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Opinión

  • | 2006/06/14 00:00

    Un líder que emergió de la bruma (Por Juan Eugenio Ceballos)

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Cuando el avión en que viajaba terminó de deslizarse como un trineo sobre la cordillera de los Andes, Fernando Parrado yacía inconsciente; al rato se delató contemplando los despojos de su madre y acariciando el rostro de su hermana quien alcanzó a recibir su adiós. Para aquel integrante del equipo de rugby 'Old Christians' (Viejos Cristianos) que abordó minutos antes el vuelo que desde Uruguay lo llevaría a Chile para disputar un partido, la vida se partió en dos.

Supo que era parte de la tragedia, cuando miró los rostros de sus compañeros aún vivos: le parecían esquimales de un paisaje siberiano en la tundra andina. A 30° bajo cero la hipotermia hizo de las suyas, Fernando no sentía su cuerpo; lo intuía. Los trepidantes rostros azules de sus compañeros delataban la falta de oxigeno y lo invadió una dosis necesaria del miedo que hace héroes a los hombres.

Con frecuencia detenía la mirada en los copos que caían: veía sola la manada, y en una ocasión los sorprendió temblorosos queriendo blandir cuchillos en las carnes fraternas. Eran imágenes de macabra antropofagia ofrecidas por el frío averno. Sin embargo, al desvelar el sueño, entendió que eran sus propios compañeros suplicando por un guía, en quien confiar sus destinos.

Así lo entendió Fernando y decidió lanzarse hacia otra aventura en la misma vorágine. Supo que los socorristas habían terminado la búsqueda. Entonces, le ofreció su alma roja a la nieve y se convirtió en Quijote; montó su caballo imaginario y desapareció con sus miedos por entre los collados. ¿Qué más podían hacer sin comida ni herramientas... y sin tiempo? No era momento para despedidas.

Fernando escogió la forma de morir buscando el sol por el oeste. Lo vieron alejarse y él a ellos hasta perder de vista el largo refugio horizontal con el aspecto de un submarino con muchas escotillas que emergieron de la nieve. Eran las latas del avión pintadas del color de un iglú. Al cabo de 72 ocasos regresó a la civilización cuando saltó como un Campeador de la bruma de la montaña.

"... y un día me encontré viajando por el mundo contando mi experiencia en los Andes". De repente Nando Parrado, aquel jugador de rugby, se convirtió en contador de su aventura. En los auditorios repite una y otra vez la infrahumana experiencia y la compara con el impacto que tienen las crisis en las personas, cuando es abordado por empresarios que sienten la necesidad de sumarle motivación a las frías cifras financieras.

Por el número de empresas que contratan sus servicios, diríamos que hay escasez de liderazgo. Pero, ¿qué es una empresa en bancarrota ante la magnitud de la sensación que padeció en el frío paraje? ¿El contraste de la grandeza de la naturaleza con la pequeñez del hombre y sus debilidades?. Es un juego -por supuesto-. Hacer empresa es tomar riesgo y la frontera se cruza al decidir y las decisiones son del albedrío de los seres humanos. De ahí el mensaje para los hombres de empresa "no tener miedo a equivocarse, después seguir el corazón y hacerle caso a la intuición. Tenerse confianza sin creerse el líder", les advierte siempre el accidental montañista a quien le bastaron 30 segundos para decidir por la vida de quince personas.

Juan Eugenio Ceballos (periodista)
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