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Opinión

  • | 2010/12/23 00:00

    Un polémico premio

    Mahatma Gandhi es la prueba viviente de que el pacifismo sí sirve para hacer salir de su país a un imperio sin verse aplastado en el intento.

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El ganador del Nobel de Paz de este año, el activista chino de derechos humanos Liu Xiaobo, es un pacifista que ha llevado a cabo una lucha no violenta contra el autoritarismo en su natal China y, como se ha registrado ampliamente, para el gobierno de este país el premio representa una intervención inaceptable a su política interna.

Xiaobo, además de adelantar huelgas de hambre y de haber estado entre los ideólogos de las protestas de Tiananmen en 1989, es uno de los intelectuales que redactó la Carta 08, signada luego por más de 8.000 personas, en la que se afirma que “el pueblo chino, que soporta una situación desastrosa en materia de Derechos Humanos y protagonizó innumerables luchas a lo largo de estos años, constata con claridad que la libertad, la igualdad y los derechos del hombre son valores universales de la humanidad, y que la democracia y un gobierno constitucional son un marco fundamental para preservar estos valores. Alejándose de tales valores, el enfoque del gobierno chino en cuanto a la “modernización” resulta desastrosa, privando al pueblo de sus derechos, destruyendo su dignidad y corrompiendo el transcurso normal de las relaciones humanas”.

Podría pensarse entonces que el comité que concede el Premio Nobel de Paz constituye un adalid contra la injusticia, al destacar a personas que simbolizan la resistencia pacífica. Muchas veces es cierto, pero es claro que otras solo logra reflejar un interés particular que no plasma la verdadera dimensión de cada lucha.

“No estoy de acuerdo con ningún pacifista…los únicos pacifistas con los que acepto hablar son los que soportan hasta el final las consecuencias de la no violencia. Pero incluso con éstos hablo solo para decirles que serán aplastados por la voluntad de los más fuertes y que su pacifismo solo les conducirá a horribles sufrimientos…existen principios por los cuales las naciones deben estar preparadas para combatir”.
 
¿Puede usted creer que las anteriores palabras las pronunció el hombre que ganó el Nobel de Paz en 1973? A Henry Kissinger Oriana Fallaci le hace ver (Entrevista con la Historia, 1974) que él afirma condenar la prisa y las emociones cuando se trata de obtener la paz, pero mientras se habla de alto al fuego en la guerra del Vietnam, el Departamento nortemericano de Defensa envía nuevas armas y municiones a los campos de batalla, lo que cuesta muchas vidas. Kissinger simplemente responde: “Eso es inevitable”.
 
El mismo Kissinger del golpe a Allende, del apoyo a Indonesia en su invasión a Timor Oriental.
Mahatma Gandhi es la prueba viviente que de que el pacifismo si sirve para hacer salir de su país a un imperio sin verse aplastado en el intento, es decir que la preparación para combatir puede entenderse desde una perspectiva no armada, en este caso tangible pero en otros denunciando a nivel internacional las injusticias lo que hace caer, a la larga, a los gobiernos violadores de derechos. Y en el evento de que los resultados no sean destacables, la lucha misma si puede serlo. Sin embargo Gandhi, a pesar de haber sido cinco veces postulado, nunca ganó el Nobel.

Este premio, siempre subjetivo y politizado, unas veces ha sido otorgado con el aplauso de la opinión pública mundial – Martin Luther King, la Madre Teresa de Calcuta, Rigoberta Menchú, el Dalai Lama, la birmana Aung San Suu Kyi -; otras concedido a personajes menos conocidos pero igualmente valiosos –como Betty Williams, quien ha trabajado infatigablemente por el entendimiento entre protestantes y católicos en el marco del conflicto norirlandés-; y otras en las que fue rechazado de plano, como el que se le dio, al tiempo que a Kissinger, a Le Duc Tho, quien se negó a recibirlo dada la situación en Vietnam en ese momento.

El del año 2009, concedido a Barack Obama, nos dejó a muchos con la sensación de que fue muy prematuro. El argumento de que “solo muy rara vez una persona tiene el mismo alcance que Obama ha tenido al capturar la atención del mundo y brindarle a su pueblo la esperanza de un futuro mejor” peca, en el mejor de los casos, de optimismo. La base del Nobel de Paz es que se le confiere a “la persona que haya trabajado más o mejor a favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos y la promoción de procesos de paz”. En este caso, ¿no sería lógico esperar a ver si esa esperanza se concreta en alguno de estos hechos?
 
Y para nosotros los colombianos cierro con un dato demoledor, que no se si todos conocen. En 1906 el Premio Nobel de Paz fue concedido a Theodore Roosevelt, a quien siempre recordaremos por nuestra pérdida de Panamá. Así que apague y vámonos.


*Docente – Investigadora. Universidad Externado de Colombia
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