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Opinión

  • | 2007/12/01 00:00

    Un mundo desigual y caliente

    Marlon Madrid Cárdenas explica que los pobres, que poco tienen que ver con las toneladas de dióxido de carbono que a diario lanzan a la atmósfera los países ricos, son los que más sufren esta tragedia

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Se afirma una y otra vez que el cambio climático afectará cada vez más a todo el planeta. Y por un momento podríamos imaginar sus peores efectos. Los techos de las fabelas de Nueva York volando por los aires en medio de la furia de un huracán nunca visto, miles de hectáreas inundadas, cosechas perdidas y más tarde miles de damnificados famélicos detrás de las bolsas de comida lanzadas desde los aviones de la cooperación internacional.

Mujeres y niños británicos en la ribera del río Támesis levantando con sus manos albergues de bambú y muros de arena porosa con la esperanza ingenua de que podrán protegerse de nuevos desbordamientos. Las calles de Berlín agrietadas y cubiertas por una cortina de calor infernal después de varios años de sequía, las escuelas cerradas mientras los jóvenes alemanes entre sudor y sudor recorren largas distancias para llenar pequeños cántaros de agua en los pocos carrotanques que dispone el gobierno.

La imaginación da más de lo debido. El cambio climático no afectará el mundo por igual. El grado de riqueza incidirá en la mayor o menor vulnerabilidad. Los habitantes de los países en desarrollo sufrirán más. Los datos a la fecha indican que sólo uno de cada 1.500 habitantes de los países ricos ha sido afectado por un desastre climático; en contraste, uno de cada 19 lo ha sido en los países pobres. La diferencia se amplía cada año. Y cada desastre constituye también un nuevo obstáculo a la ya pálida lucha mundial contra la pobreza.

Este es uno de los mensajes contundentes que nos recuerda el último informe mundial sobre desarrollo humano del Pnud, La lucha contra el cambio climático: Solidaridad frente a un mundo dividido, presentado el pasado martes en Brasil. Sólo este año las tormentas monzónicas y las inundaciones en Asia Meridional provocaron la muerte de más de 1.000 personas en Bangladesh, India, el sur de Nepal y Pakistán. Y desplazaron a más de 21 millones de personas en los dos primeros.

Los pobres son los que padecen las peores consecuencias. Ellos, que poco tienen que ver con las toneladas de dióxido de carbono que a diario lanzan a la atmósfera los países ricos y que son la razón principal del calentamiento del planeta. Los inocentes recibiendo los latigazos que les correspondería recibir a los pecadores. Así es el mundo de los justos.

La disparidad desconcierta. El Reino Unido, que tiene 60 millones de habitantes, emite más dióxido de carbono que Egipto, Nigeria, Pakistán y Vietnam juntos, que suman 472 millones de habitantes. No obstante, el Reino Unido es menos vulnerable. Entre 2004 y 2005 ha invertido más de 1.200 millones de dólares en sofisticados sistemas de defensa contra desastres climáticos. En contraste, al Fondo Especial para el Cambio Climático, dirigido a los países menos desarrollados, le han prometido 279 millones de dólares, pero sólo le han desembolsado la migaja de 26.

Mientras en los Países Bajos la gente puede comprar viviendas flotantes, en las zonas ribereñas de Centroamérica y de India los niños tienen que improvisar cursos intensivos de buceo a pulmón para intentar salirle al paso a la próxima inundación. Hoy la frase de George Orwell resulta más elocuente gracias al cambio climático. En nuestra granja también “unos animales son más iguales que otros”.

No obstante esta realidad, los peligros que sobrevienen al calentamiento global nos compelen a acciones conjuntas y urgentes. Nos compelen menos a recriminaciones entre países pobres y ricos. Ningún Estado en forma independiente puede solucionar este problema. La tierra es un gran sistema ecológico delicado y sensible a lo que los seres humanos en conjunto hacen, muy sensible a todos los gases de efecto invernadero que nacen en nuestra competencia esquizofrénica, nuestro bienestar y confort. Pero tiene límites irreversibles que juegan en contra nuestra.

Qué paradójico. Tenía que calentarse el planeta para que la solidaridad entre los países del mundo empezara a ser considerada una exigencia y no un capricho moral. El cambio climático parece volver a recordarnos lo esencial.
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