Lovaina en Bélgica y de la Universidad de Illinois en Estados Unidos, y un Ph.D. en economía; evaluador del Telecommunications Network Expansion Project; y autor de investigaciones especializadas, como The Washington Consensus in Latin America, a quantitative evaluation. Como todo economista latinoamericano que se respete, ha sido profesor y decano de economía de una prestigiosa universidad privada. Incluso fue Ministro de Economía el año pasado, pero por la constante volatilidad política ecuatoriana, apenas duró cuatro meses.

Esa es su cara tecnocrática. Pero tiene otra opuesta. Apenas se graduó de economista, se fue de voluntario a una misión de los padres salesianos para trabajar con comunidades indígenas en la zona rural de la provincia de Cotopaxi. Allí aprendió a comunicarse en la lengua nativa, y hoy exhibe en su hoja de vida, que habla perfectamente español, inglés, francés y que es un modesto “principiante en kichwa”. Y, por supuesto, la página web de su campaña está publicada en los dos idiomas principales del Ecuador.

El discurso de Correa es, sin embargo, lo que más sorprende. Propone un cambio radical de modelo económico, en el cual la política social no sea secundaria, sólo para “recoger los heridos y excluidos del manejo económico”. Promete no pagar “la deuda externa ilegítima”, limitar los abonos a esa deuda para que no entorpezcan el desarrollo social de Ecuador e impulsar un “Tribunal Internacional de Deudas soberanas, ante el cual también se reclame la deuda ecológica, social e histórica con los países pobres”. Aunque en su programa de gobierno dice que sometería a referendo popular la aprobación del TLC con Estados Unidos, en una entrevista reciente dijo que “lo botará al tacho de la basura de la historia porque es un bobo aperturismo y claudicación de la soberanía nacional”. Promete volver a meter a Ecuador en el contestatario cartel de países petroleros Opep, renegociar todos los contratos petroleros vigentes para “asegurar un rédito más justo para Ecuador”.

No parece ser sólo discurso. En el corto lapso en que fue ministro, destinó recursos de pago a la deuda externa para inversión social, y casi cuaja un trueque con Chávez para que le diera gasolina y otros derivados del petróleo que le faltan a su país.
Al igual que el mandatario venezolano, le habla duro a los gringos: “Primero me cortan la mano”, antes de renovar el contrato con Estados Unidos que les permite tener una base militar de Manta. Frente a Colombia no es menos contestatario: pedirá sanciones e indemnizaciones ante los tribunales internacionales por todos los destrozos que cause en su país el conflicto colombiano.

Por último, de llegar a la Presidencia, pretende convocar a una Asamblea Constituyente para cambiar las reglas del juego de la política y que la justicia y los órganos de control sean verdaderamente autónomos.

Correa se autodefine ideológicamente como un “humanista cristiano de izquierda” y, con gran sagacidad política, declara que el presidente que más admira en América Latina es el argentino Néstor Kirchner, para no quedar matriculado en la línea de la izquierda radical de Chávez, con la cual lo asocia ya más de uno.

¿De llegar a la primera magistratura, podrá Correa traerle estabilidad política a Ecuador, luego de que este país ha ensayado seis presidentes en 10 años? ¿Podría romper la contradicción paralizante entre políticos clientelistas guayaquileños (o mejor dicho, León Febres Cordero) y los partidos tradicionales serranos, y otros partidos populistas de la costa?

Su falta de experiencia como gobernante y su discurso radical que hoy suena tan popular, pero que, si llega al poder, le hará difícil negociar consensos, dirían que Correa caería tan rápido como sucumbieron sus antecesores. La coalición que lo respalda, Alianza País, no tendrá diputados en el Congreso, pues él mismo no quiso avalar a nadie. Sin partido que impulse la Constituyente en el Congreso, será difícil que la política tradicional se haga el hara kiri por voluntad propia. Y puede que el capital político de Correa, que hoy solo alcanza al 22 por ciento de los ciudadanos, no sea suficiente para buscar alternativas, y por ejemplo, se brinque al Congreso para convocar a la Asamblea por referendo popular.

No obstante, la singular mezcla de este candidato de tecnócrata, que habla de tú a tú con los organismos multilaterales y cree en el apoyo a la empresa privada generadora de empleo, con socialista moderno que defiende los servicios públicos estatales y la nacionalización del petróleo, pero también la eficiencia, la lucha anticorrupción y el control ciudadano, puede abrirle la puerta del éxito.
Las elecciones del 11 de octubre dirán la última palabra.

* * *
Me uno a la campaña de solidaridad que están adelantando varias organizaciones y medios en el país para exigirle a Ministerio de Comunicaciones que abra la convocatoria para otorgar licencias a las radios comunitarias de Bogotá y de otras ciudades de Colombia. Es lo que debería hacer en cumplimiento de la sentencia de la Corte Constitucional al respecto, y es su deber como entidad pública, defender la libertad de expresión indispensable para que Colombia siga siendo pluralista y democrática.
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