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Opinión

  • | 1996/03/25 00:00

    UN PAIS SERIO

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Dentro de las muchas teorías que han hecho carrera en el fragor del combate del proceso 8.000, está la de que Colombia es un país poco serio. Esta tesis se basa en que el caos general provocado por el escándalo de la narcopolítica es el reflejo de una nación primitiva y débil. Pero un repaso de los acontecimientos demuestra que eso no es verdad. Habría sido absurdo que no se hubiera armado en Colombia el escándalo que se armó. El contenido de los narcocasetes y las revelaciones posteriores sobre ingreso de dinero del narcotráfico en la campaña electoral que llevó a Ernesto Samper a la Presidencia de la República, produjeron lo que es de esperarse en un país serio: una alharaca descomunal que tiene a Colombia patas arriba desde hace más de un año, y que ha sacudido en mayor o en menor grado a todos los sectores de la sociedad.El que los indicios sobre corrupción en esa campaña hayan provocado como efecto inmediato, y desde el comienzo, la formación de un importante grupo de personas que se dedicó a tumbar al Presidente, habla bien y no mal de la seriedad del país Lo absurdo habría sido que ante semejantes denuncias, el país se hubiera quedado tranquilo y que las expresiones de indignación por lo que esas acusaciones indicaban se hubieran quedado en silencio.Pero también dice mucho de la seriedad del país el que no sea tan fácil tumbar a un presidente. Derrocar a sombrerazos a un mandatario, por unas denuncias sin prueba (por graves que parezcan), es una escena típica de una republiqueta pero no de un país con instituciones fuertes, como el que pretende ser Colombia.Por eso es paradójico que muchos sectores en Estados Unidos nos critiquen por tener una narcodemocracia pero que a la vez nos recomienden soluciones del nivel de una auténtica Banana Republic.Sin embargo, decir que es bueno que la caída de un presidente sea un proceso difícil no significa que deba ser imposible. Al otro extremo del péndulo, en el espectro de una república banana, está el caso del país cuyo presidente es imposible de tumbar. No es nuestro caso. Sin querer decir con esto que Ernesto Samper se va a caer de todas formas, sí hay que reconfortarse con el hecho de que hay un camino institucional _que estamos recorriendo ahora_al término del cual existe esa posibilidad, lo mismo que la contraria.Otro aspecto clave en este proceso ha sido la participación ciudadana. Aquí se ha cacareado el tema de la democracia participativa desde hace siglos, y siempre ha hecho parte de las formulaciones abstractas de la política nacional. Eran tan abstractas, que la Constitución del 91 se hizo para que hubiera democracia participativa. Pero esa Constitucón tampoco lo logró. La única participación real que ha tenido el pueblo colombiano en los últimos tiempos ha sido la del proceso 8.000. Es la primera vez que hay un tema que le interesa a todo el mundo y sobre el cual todos y cada uno de los colombianos tienen una opinión definida. Para unos, éste es un caso de inmoralidad inaceptable; para otros, un episodio común de corrupción que sólo se diferencia de los anteriores en que unos gringos resolvieron esconder un micrófono y grabar. Pero la participación popular no tiene antecedentes.Ni qué decir de la seriedad del comportamiento de la prensa. No me refiero a casos individuales sino al fenómeno de la prensa en general. Nunca ha habido mayor lucimiento de los medios que durante este proceso. Aparte de los periodistas que han tratado el tema con ecuanimidad y sin apasionamientos, ha habido baluartes en los dos extremos de la balanza, como el diario La Prensa y la revista Cromos. Para los primeros, el gobierno está conformado por hampones, y para los segundos aquí no está pasando nada.Y por último, y en este mismo terreno, los colombianos se han podido dar el lujo de leer los análisis opuestos de importantes columnistas, como Enrique Santos Calderón y D_Artagnan, quienes ya muestran los primeros síntomas de hernia debido al esfuerzo excesivo: el uno por tratar de tumbar a Samper y el otro por tratar de sostenerlo.
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