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Opinión

  • | 2011/04/16 00:00

    Un extraño gabinete en la sombra

    Acá, el gabinete en la sombra se ha dedicado a defender el estilo, la agenda y el sartal de actos de corrupción de la anterior administración. No hay una crítica leal ni un propósito de ayudarle al país.

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Ocurrió así: en la mañana, Armando Benedetti, presidente del Congreso, había lanzado duras críticas contra Frank Pearl, alto consejero para la Reinserción del anterior gobierno, en un evento sobre los desafíos del Estado frente a las llamadas bandas criminales; le atribuía alguna responsabilidad en la reactivación de estas fuerzas ilegales por la manera como condujo el proceso de reintegración. En la tarde, el expresidente Uribe dedicó un largo rato a un chat para recriminarle a Benedetti sus declaraciones. Fue, según supe, un intenso intercambio de mensajes entre los dos líderes políticos.

Había sido un evento en el salón Luis Guillermo Vélez del Senado, con participación del ministro Germán Vargas Lleras y nutrida asistencia, pero sin una importante repercusión en los medios de comunicación, lo cual es una muestra de la atención minuciosa que Uribe y su equipo le prestan a todo lo que se dice o hace en el Congreso, en el gobierno y en la justicia.

Este es, desde luego, uno de los múltiples y sistemáticos pronunciamientos privados y públicos que a lo largo de los últimos ocho meses han hecho Uribe, sus ministros, sus consejeros, sus funcionarios de rango medio y sus formadores de opinión, controvirtiendo decisiones del gobierno Santos o criticando a sectores del Congreso o cargando sobre la justicia.

Es un intenso ajetreo en el que no se limitan a los mensajes de texto, a las declaraciones y columnas, a las reuniones y foros. Se han movido en el Congreso para desnaturalizar la ley de víctimas, la de regalías, las facultades para reformar el Estado. Se pronuncian sobre cada paso que da el gobierno para recomponer las relaciones internacionales y, en particular, sobre el viraje de la política hacia Venezuela. Diseñan y llevan a cabo estrategias para proteger a todos los funcionarios involucrados en escándalos, perfilando jugadas maestras como la que llevó al exilio a María del Pilar Hurtado.

Para realizar toda esta actividad se necesita una gran voluntad y un alto nivel de coordinación, un dispositivo tal como un gabinete en la sombra, denominación que utilizan en el Reino Unido, en Australia y en Canadá los grandes partidos derrotados en las elecciones para organizar la oposición al nuevo gobierno.

Una vez se instala en el poder la fuerza ganadora, los perdedores organizan un gobierno en la sombra con todas sus formalidades, incluso, en el caso de Reino Unido y Australia, los miembros de este gabinete son elegidos por votación en instancias del partido y el que oficia de primer ministro seguramente ocupará este puesto en un eventual futuro triunfo de su agrupación.

En Canadá y Reino Unido se lo llama Her Majesty's Loyal Opposition (la Leal Oposición a su Majestad) para señalar que tiene una legitimidad y que es parte consustancial del sistema de gobierno. Su misión es hacer seguimiento a cada ministro y a todas las iniciativas parlamentarias con el fin de proponer alternativas distintas e ir perfilando paso a paso un proyecto de gobierno para ofrecer en las siguientes elecciones.

Pero el gabinete en la sombra que se ha instalado en estos meses en el país es bastante extraño por el origen, por la composición y por las labores que realiza. El expresidente Uribe y su equipo pertenecen a los partidos que ganaron las elecciones, algunos de sus seguidores están en el gobierno y los parlamentarios que les son afines pertenecen a la coalición oficialista. Tienen entonces la cómoda y perversa posición de ser a la vez gobierno y oposición.
 
Además, la función que está cumpliendo dista mucho de la que cumplen este tipo de organismos en los países sajones. Acá, el gabinete en la sombra se ha dedicado a defender a capa y espada el estilo, la agenda y el sartal de actos de corrupción de la anterior administración. No hay una crítica leal y transparente, ni un propósito de ayudarle al país a mirar hacia adelante. No hay la intención de postular alternativas nuevas para darles solución a nuestros problemas, sino la pretensión de defender caminos o trillados o fallidos.
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