Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2008/01/26 00:00

Un insumismo

quien hace lo que hizo Fischer no es un cobarde, ni como dicen sus críticos, un “imbécil superdotado”. Es un desobediente

Un insumismo

Los 64 años acaba de morir refugiado en Islandia el gran ajedrecista Bobby Fischer. Un tablero de ajedrez tiene 64 escaques: ocho por ocho. Y tal vez esa coincidencia de los trastos de su juego con la edad que tenía a su muerte sea el único rasgo predecible, mágicamente, de la impredecible y contradictoria personalidad de Fischer: un judío de Brooklyn que se hizo militantemente antisemita; un norteamericano de éxito que odiaba a los Estados Unidos y pasó casi media vida perseguido por sus gobiernos; el mejor ajedrecista de todos los tiempos, según los entendidos, y a la vez uno que consideraba que el ajedrez era un “juego muerto” que había que abolir. Para reemplazarlo por otro, llamado –modestamente– FRC, o Fischer Random Chess (Ajedrez Aleatorio Fischer), en el cual se sustituye la memoria por el talento al barajar al azar la posición de salida que van a tener las piezas.

Yo sé poco de ajedrez, y lo juego bastante mal. En cuanto al FRC, ni lo he intentado. Así que no voy a hablar de Bobby Fischer como ajedrecista, sino como insumiso: un hombre que se negó a plegarse a las reglas de su época. Y al cual, en consecuencia, se empeñaron en llamar loco.

Y cobarde, acaba de añadir sobre su tumba un comentarista y miembro del consejo editorial del Wall Street Journal. Según él, si Fischer se negó siempre a poner en juego su corona ganada contra el soviético Boris Spassky en 1972, en Reikiavik, fue por miedo a perderla. Creo más la versión del propio Fischer, que cien veces declaró que si no jugaba dentro de las normas impuestas por la burocrática Fide (Federación Internationale des Échecs) era porque estas favorecían la “masturbación mental” de no jugar para ganar ni perder, sino para hacer tablas. Él perdía –a veces– o ganaba –casi siempre–: pero no quedaba en tablas. Y la Fide lo despojó del título de campeón del mundo para dárselo al obediente y burocrático Boris Karpov, tablista consumado. No puede ser un cobarde el hombre que no sólo se enfrenta a la todopoderosa Fide, y a la en aquel entonces arrolladora maquinaria del ajedrez profesional soviético, y al gobierno de los Estados Unidos, que en 1992 pidió para él una elevada multa y una pena de diez años de cárcel por desobedecer una directiva del Departamento del Tesoro que le prohibía jugar al ajedrez en la entonces proscrita ex Yugoslavia; sino que desafía además a la fuerza más grande de nuestros tiempos: la industria de la publicidad.

La cosa fue así: Bobby Fischer tenía 29 años, y acababa de convertirse en el primer campeón mundial de ajedrez
norteamericano de la historia, en el apogeo de la Guerra Fría, derrotando de un solo golpe de genio a los veinte o veinticinco millones de ajedrecistas soviéticos representados por Spassky. Era el Joven Héroe del Capitalismo Triunfante. Y le propusieron que se hiciera rico haciendo anuncios comerciales publicitarios. Tenía en aquel entonces una espléndida cabellera rubia, y le ofrecieron una fortuna por anunciar una marca de champú. Rechazó la oferta con el argumento de que él nunca había usado champú. Le dijeron entonces que anunciara con su fotografía los pianos Fischer, y él dijo que tampoco, porque no era de los mismos Fischer de los pianos. Algún anuncio más le propusieron, y también dijo que no.

No porque se negara a hacerse rico. Al contrario: nunca antes un ajedrecista había insistido en cobrar tanto dinero por ofrecer su arte en espectáculo: contra Spassky en el 72 exigió la suma entonces inaudita de 250.000 dólares, en Islandia; y veinte años más tarde, en Belgrado, para la partida de la simbólica revancha, nada menos que cinco millones de dólares. Pero quería hacerse rico con la verdad de su juego, y no con la mentira de la publicidad.

Quien hace eso no es un cobarde, ni tampoco un “imbécil superdotado”, como lo describieron sus críticos. Es un desobediente.
Descanse en paz.

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