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Opinión

  • | 1996/01/08 00:00

    UN FINAL, PERO NO EL FINAL

    Para comenzar, Heyne hizo gala de no ejercer ninguna capacidad de deducción a partir de las pruebas que recibió.

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EL DIAGNOSTICO DE HEINE MOGOllón es un final, pero no es el final para el caso de los narcodineros que ingresaron a la campaña samperista. Su resolución, que ya todos vaticinaban sin conocer su contenido por solo conocer la personalidad de su autor, lo retrata perfecto: un político de profesión, que hizo campaña por Samper y que incluso se puso su camiseta, que se hizo elegir para el Congreso, el nido político por excelencia y que probablemente no ha pensado jamás en hacer nada distinto de la política. Quizás el único día de su vida madura en el que Mogollón resolvió no ser político fue cuando el destino le puso en las manos el caso de la campaña samperista. Alquiló entonces un vestido de Sherlock Holmes, y se las dio de investigador judicial, produciendo un fallo en el que se reflejan a todas luces las contradicciones de un papel que la Constitución tenía diseñado de otra manera.
Para comenzar, Heine hizo gala de no ejercer ninguna capacidad de deducción a partir de las pruebas que recibió. Como investigador, simplemente dejó registradas las declaraciones de los investigados, y recomendó archivar la investigación. Quedó satisfecho con que los hermanos Rodríguez Orejuela dijeran que no le habían dado plata a la campaña y con que se inventaran la rebuscada historia de la compra de unos cuadros para justificar la existencia de un millonario cheque. Quedó satisfecho con que el tesorero de la campaña, Santiago Medina, dijera la verdad de no haber visto jamás con sus propios ojos al presidente Samper recibiendo personalmente dineros del narcotráfico. Y quedó satisfecho con que el gerente de la campaña, Juan Manuel Avella. también dijera la verdad de que jamás se entendió financieramente con Samper sino con Botero.
Para concluir, Mogollón iba tras una prueba contundente, que obviamente no encontró. Por ejemplo, su fallo habría sido probablemente distinto si hubiera encontrado escondido detrás de un sofá de Palacio, un diario del presidente Samper en el que se leyera una página fechada el miércoles primero de junio de 1994: "Querido diario: hoy, aterrado con la perspectiva de la derrota, admití que Fernando buscara recursos de los de Cali, que tanto nos han ofrecido ayudar. Pero eso sí, le dije que hiciera lo que quisiera, pero que yo no me enterara". A Mogollón también le habría servido encontrar un recibo firmado por el entonces candidato en una tarde de lluvia de un día festivo. O un balance de la campaña en el que se relacionaran dos tipos de recursos:
"dineros sanctos, dineros no sanctos". O una grabación del Presidente confesándole a Serpa que todo ocurrió en un momento de debilidad.
Sin embargo, lo único que encontró Mogollón en su investigación fueron una serie de hechos regados sobre una mesa como las fichas de un rompecabezas, que habrían requerido de una verdadera voluntad investigativo-deductiva para conformar el todo de la verdad.
Pero sin necesidad de fungir de brillante investigador Sherlock Sorge por lo menos habría podido hacer el esfuerzo de responder en sus conclusiones la pregunta principal: ¿si Medina confesó ser el autor material del ingreso de dineros del narcotráfico a la campaña, quién fue el autor intelectual? (Porque no pensará Mogollón que esta peligrosa aventura fue ingeniada por el solo cacumen del anticuario...)
De ello solo existen dos posibilidades: o Fernando Botero, o Botero y Ernesto Samper. Solo definiendo cuál de las dos es la correcta lograremos escribir el fin de esta historia que el fallo de Mogollón no logró alcanzar.
Si Fernando Botero es el único autor intelectual, y la Fiscalía hace llamamiento a juicio en su contra, al presidente Samper no le quedará más remedio que repudiar públicamente su conducta, por el mal que le hizo al país, a su familia y a él mismo. Un silencio del Presidente en estas circunstancias, lejos de ser considerado como un acto de solidaridad con su mejor amigo, sería interpretado como una imperdonable complicidad. Dicho en otras palabras, la única posibilidad que le queda a Samper de ser inocente es distanciarse públicamente de una conducta, la de Botero, que repudia y que de ninguna manera comparte.
Pero si, por el contrario, son Fernando Botero y el Presidente los autores intelectuales de la movida financiera, pues Botero está en la obligación con el país de decirlo. Porque su silencio no sería considerado como un acto de lealtad hacia el Presidente, ni está siendo entendido así en el presente ni lo será en el futuro, sino como uno de censurable encubrimiento. Si Botero calla, él mismo estará admitiendo con su silencio la tremenda soledad de su responsabilidad.
Mientras esto sucede, cerremos la página de Heine Sorge Mogollón, el hombre que puso todo de su parte, pero de verdad todo de su parte, para no pasar a la historia política colombiana, sino para quedar colgado de ella.
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