Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 1998/01/26 00:00

    UN HOMBRE FELIZ

COMPARTIR

Al concluir este confuso y deplorable año de 1997, tal vez el único colombiano contento con su suerte es Ernesto Samper. Consiguió lo que anhelaba: consolidarse en el poder. En término de riesgos para su gobierno, la crisis quedó atrás. Nadie le pide ya que renuncie. El proceso 8.000 no suscita expectativa alguna en la opinión: lo que pasó pasó. Y aunque los colombianos, en su inmensa mayoría, pongan en tela de juicio la legitimidad del actual mandato presidencial, lo cierto es que hoy admiten con una sombría resignación que Samper permanecerá en la Casa de Nariño hasta el próximo 7 de agosto. ¿Quién se lo va a impedir?Contando con su buena estrella y con el apoyo de su fiel clase política, el Presidente no solo espera llegar sin tropiezos al final de su mandato sino que cree y confía en la posibilidad de dejarle su silla a un amigo obsecuente, capaz de guardarle las espaldas. Tiene todo dispuesto para ello: una maquinaria electoral bien aceitada, un candidato hábil y elocuente, dinero repartido a chorros y sin remordimientos entre sus agentes políticos y, como si todo ello fuese poco, mansos noticieros de televisión a partir de enero. Sobre esta base, el próximo 31 de diciembre a las 12 de la noche, el Presidente puede brindar por el nuevo año con sus más fieles amigos. Todo le ha salido bien hasta el momento.A él sí, pero no al país. Al país le ha ido pésimo en este año que ahora termina. Jamás hubo tanto desorden, jamás tanta inseguridad, tanta sangre, tanta corrupción y anarquía. Jamás hubo tanta distancia entre las palabras del discurso oficial, que se abastece y se reconforta a sí mismo, y la realidad, la que día a día viven los colombianos. No es la situación endémica que arrastra el país desde hace muchos años, relacionada con el narcotráfico y la guerrilla. Es algo más: una vertiginosa descomposición, que agrava esos viejos males, y de la cual el principal responsable es Samper. Juan Lozano anotaba recientemente lo que puede ser el rasgo característico de 1997: en este año, decía, la clase política decidió presentarle al Presidente su factura por todos los servicios prestados, incluida la absolución y otros salvavidas que le arrojaron en momentos difíciles. La factura, claro, resultó bastante elevada en cuotas burocráticas, institutos, auxilios disfrazados y sobre todo en una especie de dispensa moral, o sea de complicidad, para disponer de ese poder y ese dinero libre e irresponsablemente. Y es ello lo que explica el vértigo de millones despilfarrados (¿o sustraídos?) sin misericordia por el señor Hernán Mogollón en Caprecon y por otros funcionarios igualmente inescrupulosos en el Inurbe. Fue un pago a los congresistas por servicios prestados y por los que habrán de prestarle al gobierno y a su candidato en las elecciones presidenciales. Eso todos lo sabemos.Así, pues, corrupción y despilfarro nunca vistos. Y a tiempo que esto ocurría, la guerra de siempre se vio enriquecida este año, siniestramente, por toda suerte de incursiones, de asaltos, atentados y masacres. Con un Ejército desmoralizado, que difícilmente puede llevar sus hombres a hacerse matar por un gobierno corrupto; desmoralizado, pero también desprovisto de una legislación especial de guerra, como la tendría cualquier fuerza armada en su situación, no es de extrañar que en 1997 haya prosperado en el país el ejército privado y paralelo de las autodefensas. Consecuencia inevitable y peligrosa de un Estado incapaz, era la otra pieza que nos faltaba en el bárbaro mosaico de violencias del país. Y ahí está esa otra fuerza irregular, librando la guerra a su manera, la misma de la guerrilla, sangrienta y feroz; y ahí están también los cientos de miles de desplazados, exhibiendo su infortunio y su miseria en caminos, campamentos y suburbios urbanos para no desmentir a quienes ya llaman a Colombia la Bosnia suramericana. Pero el tenebroso paisaje del país, al finalizar 1997, exige otras negras pinceladas. Como no hay autoridad que haga respetar el orden y la ley, como el Presidente y sus ministros hacen las veces de bomberos azorados apagando multitud de inesperados incendios, nunca antes hubo tantos desafueros laborales. Unas veces vimos a los jueces de la República en las calles dejando la justicia al garete, otras a los médicos y enfermeras del Seguro Social abandonando enfermos y hospitales, otras a los transportadores paralizando carreteras, otras a los empleados de Telecom o los familiares de los presos acompañando sus exigencias con amenazas inaceptables frente a un poder tembloroso y desbordado.Y todo ello sin hablar del Congreso, cuyas mayorías obedecen más a las directivas que reciben de La Picota que a las del propio gobierno. Pues bien, a esa situación Bolívar le dio un nombre: la llamó anarquía. En medio de ella recibiremos el nuevo año. Y como el Presidente vive sólo en el ilusorio y fácil mundo de la palabra, ajeno a la realidad de catástrofe que se extiende más allá de su palacio o de la casa de huéspedes, tendremos derecho, este 31 de diciembre, a un breve y alentador discurso suyo. Luego, ya entre sus fieles, se oirá un estampido: el de una botella de champaña al ser destapada. Motivos para celebrar no le faltan. Sólo a él.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.