Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2010/07/17 00:00

Un exilio en Putumayo

Regresé con la única esperanza de que Juan Manuel sea tan desleal como dicen y traicione al PIN, se le voltee a Uribe y le niegue el cupo a José Galat en Viejitos en Acción.

Un exilio en Putumayo

No puedo negarlo: nada me deprime más que el optimismo que ha despertado el gobierno de Juan Manuel. Soy un mal perdedor, lo reconozco. Me hace daño tanto entusiasmo. Los analistas auguran mejorías en las cifras económicas y dicen que con Santos la rata de crecimiento será aun mayor que la rata de Moreno de Caro.

Pero a mí -qué puedo hacer- me sigue pareciendo un país insoportable: Armandito Benedetti se disputa la presidencia del Congreso con Simón Gaviria, y quien intercede en la balanza es 'el Pincher' Arias: ¿no parece un chiste que estemos en manos de todos ellos?

Lo único que me levanta el ánimo es saber que al menos no soy Juan Carlos Lecompte: el pobre se hizo hace años un tatuaje gigante de la cara de Íngrid que lo tiene pensando en la amputación. Por estos días le toca meterse a la piscina con camisa larga para que no le arranquen el brazo, o pintarle a la cara barba y bigotes para que la gente crea que el tatuaje es de Marco Antonio Solís.

Salvo ese detalle, todo me entristece. Hasta Róbinson Devia, mi nuevo líder político, que es un mediocre. ¡Huelga de hambre de verdad la de Guillermo Fariñas, el cubano ese que quedó como un Gandhi de museo de cera! Algo me dice que, como todo político criollo, Devia hacía trampa y comía a escondidas. Y estoy seguro de que ya pactó su adhesión al gobierno de unidad nacional de Santos a cambio de los tamales que sobraron en la campaña.

Devastado anímicamente, pensé en largarme del país pero los ahorros no me alcanzaron. Quise entonces plagiar una columna de Plinio para merecer una embajada, pero me dio pereza tener que leerla para copiarla, y se me ocurrió una idea mejor: irme a vivir al Putumayo, el único departamento donde ganó la ola verde. Allá, supuse, está concentrado un responsable voto de opinión que creyó en un país diferente.

Entrecerré los ojos mientras me imaginaba la República Independiente de Putumayo: una tierra prometida en la que Rudolf Hommes, Gilma Jiménez y todos los que creímos en la ola verde pudiéramos correr desnudos por las praderas, como los indígenas prehispánicos o Mockus en la Universidad Nacional; un país utópico en el que no estuviera mal visto tomar trago en los andenes, la gente se comunicara con arengas y no fueran aceptados políticos oportunistas como Petro, que ahora busca a Santos con el pretexto de hacer la tal revolución del agua.

Debería darle pena. Cualquiera sabe que si algo distancia a un hombre de derecha de uno de izquierda es, justamente, su relación con el agua. La derecha colombiana se caracteriza por gastarla: miren cómo se lava las manos el mismo Juan Manuel con el caso de los 'falsos positivos' o calculen los litros de agua que se necesitan para bañar al 'Pincher' Arias, con lo untado que salió del Ministerio.

En cambio, el hombre de izquierda se baña muy poco. Observen a un Iván Cepeda, a un Wilson Borja, y díganme si miento. De modo que la tal revolución del agua, planteada como lo hace Petro, es una forma mezquina de ayudar a los suyos.

Ahora bien: ni toda la izquierda es sucia ni toda la derecha es limpia. Hay matices. 'El Pote' Carreño, por ejemplo, es de derecha, pero es bastante ecológico: se limpia el chorrión de huevo tibio del desayuno con un trapito y un mínimo de agua, aunque en la solapa quede expuesto el rastro. No le importa. Así elaboraba también los contratos de la Cntv.

Digo que soñaba con que en el Putumayo hiciéramos la verdadera revolución del agua, y se la lleváramos a quienes la necesitan: alguna vez mencioné a Cabas, y me sostengo: hay que echarle manguera cuanto antes. Pero detrás de él a todos los que la requieran, sin distingos de clase o de oficio: meseros de Andrés Carne de Res; vendedores de Zara; periodistas como Gabriel Meluk; analistas como Hassan; teatreros; cantantes como Cabas: ¿ya dije que Cabas? No importa: hay que bañarlo dos veces, y desparasitarlo. Y por ahí derecho también a una línea de bohemios plays bastante tibios que las mujeres bonitas adoran, como Simón Brand o Juan del Mar; o de intelectuales importantes, como William Ospina, a quien leo y respeto, pero quien merece que algún valiente, enfundado en un uniforme de apicultor, le suelte la cola de caballo para que rompan a volar las polillas y los guácharos que habitan en ella. La transmisión repetirá en cámara lenta el momento en que el poeta se sacuda el pelo por primera vez en años, antes de que se lo corten. Porque después de David Murcia allá la cola de caballo está muy mal vista.

Me fui al Putumayo con la ilusión de dar con un pueblo lleno de intelectuales vestidos con sandalias y buzos de lana, pero me topé de frente con un poco de colonos adictos al dinero fácil que habían vivido de la pirámide de DMG y que no habían votado por Mockus sino contra Uribe.

Este país no es viable.

Ese era el gran reducto del cambio.

Acá no hay a dónde huir.

Regresé con la única esperanza de que Juan Manuel sea tan desleal como dicen y traicione al PIN, se le voltee a Uribe e incluso le niegue el cupo a José Galat en el programa de Viejitos en Acción.

También con el deseo de que se frustre la alianza de Petro con el nuevo gobierno. La verdad es que, con lo que está lloviendo, hay agua para 20 años o incluso para que Angelino haga un buche.

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