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Opinión

  • | 2008/09/13 00:00

    ¿Un país sin oposición?

    En el caso del partido liberal, el problema tiene que ver con cierto temor atávico que hay en los partidos tradicionales por el ejercicio mismo de la oposición

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O la oposición se reinventa en Colombia o se convierte en una especie en extinción, como les sucede a los osos de anteojos. Puede que la frase suene un tanto fatalista, pero sinceramente creo que luego de casi siete años de un régimen que no ha escatimado esfuerzos por estigmatizar y deslegitimar a sus opositores, la oposición se ha convertido en un ejercicio de difícil lectura para muchos colombianos que ni la ven, ni la sienten.

Indudablemente son grandes los estragos que ha dejado por allí el paso del Huracán Uribe. Un huracán grado cinco que sin duda ha erosionado los cimientos sobre los que se erigía el ejercicio de la oposición en Colombia –cimientos que dicho sea de paso ya eran bastante endebles y frágiles por cuenta del Frente Nacional–, un sistema de convivencia que nos enseñó a vivir sin oposición política.

Su táctica de señalar a sus opositores como guerrilleros o cercanos a la guerrilla ha neutralizado los ataques del Polo Democrático y su manera de utilizar el espejo retrovisor para desviar los reflectores hacia administraciones pasadas, ha convertido al liberalismo en un partido de oposición bastante gris, cuya única voz que se escucha es la del ex presidente César Gaviria. Probablemente estas tácticas han contribuido a pulverizar a la oposición, hoy prácticamente inexistente, pero también han contribuido a otro milagrito: han dinamizado cierto renovado reconocimiento político de las Farc en algunos sectores universitarios como se puede constatar en los videos donde aparecen jóvenes encapuchados arengando por Raúl Reyes en algunas universidades públicas. Tremenda paradoja para un gobierno que ha hecho de la lucha contra las Farc su principal prioridad.

No obstante, tampoco hay que caer en la trampa de creer que todo lo malo de la oposición es culpa de la intolerancia del gobierno de Uribe o de sus equivocaciones. Hay dinámicas internas dentro del Polo y dentro del liberalismo que han influido también en este proceso de aniquilamiento. Comenzando por el hecho de que una parte importante de los intelectuales de izquierda han preferido los cómodos cuarteles del uribismo, al árido desierto de la oposición. Es decir, se han convertido en intelectuales funcionales al régimen, como decía Gramci, y muchos de ellos hoy son los defensores más vigorosos de los dogmas gubernamentales más polémicos, como aquel que insiste en ubicar a Uribe como el finiquitador del paramilitarismo y como el gran auriga que nos catapultó felizmente hacia el posconflicto. Lo cierto es que hoy, son más críticos de esos dogmas, intelectuales de derecha como Eduardo Posada Carbó o como el director de El Nuevo Siglo Juan Gabriel Uribe, que Eduardo Pizarro o que Alejo Reyes, por sólo hablar de dos intelectuales de izquierda que hoy escriben sus reflexiones bajo los reflectores del uribismo.

También es cierto que el Polo hoy, es un partido más radical que el que sorprendió por su frescura en las elecciones de 2002, y que es más parecido a la izquierda reconcentrada y mamerta de los 60 y 70 que a una moderna con vocación de poder, como la que nos prometieron. Ese Polo se enfrenta ahora al desafío de cómo manejar esa evidente radicalización de las bases estudiantiles. Si no se cuida de ese radicalismo creciente, por simple reacción, el Polo puede terminar dándole la razón al uribismo. En ese sentido las preocupaciones de Lucho Garzón no sólo son reales, sino que deberían ser tomadas como una invitación a que el Polo se vuelva a reinventar como partido de oposición.

En el caso del Partido Liberal, el problema tiene que ver con un cierto temor atávico que hay en los partidos tradicionales por el ejercicio mismo de la oposición. Por los palos de ciego que dan, un día dicen que no van a discutir la reforma y al otro día que sí, es evidente que no hay claridad sobre hasta dónde puede ser conveniente hacer oposición a un gobernante tan popular. Es evidente que con excepción del ex presidente Gaviria, nadie se atreve a decir nada contundente por miedo a ser golpeado en las encuestas. Ese silencio que ya empieza a pesar, los ha convertido a los distinguidos y preparados precandidatos liberales, en grandes invisibles. La liberal es una oposición hasta cierto punto timorata, hecha para no molestar a Uribe, que se activa en los temas tácticos y de coyuntura, como la pelea por la silla vacía, pero que se desactiva cuando se trata de proponer ideas, de hacer propuestas, y de abrir nuevas ventanas. Es hora de que el liberalismo deje de hacer la política mirando a Uribe como referente y se destete. Un país sin oposición es lo mismo que tener una selección de fútbol como la que tenemos, sin jugadores capaces de meter goles.
 
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