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Opinión

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En la 'cumbre' de gobernadores, cada uno se apareció arrastrando de la mano a un niñito vestido con el traje típico de su departamento. Hubo que inventar trajes típicos, pues no los hay para tantos departamentos. El presidente Ernesto Samper capturó a dos: uno de machete al cinto y sombrero aguadeño _¿antioqueño, caldense, quindiano, risaraldense?_ y otra vestida de no sé bien qué, tal vez de momposina (aunque Mompox no es un departamento, todavía). Había además otros niños disfrazados de soldados _en abierta contradicción con todos los tratados internacionales firmados por Colombia sobre la no inclusión de los menores de edad en los fastos de la guerra_, cuyo traje típico, si excluimos la banderota colombiana que cargaban con evidente esfuerzo, era el uniforme militar diseñado por el rey Federico de Prusia, el 'rey sargento'. Pobres niños. No hay derecho.Pero tampoco hay derecho a lo contrario: a esa proclamación de "los niños de Colombia" para el Premio Nobel de la Paz, hecha, según entiendo, por un demagogo (no es posible llamarlo pedagogo, pero tampoco es necesariamente un pederasta: digamos que un pedófilo), filipino, y acogida con júbilo por la prensa: una prensa siempre dispuesta a utilizar a los niños como carnaza. Puede haber, no lo dudo, algún niño colombiano que individualmente merezca un premio de la paz. Pero colectivamente no. No sólo porque no constituyen una colectividad orgánica, sino simplemente un agregado estadístico, sino porque no son actores ni agentes conscientes de la paz o de la guerra. Los niños de Colombia se presentan al Premio Nobel de la Paz de la misma manera en que asisten a las cumbres de gobernadores: porque los llevan a la fuerza sus padres, o sus maestros, o el político que les paga a sus padres o a sus maestros el disfraz folclórico. Cuando les den el Nobel, y vayan a recogerlo (no todos los niños de Colombia, por supuesto: sino una delegación designada por los políticos), irán de corbatica: una corbatica donada (con dinero público) por los politiqueros que hayan escogido la delegación: a ver, el hijo de Gladysita, que es la secretaria del secretario de gobierno del departamento; y un nieto del doctor Escrucería, que sabe bailar el mapalé; y ¿no tiene el presidente Samper un hijo que toca muy bien la flauta?; pues ese también; y un niño pobre, decentemente vestidito: hay que pedírselo a una de las ONG que gestionan la Calle del Cartucho.Y los ancianos hiperbóreos que en la remota Noruega dan los premios de la Paz, a veces a un criminal de guerra como Henry Kissinger, por ser secretario de Estado de la superpotencia, a veces a un niño pobre, por ser niño y por ser pobre, le entregarán el premio al niño de Gladysita, que recitará un discurso escrito por Juan Gustavo Cobo Borda; y asistirán, impertérritos, al mapalé del nieto del doctor Escrucería y al bambuco interpretado en la flauta por el hijo del doctor Samper.Otro Premio Nobel para Colombia: qué maravilla. El de Gabo empezaba a no dar ya más de sí, y nada que caía el del doctor Patarroyo, y el de Juan Manuel Santos se vanó con esos voladores que hacen apenas fffssst y caen a tierra como un trapo. Entonces ¿quién? Los niños. La idea genial vino, supongo, de un funcionario del Ministerio de Educación, o del mismísimo ministro, que se tomó la potestad arbitraria de pasar una circular ordenando que todos los niños de todas las escuelas de Colombia escribieran una redacción sobre la paz. Divino ¿no? Sí: divino. Qué ternura. El mundo entero nos va a admirar. Las redacciones fueron recogidas por el Icfes, que se las pasó a la Unicef, la cual les mandó un resumen traducido al noruego a esos señores de allá. Y plaf: premio.Y este país de adultos desvergonzados, no contento con ser el que peor trata a los niños, el que los prostituye en las calles y los pone a pedir limosna en los semáforos o a trabajar en los chircales y en las minas de carbón, en los cultivos de arroz y en las remontadoras de llantas, el que los exporta en adopción, el que los obliga a exhibir en televisión su ignorancia en entristecedores concursos de ortografía, el que los abandona, el que los obliga a raponear a la salida de los espectáculos o a cantar rancheras en los buses, el que los usa para vender campañas electorales en tarjetas navideñas (Andrés Pastrana) o para lloriquear la inocencia de sus padres en la televisión (Horacio Serpa), el que los manda a combatir con un fusil más pesado que ellos mismos, en el ejército o en la guerrilla, el que los extermina si son pobres, el que los secuestra si son ricos... este país de adultos desvergonzados, digo, no contento con tratar así a sus niños, los pone por añadidura a ganar un Premio Nobel de la Paz.Hay que imaginar cuál fue la reacción de los niños cuando les pusieron la tarea. Llegaron a su casa _los que tienen casa_ a decirle a su mamá _los que tienen mamá: _Ay, mamá, otra vez nos pusieron la redacción esa de la paz.Y por hacer la tarea se quedaron esa tarde sin jugar al fútbol, o a las muñecas. O a la guerra, que es el juego que más les gusta a los niños.
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