Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/06/27 00:00

Un nuevo ciclo político

Estamos empezando a vivir el uribismo nacional sin Uribe, que es la versión moderna del santismo, el cambio dentro de la continuidad.

Un nuevo ciclo político

Colombia está entrando en un nuevo ciclo político: el de la unidad nacional. Este nuevo ciclo está determinado por la conformación de una nueva correlación de fuerzas políticas y por una nueva dinámica caracterizada por la búsqueda de acuerdos incluyentes alrededor de objetivos mutuamente compartidos. La primera expresión de este nuevo ciclo es el clima de distensión y acuerdo que reina en el país, luego de una de las campañas electorales más cortas pero más intensas, en la que un grupo de muy capaces candidatos le planteó al país toda suerte de sesudas propuestas para seguir avanzando en muchos frentes.

Pero solo uno de esos candidatos tuvo el olfato y la perspicacia política para intuir el poderoso anhelo de unidad que hoy prevalece entre la inmensa mayoría de los colombianos. Esto, y el apoyo a la continuidad de las políticas del gobierno actual, marcó la diferencia y le dio una contundente victoria. Es una de esas afortunadas coincidencias en las que confluyen el carácter y el talante de un líder, con los deseos más sentidos de un pueblo. Sucedió con Uribe y ahora con Santos. Con Uribe, el talante firme y vertical del líder coincidió con el deseo mayoritario de autoridad y aplicación de la fuerza estatal para neutralizar la amenaza de los violentos y garantizar la seguridad colectiva. Con Santos, el carácter conciliador e incluyente del líder corresponde al anhelo colectivo de unidad y solidaridad para, consolidando los logros de seguridad ya alcanzados, mejorar el bienestar de todos.

Cada una de estas coincidencias entre el líder y la población produjo un estilo distinto de gobierno. Pero no por diferentes los estilos son contradictorios ni opuestos los gobiernos, por una poderosa razón: hay una enorme continuidad en las políticas. Claro, de acuerdo con la situación que tuvo que afrontar Uribe y la que tendrá que manejar Santos, las agendas, las prioridades y los énfasis son diferentes, pero hay un telón de fondo común: la visión de un país donde la autoridad y el imperio de la ley dobleguen a los violentos, donde haya seguridad y oportunidades para todos, en medio del respeto y la comprensión de la comunidad internacional.

En gran medida el estilo hace al gobierno, pero lo estructura su contenido, que son sus propósitos plasmados en políticas y programas de gestión. Estamos empezando a vivir el uribismo nacional sin Uribe, que es la versión moderna del santismo, el cambio dentro de la continuidad, lo que es garantía tanto de estabilidad como de progreso. Pero también de inclusión, pues a los recién llegados se les darán la oportunidad y los argumentos para que –como quieren verlo– vean más cambio que continuidad y así justifiquen su nueva actitud ante sí mismos y ante sus seguidores. Por eso es que se van a quedar pensando con el deseo los últimos mohicanos del antiuribismo-antisantismo furioso, que anticipan y pregonan a todos los vientos una ruptura próxima e inevitable entre Uribe y Santos. Eso no ha sucedido ni va a suceder, prevalecerá el respeto mutuo y la solidaridad para construir y hacer realidad una misma visión de país. Pero, eso sí, será inevitable que, junto con la gabinetología que ahora es el deporte inofensivo de muchos, las especulaciones sobre esa ruptura se conviertan en el vicio solitario de algunos pocos.

El nuevo clima de distensión que se vive en el país se ha puesto en evidencia con los acercamientos cordiales entre Santos y las altas cortes de justicia. La Corte Suprema declaró viable la terna para Fiscal, aunque seguramente lo escogerá una vez retirado Uribe, para halagar a Santos. Correa se muestra particularmente afectuoso con Santos, mientras Chávez se torna prudente y lacónico. Pardo acepta por fin que el liberalismo apoyará al nuevo gobierno y Petro se reúne con Santos para examinar temas de interés común. Y mientras la inmensa mayoría de los colombianos observamos complacidos este cambio en el ambiente político, los antiuribistas-antisantistas furibundos se sienten cada vez más tristes y desubicados. Allá ellos. De todas maneras, y para su pesar, las puertas seguirán abiertas.  

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