Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/12/01 00:00

UN LIDER, POR FAVOR

UN LIDER, POR FAVOR

Colombia se derrumba lentamente", escribía recientemente Newsweek... "Un país que se desmorona", confirmaba desde Madrid Carlos Alberto Montaner. Y algo parecido dicen, a propósito de este país, The Economist, The Washington Post, El País de España y Il Corriere della Sera. Imposible negar la evidencia. El mundo nos mira con una sombría consternación. Y nosotros sa-bemos que esta visión es merecida; la compartimos todos, con excepción del compatriota que en la Casa de Nariño, mientras llueven desastres, cruza la pierna y enciende un habano, satisfecho. Para él todo anda bien, gracias a la reconfortante ayuda de su médico y siquiatra, tal vez el verdadero soporte del régimen. Llegaremos, pues, al próximo milenio en la cola del planeta, luciendo la medalla de oro del país más violento, el primero en asesinatos y secuestros y el primero también en la producción y exportación de coca y heroína. También hemos ganado la medalla de bronce que nos concede un vistoso tercer lugar entre los países más corruptos. Nuestro pasaporte donde lo presentemos suscita desconfianza. Sí, somos los parias de la Tierra. De muy poco nos sirven los nombres célebres de García Márquez, de Botero, de Puyana, de Mutis, de Patarroyo, de Llinás para no hablar, en otros campos, de los de Asprilla, Shakira, Rentería o Carlos Vives. De nada vale tener los mejores ejecutivos, la más dinámica clase empresarial y la mano de obra más inventiva, hábil y laboriosa en el entorno latinoamericano. De nada, tampoco, sirve un pasado lleno de figuras prestigiosas. Somos la Bosnia latinoamericana. ¿A quién se lo debemos? No, no voy a pecar de apasionamiento diciendo que todo ello corre por cuenta del presidente Samper. El mal viene de atrás. Samper es sólo la punta del iceberg, la última expresión de ese mundo político nuestro, hábil en la conquista de votos y en la atribución de cuotas burocráticas, que ha hecho de la política una forma de comercio y que sólo busca el poder como un fin en sí mismo. Samper se formó en esa escuela. Nunca ha pretendido ser un líder. El líder es, entre nosotros, una especie en vías de extinción.Siempre he pensado que la decadencia de una nación empieza cuando los líderes desaparecen. ¿Qué es un líder, cómo se identifica? El tema me fue propuesto en el reciente congreso de Asocueros y realmente sólo pude definir al líder por oposición al político. Pienso que este último, cuando llega al poder, administra la realidad que recibe, pero no la cambia. Su habilidad consiste en adular esperanzas, vender ilusiones, sólo ilusiones de cambio, conciliar intereses contrapuestos dándole a cada grupo de presión su contentillo sin pensar nunca en el incremento desaforado del gasto público ni en lo que venga después. El líder, en cambio, busca cambiar una realidad objetable por otra. Juega el papel de un médico que sabe diagnosticar el mal de una sociedad. Y si éste es grave, no busca aplicar paños tibios como el político, sino remedios severos, quizás radicales.Creo que el político se aplica a interpretar y atender sentires inmediatos en tanto que el líder marca orientaciones. El mejor ejemplo de uno y otro es el de Chamberlain y el de Churchill. El primero ofreció la paz con Hitler a cualquier precio porque era eso lo que deseaban oír los ingleses asustados ante la perspectiva de una guerra. Pero fue Churchill el que entendió el inexorable compromiso de librarla, pues las concesiones y el apaciguamiento sólo servían los propósitos expansionistas del dictador alemán. La historia le dio la razón. No era ciertamente fácil ofrecer sangre, sudor y lágrimas en vez de vino y rosas. Pero lo hizo. Era un líder.El líder juega, pues, el papel de la locomotora que arrastra los vagones, en vez de colocarse detrás de ellos esperando que estos la conduzcan. De ahí mi desconfianza hacia los asesores de imagen, empeñados siempre en sujetar el discurso de sus candidatos a los sentires de una opinión desorientada en vez de indicarle a ésta la vía que debe tomar. Un líder es creíble. El político no, porque tiende a permanecer en el reino de las promesas y de las palabras. El líder tiene principios. El político, ante todo manejos. Un país que se derrumba, como el nuestro, necesita obviamente un liderazgo fuerte y no los manejos menudos de un político, cuyo papel sería de manera inevitable el mismo de Samper. Es decir, en el mejor de los casos, el de un bombero empeñado sólo en apagar el fuego más cercano a sus propios zapatos. Y el país no está para eso. ¿Existe ese líder? Uribe Vélez tiene la madera del personaje que el país anda buscando. Pero no es su hora aún. Entre los actuales candidatos, hay gente valiosa. La mayoría de ellos no se recluta en el universo político tradicional; están limpios de sospechosas adherencias. Ello no basta, desde luego. Pero es necesario que hagan sentir con más fuerza el peso de su personalidad y de sus convicciones y propuestas para dar un viraje radical a la situación que hemos vivido en estos tres larguísimos y tormentosos años. No estamos ya para los programas de agua potable y educación a distancia. De lo que se trata es de salvar al país. Porque la casa se está cayendo, y las grandes revistas y periódicos internacionales nos lo están gritando con alarma en todos los idiomas.

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