Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/04/24 00:00

¿Un hombre serio?

Al ministro Restrepo ni siquiera se le ocurre la posibilidad de que el Estado deje de manejar borracho y de pasarse en rojo los semáforos

¿Un hombre serio?

Decían que el ministro de Hacienda Juan Camilo Restrepo era un hombre serio. Lo parece cada vez menos. Por una parte, están ahí los resultados catastróficos de su gestión ministerial, que ya dura año y medio y cada día pinta peor, y ha sido hecha de improvisaciones y de mentiras. Ahí, sin embargo, juegan muchas variables, como dicen los economistas; empezando por ese invariable sino fatal que lleva a todos los ministros de Hacienda de este país a cometer los mismos errores y justificarlos con las mismas mentiras que criticaron en sus predecesores y criticarán nuevamente en sus sucesores cuando les llegue el turno de ser ex ministros. ¿Errores? No, perdón: juego imprevisible de variables. ¿Mentiras? No: interpretaciones de coyuntura. Errores, mentiras, son sólo los de los antecesores y los sucesores de cada ministro de Hacienda. Lo que cada cual hace mientras le dura el turno es muy distinto: es lidiar la inflación, o la recesión, heredada del gobierno anterior; enfrentarse a la subida, o a la bajada, de los precios del café o del petróleo; domar el alza, o la caída, del sucre o del bolívar (o del dólar). Nada, en suma, que sea atribuible a la responsabilidad personal del ministro. Si fuera así, algún ministro de Hacienda renunciaría alguna vez ¿no? Para eso son hombres serios.

(Otra cosa que, invariablemente, hacen también todos los ministros de Hacienda es una reforma tributaria. Restrepo ya

lleva tres, en año y medio. ¿Por qué? ¿Tan mal hechas estaban las anteriores?).

Pero por otra parte, al margen del

cataclismo económico y social que por casualidad ha coincidido con su gestión ministerial, la otra tarde dio Restrepo unas declaraciones que confirman la sospecha de que no es un hombre tan serio como decían. Protestaba con vehemencia contra la intromisión intolerable de la Corte Constitucional en el ordenamiento del gasto público. Pues por lo visto la Corte, a fuerza de fallar tutela tras tutela en contra del Estado, está obligando a éste a desembolsar la totalidad de su presupuesto en pago de indemnizaciones. Y eso indigna al Ministro. Los gastos del Estado, dice, los debe disponer el Ejecutivo, y no los jueces.

No le falta razón en principio (aun dejando de lado el hecho de que durante su ministerio el gasto lo ha dispuesto el Fondo Monetario Internacional). Pero si la Corte se inmiscuye es porque previamente el Ejecutivo ha violado la ley, y por eso los damnificados han interpuesto una demanda de tutela. Si en Colombia se judicializa todo, desde las campañas electorales hasta el ordenamiento del gasto, es porque los colombianos nos la pasamos violando la ley: todo conduce a un juez (y debería acabar en la cárcel, si no fuera porque el sistema penitenciario no funciona; cosa que debería llevar a la cárcel a muchos funcionarios, incluido, supongo, el Ministro de Hacienda). El Estado colombiano viola sus propias leyes sin parar; y por eso su presupuesto no da abasto para indemnizar a todas sus víctimas.

Un ejemplo: si Juan Camilo Restrepo, en su vida privada, atropellara a un peatón en un semáforo manejando borracho, ¿podría negarse a indemnizarlo con el argumento de que es él, y no un juez, quien decide cómo gasta su plata? No. Lo adecuado para ahorrarse ese gasto sería que el Ministro, o en este caso el Estado, no manejara borracho. Así no tendría que pagar las indemnizaciones, porque no habría cometido los atropellos. Y de paso les ahorraría tiempo a los magistrados de la Corte Constitucional, que no lo tienen desde que se inventaron las tutelas. Las cuales hubo que inventar porque, por incompetencia del Estado, la justicia normal no funcionaba. Con lo cual los atropellados no eran indemnizados nunca. Gracias a lo cual los gobiernos podían dejar libérrimamente la disposición del gasto en manos del FMI, sin molestas intromisiones de los jueces. Y si el Estado no manejara borracho, como lo hace, no sería necesario inventar impuestos nuevos, como anuncia el Ministro, para pagar las indemnizaciones de los damnificados que va dejando en los semáforos.

Pero al ministro Restrepo no se le ocurre ni siquiera contemplar la posibilidad de que el Estado deje de manejar borracho y de pasarse en rojo los semáforos. Sino que además de anunciar nuevos impuestos para financiar sus borracheras pasadas, propone evitar el pago de las futuras acudiendo al Congreso para que promulgue una “ley estatutaria que regule los alcances de los fallos de la Corte”. ¡Al Congreso! Tan moralmente dúctil, tan sensible a las presiones del Ejecutivo, tan sobornable. Pero, ¿no era Juan Camilo Restrepo de los que criticaban al Congreso anterior (y el actual es idéntico) por haberse dejado convencer por el Ejecutivo anterior a fuerza de millones de mogollones para que Ernesto Samper no tuviera que pagar como presidente sus borracheras de candidato?

Ah, sí: pero es que entonces el ministro Restrepo no era todavía ministro. Era —o eso decían— un hombre serio.

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