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Opinión

  • | 2012/03/17 00:00

    Un respiro para Petro

    Petro está a tiempo para reunir a expertos en torno a sus reformas y para adelantar una paciente labor de estudio y discusión de cada uno de los cambios con su equipo de gobierno.

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Gustavo Petro necesita un respiro. Debería darse unos días para la reflexión. Los críticos -que se han multiplicado de manera asombrosa- deberían ayudar un poco, quizás atenuar el asedio, mientras el alcalde enumera y explica los cambios que quiere realizar y las estrategias que va a emplear para llevarlos a cabo.

La ciudad está ante una nueva realidad. Eligió a un mandatario que quiere hacer grandes reformas. Su consigna no es la de anteriores alcaldes: construir sobre lo construido. Su empeño es que Bogotá sea distinta al terminar su gestión. "Más humana", dice. No hay sorpresa en su discurso. En la campaña presidencial de 2010 defendió a capa y espada un ideario de izquierdas. Lo mismo hizo en la disputa por la Alcaldía de la capital.

El equipo de gobierno que ha conformado ratifica esa orientación. Todos los puestos claves se los ha entregado a personas con las que compartió militancia en el M-19 y a intelectuales críticos de las estructuras económicas, sociales y políticas del país. Nada de la mezcla entre liberales, conservadores y gente de izquierda, que hicieron los dos alcaldes del Polo.

Los anuncios no dejan dudas en las intenciones. En menos de 80 días de gobierno abrió el debate para prohibir el porte de armas a los particulares y buscar la disminución de la violencia y el delito en la ciudad; habló de fusionar las empresas de energía, teléfonos y acueducto; propuso redefinir la construcción de la Avenida Longitudinal de Occidente.

Se lanzó a renegociar los contratos con los operadores de TransMilenio y a buscar nuevas alternativas para resolver la grave crisis en la movilidad que afronta Bogotá; señaló que haría variaciones al trazado del metro; cuestionó los términos en que entraría a funcionar el Sistema Integrado de Transporte; se comprometió a rebajar tarifas de algunos servicios públicos para favorecer a los estratos más pobres; decidió invertir dineros y esfuerzos en llevar a la práctica la Ley de Reparación a las Víctimas; incluso, entró en el debate sobre la conveniencia de acabar con las corridas de toros.

Este menú de cambios ha desatado un revuelo enorme entre los candidatos derrotados y sus respectivos grupos políticos, los empresarios que podrían salir afectados por las medidas, los formadores de opinión que se alarman ante la poca sustentación de los proyectos y los técnicos que advierten improvisación y errores en los anuncios. La tensión llegó al punto más alto el día de los bloqueos y los actos vandálicos contra TransMilenio. Todo el mundo se le vino encima a Petro.

Se juntan el miedo al cambio, la abierta oposición de quienes saldrían golpeados por las reformas y una gran desconfianza sobre la capacidad técnica y política del alcalde y su equipo de gobierno. Petro tiene que tomar nota de esta situación. No puede aferrarse a la idea de que es una persecución de sus enemigos políticos.

Debería reconocer que buena parte del grupo humano que ha reunido para encabezar los cambios no tenía los ojos puestos sobre la ciudad. Empezando por el avezado Antonio Navarro, que hasta el 1 de enero estuvo ocupado en las lejanías de Nariño. Debería aceptar que las transformaciones de instituciones y empresas requieren un periodo de incubación donde se logran consensos, se pactan alianzas y se definen estrategias.

Petro está a tiempo para reunir a expertos en torno a sus reformas y para adelantar una paciente labor de estudio y discusión de cada uno de los cambios con todo su equipo de gobierno. Está a tiempo de buscar acuerdos programáticos con algunas bancadas del Concejo y conquistar un respaldo mayoritario para sus proyectos. Tiene que enviar un mensaje de seriedad y responsabilidad a la ciudad sin declinar su espíritu reformador.

La reunión pactada con el gobierno nacional para examinar la situación de TransMilenio y la construcción de la Avenida Longitudinal de Occidente es una ocasión especial para iniciar una reflexión serena sobre los temas controversiales de Bogotá. Sin el concurso de la nación resulta imposible resolver los graves problemas en la movilidad, en la seguridad y en el equipamiento de la ciudad.
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