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Opinión

  • | 2006/04/22 00:00

    Un idilio irrompible

    Sentimos que si se daña la imagen de Uribe, se desinflará la bonanza que vive el país. Por eso el respaldo a su reelección se mantiene por encima de cualquier traspié.

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A muchos colombianos les está pasando lo mismo que a Emilio Iriarte, el fabuloso cachaco de la telenovela de Los Reyes. Está enamorado perdidamente de Laisa, porque cree que es una mujer. Todos en la novela saben que Laisa es un hombre, menos Iriarte. Él, en realidad lo sospecha, pero no quiere comprobarlo porque se le dañaría su gran romance. Así nos pasa a los colombianos con Uribe. En nuestro caso, por supuesto, el asunto no es de sexo, pero sí de amor. La mayoría se niega a ver con alguna distancia, con algo de realismo, al Presidente-candidato porque temen que se disuelva este delicioso encantamiento que la ha producido a la sociedad.

Por eso, no importan los ríos de tinta que corran, ni los cientos de palabras que se digan para advertir que el actual camino en que estamos embarcados desde hace cuatro años no está construyendo una paz duradera. Ni que se repita que el gobierno hasta ahora ha logrado ponerle unos parches a una olla que sigue a presión. El conflicto violento sigue hirviendo a fuego un poco más lento. El narcotráfico muta, se camufla con nuevos disfraces pero continúa dando utilidades astronómicas. La infiltración mafiosa de instituciones, públicas y privadas, avanza silenciosamente.

Como la mayoría no vislumbra otro camino fuera del que ha escogido este gobierno, Uribe recibirá un nuevo espaldarazo en mayo próximo. Y no se trata, esta vez, del dichoso factor teflón. No. La cosa es más de fondo. No es solo que Uribe tenga tanto carisma que todo le resbale, aun acusaciones que hubieran puesto a tambalear a cualquiera de sus antecesores. El asunto más bien es que la gente está aferrada a la idea de que vamos mejor, porque es esa fe la que ha despertado el optimismo, ha mejorado la inversión, y como consecuencia, ha traído la bonanza económica, con mayor empleo, mayor gasto público, proyectos de expansión, y muchos felices etcéteras.

Técnicamente el boom económico no ha llegado solamente por la percepción de seguridad. Los precios internacionales del petróleo y del carbón, por ejemplo, explican parte del fenómeno. Pero no hubieran sido suficientes para meternos en esta ola eufórica. Mucho más han hecho las cifras de la caída en secuestro, la sensación de andar por carretera sin miedo, la convicción de que ya no estamos más a la defensiva, apabullados por una guerrilla soberbia, sorda y corrupta.

Algo similar pasó en Perú. El modelo Fujimori fue aplaudido por todos porque le devolvió la seguridad en sí mismo a un país. Nadie quiso verle los pies de barro, léase Montesinos, hasta que ya no fue posible ocultarlos. Y en Argentina con Menem. Allá el veneno que corroía el progreso no era la violencia sino la inflación. Cuando llegó el jinete que la embozaló, todos querían que se quedara, y sólo tarde, se constató que la fiesta menemista dejó a unos con abultadas cuentas en Suiza y a la mayoría en la ruina.

Ver los síntomas de que no todo va sobre ruedas, nos deprimiría. Nos daríamos cuenta de que aunque bajan los secuestros, todavía no se ha resuelto la tragedia de los rehenes políticos y cuatro años después, ninguno ha sido liberado de su calvario, de no ser por la muerte. Pararíamos oreja a las noticias de que la guerrilla hizo un retén cerca de Manizales, y que en Huila y Caquetá el transporte público anda en crisis porque la gente no viaja por miedo. Nos descrestarían menos los anuncios bravucones del gobierno Bush de que se llevarán a todo el estado mayor de las Farc a vestir de naranja en sus cárceles (por cierto, a pedido de nuestro embajador ex pacifista). Y más bien constataríamos que ni uno solo de la treintena de jefes guerrilleros ha sido capturado, y que los logros del Plan Patriota son magros frente al volumen de dólares y vidas que se le han invertido. Las masacres de concejales en Rivera y de Puerto Rico han debido prender más alarmas. Nos daríamos por enterados de que la mafia tuvo demasiado que ver con las elecciones de Congreso de marzo pasado y que la desmovilización paramilitar está minada de dudas, con algunos de sus antiguos jefes boyantes en negocios turbios en mercados de abasto, gasolina contrabandeada, compañías de seguridad privada, chance, servicios de transporte, y compraventa de oro y divisas, por mencionar algunos.
Sí, ya sé que Uribe y sus enamorados dirán que eso es ser negativo, antipatriota, que el pobre Presidente hace lo que puede ante un país ingobernable. Pero el tema de fondo es si lo que se necesita es darles el aval a los mismos con las mismas, más cuando el Presidente no admite debate al respecto, ni ajustes donde la seguridad anda cojeando. ¡Política de seguridad democrática, fuera de la cual no hay salvación, y punto!

Quizá por eso Uribe no va a debates con los otros candidatos. Ni se aguanta que niños traviesos vengan a arruinarle su imagen. Desde hace quizá dos años, nos logró convencer a los colombianos, con gran maestría, que del prestigio de su gobierno depende la prosperidad del momento. La deducción lógica entonces es que si se mancha su imagen, se pierde la magia de la reciente bonanza. ¿Y quién va a querer eso?
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