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Opinión

  • | 2001/09/17 00:00

    Un libro tremendo

    Castaño se achaca parte de la sangre que ha inundado al país, al punto de aceptar su responsabilidad en crímenes... ¡por los que ya fue absuelto!

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Me impresionó tanto el capItulo que publicó SEMANA de las confesiones de Carlos Castaño al periodista Mauricio Aranguren, que resolví leérmelo todo: no creí que tanta barbarie fuera publicable. Primera conclusión: es publicable y su lectura le revuelve a uno el alma y el estómago.

En un impecable prólogo, la periodista Salud Hernández Mora dice en su primer párrafo: “Si las personas que apoyan moralmente a Carlos Castaño y a su grupo armado dejasen de hacerlo después de leer el libro ya habría merecido la pena su publicación”.

Es, indudablemente, una confesión que debería darle la vuelta al mundo: aunque revela que lo que “está confesando es la verdad, pero no toda la verdad”, Castaño se achaca buena parte del derramamiento de sangre que ha inundado al país en los últimos años, hasta el punto de admitir su responsabilidad en crímenes... ¡por los que ya fue absuelto! (¿Y cuál será, entonces, el resto de la verdad que no revela?)

Utilizando expresiones de cariño y consideración hacia su familia y sus amigos, pero de absoluta crueldad e indiferencia hacia la vida contra sus enemigos, este libro desarrolla la espiral violenta de Colombia a través de las memorias y reflexiones políticas del jefe de las autodefensas a quien el periodista Aranguren, me parece que con razón aunque no le faltarán críticas por ello, interrumpe poco, para dejar que el relato fluya al tiempo que los lectores van aumentando su estado de estremecimiento.

Todo está ahí. Truculentamente entrelazados aparecen los caminos de las distintas fuentes de la violencia que nos azota: que la guerrilla fue originalmente enemiga de los narcos, luego aliada, y que aunque hoy coinciden en el negocio, han vivido sometidas a una relación amor-odio. Que los narcos fueron amigos de los paras, que cometieron varios crímenes capitales asociados, que también se reparten hoy por hoy el negocio pero andan de enemigos. Que los paras admiraban a la guerrilla pero ella terminó siendo su razón de convertirse en magnicidas. Que los paras con una mano trabajaban con Escobar y con la otra con el cartel de Cali para “sapear” el paradero del primero. Que los paras tienen un amplio sostén en la clase política pero que al mismo tiempo la critican y la quieren depurar. ¿Quién entiende este sancocho nacional?

La primera pregunta que asalta al lector es por qué. ¿Por qué Castaño entrega esta confesión para que sea publicada en un libro? ¿Por qué ahora?

Son varias las teorías que he podido recoger. Una, vanidad. Las autodefensas son hoy un fenómeno inatajable militarmente y la necesidad de abrir una puerta para una negociación política, repúgnele al que le repugne, salta indefectiblemente del libro.

Y ahí viene la segunda teoría: presionar al gobierno para que abra esa puerta. La aparición del libro de Castaño, más los videos que lo han acompañado y que se han exhibido por estos días en los medios, más los asesinatos de sindicalistas, indican que va hacia esa dirección: “No importa (cuál sea el candidato) que gane. El que sea elegido tendrá que tenerme en cuenta”.

Pero también hay quienes sostienen que intenta reforzar su liderazgo interno, luego de que aparentemente había entregado el mando militar a Salvatore Mancuso. De este libro queda claro que Castaño manda, y que un hombre que confiesa haber matado a tanta gente no es ninguna línea blanda de nada, teoría que nos comimos. Insistentemente se viene hablando de conatos de división de las autodefensas en Córdoba y Urabá, por lo que Castaño estaría necesitando demostrar que él no tiene espacio para las debilidades a la hora de asumir las consecuencias de sus actos.

Otra teoría indica que Castaño, aterrado ante la posibilidad de que su vida termine en una extradición a Estados Unidos, está confesando delitos para asegurarse que ni 100 años de juicios en Colombia le dejen libre esa posibilidad.

Y una última teoría, bastante interesante, indica que Castaño concedió la entrevista que contiene este libro para separarse del narcotráfico, por increíble que suene.

Increíble, porque en las páginas 207-210 Castaño admite de frente que aunque luchó contra la idea de involucrarse en el negocio, “la autodefensa es antisubversiva y no antinarca”. Pero a renglón seguido insiste en ser enemigo del narcotráfico. Y aunque admite haber autorizado a algunos frentes a financiarse con la coca, Castaño advierte que nunca se someterá a la justicia por esta causa mientras exista una “narcoguerrilla” en Colombia.

Al final del capítulo hace un diagnóstico de la situación de violencia en el país que envidiaría el respetado profesor Malcolm Deas: “El narcotráfico es el pilar que mantiene el conflicto armado en Colombia, lo alimenta, degrada, multiplica...”.

La teoría de que Castaño quiere separar el fenómeno de las autodefensas del narcotráfico se basa en varios indicios.

