Viernes, 20 de enero de 2017

| 2007/07/21 00:00

Un poste verde

En ese ciclo inmutable de desidia, para las elecciones de octubre ya se preparan las mismas intimidaciones paramilitares que para las pasadas

Un poste verde

Alguna vez le oí a V. S. Naipaul, el gran escritor angloindio de Trinidad, una observación despectiva y certera sobre los motivos subjetivos del subdesarrollo económico (y político y social), que son tan definitorios como sus causas objetivas:

-Los subdesarrollados lo son porque no se dan cuenta de que para que un poste esté pintado de verde hay que pintarlo de verde todos los años.

Es la idea fundamental de la civilización: las cosas nunca se hacen solas, ni se sostienen por sí mismas. Esa frase de Naipaul -que es tal vez un proverbio de los ingleses, o una reflexión práctica del almanaque de Benjamin Franklin- me vuelve a la cabeza cada vez que llega el invierno en Colombia: dos veces al año. Llueve, y es como si no existiera recuerdo de la lluvia. Llueve, y los ríos se salen de madre y arrastran a su paso los pueblos ribereños. Los damnificados piden ayuda a los gobiernos (municipal, departamental, nacional), que no la tienen disponible, porque a nadie se le había ocurrido que, pasado el invierno anterior, pudiera volver a llover algún día. Se buscan ayudas extraordinarias para financiar, para las cuales se crean (dicen que de modo transitorio) impuestos especiales. Las ayudas se quedan por el camino, en manos de los políticos locales. Y cuando bajan las aguas, otra vez los pobladores vuelven a armar sus ranchos en el mismo sitio del que infaliblemente volverán a ser arrastradas por la corriente desbordada del río cuando vuelva el invierno. Y vuelven a votar por sus políticos locales. En ese ciclo inmutable de desidia, ineficiencia y corrupción se resume la vida colombiana. El poste verde de Naipaul se queda siempre a medio pintar, y tiene ya desde el principio la pintura medio descascarada (que además, como en el pueblo de García Márquez, no es verde, es una mezcolanza color fango de capas rojas y azules superpuestas, según quién vaya ganando). Porque no tenemos conciencia de que va a volver el invierno.

Así, ya están reconstruyendo los pueblos en el mismo emplazamiento del que se los llevaron hace tres semanas el Cauca o el Sinú. Y para las elecciones de octubre ya se preparan las mismas intimidaciones paramilitares y guerrilleras que para las pasadas. Los mismos fraudes y los mismos trasteos de votos, los mismos asesinatos y los mismos sobornos de la última vez, de siempre. Los viceministros se desconciertan cuando les anuncian la presentación de nuevas candidaturas de delincuentes. El Vicepresidente pide que, por esta vez, se morigeren. La prensa da cuenta de que sin haber terminado siquiera de desmovilizarse todavía, ya las huestes paramilitares se han empezado a removilizar. No se ha resuelto aún en los tribunales de arbitramento cuál va a ser la indemnización que el Estado va a pagarle a no sé cuál empresa multinacional por haber incumplido los contratos que no firmaron bien los representantes del gobierno cuando ya se anuncia que otra empresa multinacional acaba de plantear el mismo pleito, y también va a ganarlo. Todavía colea el escándalo de Foncolpuertos cuando ya la Dian se ingenia un nuevo contrato escandaloso contra los mismos arruinados puertos. No hemos aprendido nada. (Aunque muchos se hayan enriquecido en el camino. ¿No han visto ustedes que en este país de cuatro millones de desplazados el metro cuadrado de construcción se paga a seis millones de pesos).

Ah, sí: los desplazados. Cuatro millones -o exactamente 3.940.000, según la Codhes (Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento)- o algunos menos, según el gobierno. Hay que indemnizarlos a ellos también. ¿Con los cinco millones de hectáreas de las tierras usurpadas por los narcoparamilitares? No: el gobierno dice que sólo tiene disponibles 73 mil hectáreas, de las cuales 60 mil están en pleito y 10 mil han sido invadidas. Quedan en total apenas cinco mil: la milésima parte de lo robado. De modo que lo de la reparación a las víctimas se presenta más cuesta arriba que el caso célebre de los panes y los peces.

Por desidia, por ineficiencia, por corrupción. Un ejemplo: la Dirección Nacional de Estupefacientes, que tiene a su cargo la administración de los bienes del narcotráfico que han sido incautados o sobre los cuales se ha dispuesto la extinción de dominio de acuerdo con la ley, ha logrado en diecisiete años (¡diecisiete!) liquidar activos por 1.850 millones de pesos. Pero en cambio acaba de pagarle 2.994 millones a un consorcio privado por hacer un inventario aproximado e incompleto de los bienes de que dispone.

No me atrevo a calcular cuál puede ser el monto de encargar un estudio preliminar sobre el costo que puede tener, en Colombia, pintar un palo de verde.

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