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Opinión

  • | 2011/05/07 00:00

    Un purgante

    La defenestración del inepto y dañino alcalde Samuel Moreno puede terminar prestándole un servicio, aunque tardío, al Polo, a la manera de un purgante.

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Samuel Moreno es solo una anécdota. Y tal vez pronto veremos que el procurador Alejandro Ordóñez no tenía razones válidas para suspenderlo con acusaciones tan poco seriamente sustentadas: “pruebas contundentes de que al parecer...”, “sin ninguna duda tal vez...” etcétera. Pero el hecho estruendoso es que Moreno se merece la suspensión, así el procurador la base en argumentos frágiles. Porque ha gobernado pésimamente
a Bogotá, haciendo una administración asentada sobre la ineptitud, la corrupción y las malas compañías, empezando por la de su hermano Iván. Y con ello le ha hecho un tremendo daño a la ciudad y, sobre todo, al Polo Democrático Alternativo: la única formación política de izquierda que en la historia de este país de derecha que es Colombia había alcanzado posiciones de poder. De la alcaldía de Moreno, el Polo sale hundido.
 
La culpa no es solo suya. La comparten con él muchos de sus compañeros de partido: amigos como su hermano el senador Iván, hoy preso, o enemigos como el excandidato presidencial Gustavo Petro, quien le armó –con razón– una comisión de investigación interna. Y también desertores como su predecesor en la Alcaldía, Lucho Garzón, e incluso neutrales como el senador Jorge Enrique Robledo, que nunca se decidió a rechazar la alianza con la vieja Anapo de los Moreno Rojas, que era previsiblemente deletérea. Y las autoridades internas del partido, Clara López, Carlos Bula, que solo ahora, in extremis, sueltan a Moreno ante los leones. La culpa es colectiva. Y el hecho resultante es que de dos periodos consecutivos de ejercer el gobierno en la capital del país la izquierda sale desprestigiada y deshecha. Porque ha demostrado hacerlo tan mal como la derecha a la que critica y a la que aspira a sustituir en el poder.

Y lo ha hecho igual de mal precisamente porque lo ha hecho igual: asumiendo los métodos, y tal vez también los fines, de la derecha, que son los del poder. El ejercicio del poder derechiza, como puede verse en la historia de todas las revoluciones triunfantes promovidas en nombre de la izquierda, desde la de los Gracos en la Roma antigua hasta la de los sandinistas en Nicaragua, pasando por la bolchevique en Rusia, la china y la cubana. O, más exactamente, la derecha es el poder.

Por eso la función política de la izquierda no consiste en administrar el poder, sino que es otra, la contraria: la oposición al poder, la crítica del poder, y el control de sus excesos. Excesos que le son connaturales: cuando Guido Nule afirmó que la corrupción es inherente a la condición humana lo que estaba diciendo es que es inherente a la condición de la derecha. La función de la izquierda es, repito, de índole política, y no administrativa. No consiste en manejar el Estado, sino en vigilarlo y criticarlo. No en firmar contratos, sino en examinarlos. Y esa función puede cumplirse tanto desde el seno del Estado mismo como desde fuera del Estado. Desde los órganos de control como la Procuraduría (que tan políticamente usa, él también, Alejandro Ordóñez, desde la derecha), o la Contraloría, o la (muy marchita) Defensoría: esas que llaman, con razón, las “asustadurías”. Desde las Altas Cortes, en la defensa e interpretación de las leyes.
 
Desde el Congreso, donde se dictan las leyes, y desde donde se ejerce control –control político, insisto– sobre los actos del Estado. Y consiste también en vigilarlo y criticarlo desde fuera del Estado. Desde la prensa, por ejemplo, no en balde llamada a veces “el cuarto poder”. Aunque en este país de derecha que es Colombia no existe una prensa de izquierda: solo periodistas sueltos, que, como se dice de las golondrinas, no hacen verano.

Vista desde ese ángulo, la defenestración del inepto y dañino alcalde Samuel Moreno puede terminar prestándole un servicio, aunque tardío, al Polo, a la manera en que a un organismo enfermo le sirven los purgantes. Para salir del mal trago debilitado, pero depurado: más sano, aunque menos fuerte en apariencia, porque se ha desembarazado de una rémora. Con menos poder, pero más a la izquierda.

Pero mucho me temo que pensar así sea pensar con el deseo. Y, en todo caso, ¿el deseo de quién? No creo que sea el de los políticos profesionales de la izquierda. Con lo cual se llega al nudo del problema, pues sin políticos profesionales no es posible hacer política, ni de derecha ni de izquierda.

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