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Opinión

  • | 2012/08/18 00:00

    Un hombre solo

    No es fácil creer sincero a un gobierno que cierra periódicos y emisoras, y que tuvo serios problemas por las filtraciones de Wikileaks.

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En todo el lío de Julian Assange, el fundador del incómodo WikiLeaks que ha publicado cientos de miles de documentos reservados de los gobiernos del mundo, el único que tiene razón es Julian Assange: el gobierno de los Estados Unidos lo quiere ahorcar. Lo demás es buscarle tres pies al gato. Pero que se le busquen tres pies al gato es, efectivamente, lo que le interesa a los demás participantes en el asunto: la fiscal sueca que reclama la extradición de Assange desde Inglaterra para que sea juzgado por delitos de abuso sexual; el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa que acaba de concederle al fugitivo asilo diplomático; el gobierno inglés de David Cameron que amenaza con asaltar la embajada ecuatoriana en Londres para llevárselo preso. Y en el trasfondo, guardando un discreto silencio, el gobierno de los Estados Unidos, que quiere ahorcar a Assange.

Los motivos de los distintos protagonistas son enrevesados y a veces contradictorios. Vayamos en orden cronológico.

La fiscal sueca alega que Assange violó a dos jóvenes en Estocolmo. Una primera fiscal precluyó el caso, pues se había tratado de relaciones sexuales consentidas entre adultos; pero una segunda fiscal volvió a tomarlo por detalles de forma y pidió la extradición de Assange, quien ya se hallaba en Inglaterra. El acusado se entregó voluntariamente y recibió de un juez arresto domiciliario. El cual no cumplió pidiendo asilo hace dos meses en la embajada de Ecuador en Londres.

Sorprende la decisión de la segunda fiscal, que unos atribuyen a convicciones feministas, otros a presiones del gobierno sueco, presionando este a su vez entre bambalinas por el norteamericano, y otros más a simples celos de las dos originales denunciantes.

El gobierno del Ecuador afirma que concedió el asilo -tras dos meses de reflexión- para proteger a un paladín de la libre información. No es fácil creer sincero ese altruista motivo en un gobierno que cierra periódicos y emisoras de radio y que además, en su momento, tuvo serios problemas causados por algunas de las miles de filtraciones del WikiLeaks de Assange. Pero Rafael Correa se enfrenta a nuevas elecciones presidenciales en el mes de febrero próximo, y en esos casos siempre ayuda agitar la bandera nacionalista de desafío al imperio: esta vez, al británico.

"Retorcerle el rabo al león", como dice el diario inglés The Guardian, uno de los primeros en publicar los WikiLeaks. De pasada Correa arrastra, con entusiasmo o a regañadientes, la solidaridad de todos los gobiernos de la región. En cambio, eso sí, se echa encima el rencor del inglés y del sueco, para no hablar del norteamericano. El antiimperialismo es un honor que cuesta.

Tampoco lo tiene fácil el gobierno de David Cameron. Para capturar a Assange puede invocar, se dice, una oscura ley dictada en tiempos de Margaret Thatcher ( y con motivo de la olvidada crisis de la embajada libia en Londres) que permite la revocatoria del estatuto de inviolabilidad diplomática del edificio de una embajada para entrar en él por razones de seguridad. Pero tendría que explicar primero esas razones de seguridad. Y como en todo caso la toma de una embajada por la fuerza violaría todos los tratados y convenciones internacionales, las consecuencias para el gobierno inglés serían desagradables y peligrosas.

Desagradables porque lo rebajarían a la altura moral que tuvo el guatemalteco del dictador Romeo Lucas cuando, hace 30 años, incendió la embajada de España en Guatemala para apresar a unos líderes indígenas refugiados en ella ( y que murieron quemados vivos). Y peligrosas porque abriría la puerta para que las legaciones inglesas en el mundo fueran tratadas de igual manera.

En el trasfondo el gobierno de los Estados Unidos, que quiere ahorcar a Assange, guarda un discreto silencio. Una portavoz del Departamento de Estado se ha limitado a decir que ellos no han pedido la entrega de Assange, lo cual es cierto. No lo han hecho ni a los suecos ni, lo que sería más fácil, a los ingleses. Pero no hay duda de que el hombre de los WikiLeaks ha sido el autor del más grave golpe asestado a las comunicaciones internas de la burocracia de los Estados Unidos, tanto civil como militar, y en consecuencia a su seguridad nacional. Un peligroso espía. Assange no es un obseso sexual que viola mujeres indefensas, sino un hacker informático que viola códigos secretos, y los publica.

Eso lo sabe él mejor que nadie, y de ahí su temor a que detrás de las acusaciones suecas se cierna una amenaza más grave que la de un juicio por acoso sexual (consentido). Y muy desesperado tiene que haber estado para haber ido a pedir asilo en alguna embajada del pequeño Ecuador en vez de hacerlo en la de alguna potencia. Pero ¿de cuál? ¿China? ¿Rusia? ¿Irán? ¿Corea del Norte?

Muy solo está Julian Assange.

Todos los que defendemos la libertad de información tenemos que rodearlo.
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