Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/03/21 00:00

Un mundo inmundo

Sin ser Casandra otra vez, le ruego a Alá que impida que los terroristas se hagan con armas más mortíferas que la dinamita

Un mundo inmundo

Las consignas ideales de ayer están quedando hoy patas arriba por los embates de la realidad. Cuando Bush II desató el segundo capítulo de su "war on terror" (la invasión de Irak), la consigna era: "Un mundo sin terrorismo". ¿Y qué tenemos hoy, un año después? Lo opuesto: "Terrorismo para todos". A los periodistas nos toca a veces el detestable papel de Casandra: señalamos peligros, hacemos advertencias, pero Apolo nos tiene condenados a que nadie nos crea ningún vaticinio, y peor aún, a que nos crean locos, aves de mal agüero.

No me creo profeta (pues fueron muchos los que predijeron lo mismo), tampoco tengo un solo lector en Estados Unidos, pero hace exactamente un año publiqué lo que sigue:

"Ahora que vemos caer las bombas -estas sí de destrucción masiva- sobre Bagdad; ahora que observamos en directo cómo saltan por el aire los majestuosos palacios; ahora que las orillas del Tigris y el Éufrates arden con llamaradas apocalípticas; ahora que todo el peso del más poderoso ejército de todos los tiempos se abate sobre Mesopotamia, la cuna del alfabeto, tal vez sea el momento de reflexionar sobre lo triste y decepcionante que es nuestra condición humana. El más fuerte se porta con la misma arrogancia despiadada de hace 2.000, 3.000 ó 5.000 años (sólo que con armas más devastadoras y mortíferas), como si fuéramos inmunes al progreso moral. Usamos las mismas mentiras y parecidas justificaciones. Hasta nuestro local presidente salgareño, quizá influido por sus dos más cercanos asesores norteamericanos, la ministra Carolina Barco (nacida en Boston) y el embajador Luis Alberto Moreno (nacido en Filadelfia), dice que todos los colombianos debemos apoyar esta invasión tan ilegal como absurda.

Es lamentable. Pero tal vez peor y todavía más lamentable sea cuando la desesperación lleve a algunos jóvenes islámicos a estallarse a sí mismos, en ataques suicidas en los que arrastrarán, además de sus vidas, a muchos otros inocentes. La mano dura (que aquí tanto nos gusta), por ejemplo en Israel, no ha conseguido otra cosa que alimentar cada vez más el odio de los terroristas palestinos que se inmolan en atentados demenciales. Cuando esta descabellada demostración de fuerza de Bush II convierta a las capitales occidentales en réplicas de Israel, con niños y viejos que saltan por el aire a causa de esos muchachos fanáticos y desesperados, tal vez tengamos que recordar que la semilla fue sembrada por la prepotencia, el terror y la violencia de nosotros mismos".

No estoy justificando (con un trozo de artículo de hace un año) la carnicería homicida que se cometió hace 10 días en Madrid. Escribí la semana pasada, y lo sostengo, que los ataques indiscriminados contra la población civil no tienen ninguna justificación. Lo cual no quiere decir que sean completamente ciegos, inexplicables desde todo punto de vista. La reacción de los fanáticos islámicos no es razonable, ni justificable, pero sí tiene raíces en acciones insensatas cometidas por Occidente en los países árabes. Entender no es justificar, como me aclaró hace poco un lector. Uno no puede coger a piedra un avispero (donde viven avispas que quieren vivir como avispas) y después protestar porque algunas avispas enloquecidas piquen a algunos que andaban por ahí (inocentes, e incluso defensores de los avisperos).

Los europeos, después del terrible par de guerras mundiales que vivieron durante el siglo XX, empezaron el XXI convencidos de que el mal había quedado atrás. El muro de Berlín fue derribado: los muros divisorios serían lacras del pasado. Y en cambio parece que los muros serán parte del futuro. Ni Colombia ni Israel son el pasado del mundo: nosotros y ellos anunciamos la llegada de un mundo abominable, con muros reales o imaginarios que separan a la gente, que dividen el mundito aséptico, blanco y limpio de los opulentos, del mundo sucio, oscuro e infecto de las masas de pobres y desesperados.

Sin ser Casandra otra vez, le ruego a Alá que impida que los terroristas se puedan hacer con armas más mortíferas que la dinamita. Si en este tiempo enloquecido (dominado por los energúmenos de la "mano dura") llegara a pasar eso, y en los metros de las grandes capitales no estallaran explosivos sino químicos, o sustancias radiactivas, este mundo no sólo se volvería inmundo, sino también inhabitable.

¿Y qué propongo entonces, en vez de la guerra a muerte al terrorismo, que se convierte en guerra contra naciones enteras? Las desprestigiadas recetas de la Ilustración: Más policía que ejército, tolerancia religiosa, educación, control de la natalidad (en menos de un siglo seremos más de 10.000 millones), reformas sociales en vez de revoluciones, y dejar que los pueblos decidan, incluso equivocándose, cuál es el estilo de vida que quieren tener (autodeterminación). Pero no. Lo que consigue el Imperio con su política de mano dura es que el mundo se parezca cada vez más a Colombia y a Israel: una parte de los humillados y ofendidos se enloquecen y vuelven este mundo peor que inmundo: invivible.

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