En el libro se pone abiertamente en contra de Escobar en episodios en los que todavía actuaban juntos. En el asesinato de Pizarro, por ejemplo: según las autoridades, este crimen fue ordenado por Escobar y ejecutado por las autodefensas, pero Castaño se lo adjudica a su movimiento, considerando que Pizarro se había convertido casi en un testaferro de Escobar. Aunque no creo que la relación entre Escobar y el ex líder del M-19 hubiera llegado a este extremo, la historia de la proximidad de Escobar con el M-19 está comprobada, entre otros documentos, por el excelente libro de Alonso Salazar, La parábola de Pablo, en el que relata que Escobar admiraba a sus militantes y hasta hizo amagos para aliarse con la subversión; pero que en todo caso ayudó mucho a los del M-19 con dinero e información.

(Por cierto: cómo recomiendo para estas vacaciones la lectura del libro de Salazar. Lo considero uno de los más importantes —si no el más, óigase bien— libros de la historia reciente de Colombia que se haya escrito sobre el eje narcos-guerrilla-paras. Me cayó en las manos durante un viaje a Estados Unidos. Pero su carátula, una sugestiva fotografía de Pablo Escobar disfrazado de charro mexicano, con sombrerote y canana me hizo sufrir: en las aduanas tenía que voltearla y dejarla en blanco, no fuera que confundieran mi interés histórico con una admiración repugnante por el personaje central del libro).

Que Castaño niegue que en el asesinato de Pizarro pudo haber un pacto con Escobar es muy diciente. Y a eso se añade una reciente entrevista en El Tiempo con Salvatore Mancuso, en la que admite —y reniega de ello— que algunos comandantes de las autodefensas insisten en seguir en el negocio, lo que según Mancuso degrada la causa antiguerrillera.

Este intento por marcar distancias con el narcotráfico sólo tiene un problema: el timing con los intereses de Estados Unidos.

Cuando este libro comenzó a escribirse los gringos perseguían al narcotráfico como el leitmotiv de su política de Estado. Castaño, parece lógico, quiso responder políticamente a este período, distanciándose del narcotráfico y a costa (admitiendo haber cometido centenares de crímenes) de encasillarse como terrorista. Pero ahora que el libro sale a la luz pública, después de los acontecimientos del 11 de septiembre, qué ironía: ¡Castaño se topa con el problema de que la prioridad de los gringos ya no es tanto el narcotráfico como el terrorismo!

Más allá de las confesiones de Castaño sobre su participación en graves hechos de violencia, a través de sus reflexiones el libro revela varias facetas contradictorias de su personalidad.

Por ejemplo cuando intenta describir a su hermano, la persona que más lo marcó en la vida. Después de describir varios de sus asesinatos, dice que “Fidel fue antisubversivo hasta los tuétanos pero no tenía todos los escrúpulos. Tuvo una ética rara, nunca permitió que se atracara a una persona y jamás extorsionó a alguien pero realizaba grandes robos”. Más adelante dice: “La autodefensa copia el mismo ejemplo de la guerrilla, sólo que nosotros no secuestramos, extorsionamos con cariño y casi concertados”. Comentando la forma como asesinó a revólver a un primo de Pablo Escobar, Castaño dice: “Fue una acción limpia, hasta espectacular, allí sólo murió el que tenía que morirse. Eso de poner cargas de dinamita o disparar ráfagas de metralleta a lo loco es de bandidos, pues muere gente inocente”. Y una frase más: “Acepto que al enemigo se le pegue un tiro, y punto. Pero nunca se le ha quitado la vida a nadie con una motosierra”.

Merecen también comentario dos episodios más que hasta ahora no eran conocidos por la opinión. El de una supuesta reunión organizada por Alvaro Leyva con Castaño, a la que asistieron el esmeraldero Víctor Carranza y Juan Manuel Santos. En ella se propuso una cosa impensable: un pacto entre la guerrilla, los paramilitares y un representante de la clase política, con un propósito específico: “Tumbar a Samper”. “Yo tenía claro que de todos los presentes, dice Castaño, el único para liderar la propuesta públicamente era el señor Juan Manuel Santos. El se enderezó, nos miró y creo que hasta ese momento se dio cuenta que estaba rodeado de bandidos”.

El segundo episodio consiste en cinco fallidas reuniones secretas del gobierno Pastrana con Castaño y con su gente, en las que incluso intervino el ex canciller de España, Abel Matute. El jefe de las autodefensas concluye sobre ellas: “A la gente en el poder en Colombia siempre le ha gustado que exista paramilitarismo, pero no autodefensa con criterio patriótico”.

No descarto que, como lo dice la prologuista, sean muchas las personas que dejen de apoyar moralmente a Castaño por cuenta de este libro. Tampoco se descarta que haya otras que lo reafirmen, bajo la peligrosa creencia de que el hombre que combate a mis enemigos es mi amigo. Pero mi consejo es que hay que leer este libro, por tremendo que sea, a ver si algún día los colombianos dejamos la manía de estar siempre mirando hacia el lado contrario de nuestra historia.
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