15 diciembre 2012

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Un pesebre con animales

Por Daniel Samper OspinaVer más artículos de este autor

OPINIÓNCuando Santos declaró que aprobaba la basura de Petro, lamenté que se refiriera al burgomaestre de semejante manera.

Un pesebre con animales. Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

Su Santidad Ratzinger negó que hubiera animales en el portal de Belén, y la noticia no me pudo caer en peor momento porque soñaba con hacer un pesebre de tamaño real, con políticos colombianos como invitados. Y yo no soy nadie para contrariar a la Iglesia, como lo hizo el padre Llano cuando puso en
duda la virginidad de María en un gesto que a mí, como mariano, me ofendió mucho: porque negar la virginidad de la reina madre es como negar la virginidad del mismo padre Llano.

Siempre he querido que el pesebre de mi casa sea un reflejo del país. Finalmente, es época de paz, época de amor, como lo ha sido Colombia durante este año: de paz, como la que se negocia en La Habana, en medio de un proceso tan extraño que uno de los integrantes de la mesa de la guerrilla es una silueta de cartón de Simón Trinidad. En un comienzo me quejé: ese muñeco miserable terminará secuestrando al dummy de Ingrid, me dije. Pero después reconsideré mi posición: al menos la efigie de Trinidad no es de piedra, como los demás miembros de las Farc; y de todos los que están en la guerrilla, es el que tiene más sensibilidad, el más humano. Ojalá que reemplace a Timochenko.

Digo que es época de paz, sí, pero también es época de amor. Porque desde que estamos en manos del alcalde Petro la política del amor se tomó las calles. Al igual que los vendedores ambulantes. Y las basuras. Y los huecos.

La verdad es que prefería al Petro de gorra de caco al que mis hijas confundían con el Chómpiras, que al pendenciero de ahora. Hace poco vi el noticiero con un amigo extranjero y también lo confundió:

-Pobre el alcalde de Bogotá, con lo que le toca lidiar: ¿quién es ese sindicalista desabrochado que arenga contra la Policía megáfono en mano? -me preguntó.

-Es el alcalde de Bogotá -le expliqué.

-¿Acaso no es esa señora de gafas que habla con suficiencia?

-No -le contesté-: esa es la alta consejera para la capital.

-¿Y por qué habla como si tuviera una papa en la boca?

-Seguramente la tiene: ella es vegetariana. Gina es el apio del pueblo.

-¿Y el alcalde es bueno?

-Claro -le respondí orgulloso-: es el autor de la política del amor.

-¡Pero grita como si tuviera rabia!

-Es que del amor al odio no hay sino un paso -lo excusé-.

Siempre he apoyado al alcalde, y, de hecho, cuando Santos declaró que aprobaba la basura de Petro, lamenté que se refiriera al burgomaestre de semejante manera. Por eso quise armar el pesebre de la casa como un homenaje a él y a su Alcaldía: un lugar en el que los camellos de los reyes magos no pudieran movilizarse; en que la basura estuviera desperdigada por todas partes, y en el que en el portal, que sería de TransMilenio, Petro hiciera las veces de San José; su mujer, de virgen María; y, acostadita en la cuna, la perrita Bacatá encarnara al Niño Dios. Pero como ya no se aceptan animales, supuse que tendría que hacerlo solo con la esposa de Petro y Bacatá, y me sentí frustrado.

Es difícil fabricar un pesebre emblemático de Colombia sin poder usar animales, ni siquiera elefantes, para desdicha familiar. Por eso pensé en hacerlo con dos San Josés, el senador Gerlein y el concejal Marco Fidel Ramírez, y que ambos adoptaran al Divino Niño: han adoptado posturas tan lamentables, que adoptar un bebé sería una ganancia. Pero imaginé las visitas de sus amigos godos a conocer el niño, y ante la angustia y el desgaste de cuidar el oro y la mirra, deseché la idea.

Pensé, entonces, en decorar la casa sin pesebre, solo con Papá Noel. Pero cuando les conté a mis hijas que el 24 iba a entrar por el tejado un hombre gordo, canoso y barbado, con un saco al hombro, dejaron de dormir porque se imaginaron que era Luis Carlos Restrepo, que venía por sus juguetes, pobres.

Iba a darme por vencido. Pero, entonces, recordé las declaraciones de Uribe en contra del fallo de La Haya, y la ambigüedad de Santos para reconocerlo, e inspirado en nuestra clase dirigente decidí desacatar yo también lo que no me guste: las derrotas del Santa Fe, la reforma tributaria, el pico y placa. Y, en ese orden de ideas, la recomendación de no utilizar animales en el pesebre.

Pero eso, con mi mujer y mis hijas haremos un pesebre lleno de especies criollas. Quitaremos los espejos, porque nos quedamos sin mar, y en una charca de celofán tiraremos un Valencia Cossio, acostaremos un Roy Barreras. Pondremos a Rodrigo Jaramillo y Juan Carlos Ortiz como reyes magos -no importa que sean dos: en Colombia se pueden armar ternas de dos-, para que sigan a Montaner, que será la estrella. Y, para pacificar los ánimos, en una pesebrera de Usaquén los mezclaremos a todos: pararemos a Uribe como San José; a alias la Mechuda como virgen María; a Simón Gaviria como burro; al procurador como la vaca sagrada que es lechera y con manchas. Y, en una cuna con tanta paja como la que echa en sus discursos, acostaremos a Juan Manuel Santos, divino niño, arropado apenas con los pañales del postoperatorio, pero con el cuerpecito caliente gracias al aliento que le dan a cambio de sus favores inmensos Juan Lozano, Armandito Benedetti y otros miembros de la Unidad Nacional. Ante ese pesebre oraremos para que Colombia alcance una paz duradera y digna de la ovación mundial. Como la virginidad del padre Llano.
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