Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1987/04/20 00:00

UN TRANVIA LLAMADO MONTOYA

El poder del secretario general depende, en últimas, de cuánto gobierne el Presidente.

UN TRANVIA LLAMADO MONTOYA


En el gobierno de Barco, todos los caminos conducen a través de Germán Montoya.

Con un extraordinario poder y un inusual don de ubicuidad, se las arregla en una misma semana para llevar la vocería del gobierno en torno al paro cívico de Boyacá representar al Presidente en el Consejo de Televisión, encargarse de la Cancillería mientras su titular se ausenta del país, llamar telefónicamente al ministro de Comunicaciones, Edmundo López, para informarle que el Presidente lo manda a saludar y de paso a encargarlo del Ministerio de Trabajo. Y en el ratico que le queda libre, responde las llamadas de aquellos ministros que no tienen acceso directo a Barco, a ver si el asunto es importante (caso en el cual le lleva la razón al Presidente), o si puede resolverse con su simple mediación.

Pero su trabajo es tan minucioso que de su celo no se escapa ni siquiera la carta de renuncia del ex ministro de Trabajo, Jaime Lopera, redactada en Palacio, de su propia inspiración, en la mañana del domingo de la reciente minicrisis ministerial.

Fuera de Rafael Naranjo Villegas, en épocas de la presidencia de Misael Pastrana, jamás se había visto en Colombia a nadie con tanto poder sentado al lado del Presidente. Y ni siquiera mitos como el de Diana Turbay, a quien se le adjudicaron las minucias del rodaje administrativo del gobierno de su padre, logra acercarse de lejos al fenómeno Germán Montoya.

¿Cómo es este ex industrial antioqueño, por cuyo conducto se ha logrado concentrar tan extraordinario poder en la Casa de Nariño?

Quienes lo conocen lo describen como una persona sencilla, amable, de bajo perfil --como cualquier barquista que se respete--, con una clara mentalidad empresarial y gran poder de decisión administrativa. Es metódico, poco ingenioso, y definitivamente el hombre de más confianza del Presidente de la República.

Comparado con el "cerebro gris" del régimen, el doctor Gustavo Vasco, podría decirse que este es el máximo orientador del Presidente, mientras que Germán Montoya es el máximo ejecutor.

Irónicamente, llegó hasta aquí casi que en virtud del azar. Cuando el industrial Pedro Gómez Barrero se retiró de la campaña de Barco para asumir la dirección de Resurgir, Montoya fue llamado a Londres, para que se encargara del manejo administrativo de la campaña.

En una sola frase, el antioqueño se adecuaba a lo que Barco quería hacer de la Secretaría General de la Presidencia. Se trata de un esquema que quizás tiene uno de sus antecedentes más lejanos en Sejano, el favorito del emperador Tiberio, y el antecedente más reciente en Donald Reagan, Cheef of Staff del presidente Ronald Reagan.

Ambos experimentos terminaron mal.

Sejano quiso derrocar a Tiberio, aprovechando una de las largas estadías del emperador en la "Casa de Huéspedes llustres" de Capri, y ello le valió su ejecución.

Por su parte, Donald Reagan fue despedido hace dos semanas acusado de haber mantenido al Presidente alejado de la realidad del Irangate. Y de paso, perseguido por la animadversión de Nancy Reagan, con quien se había trenzado en una desagradable discusión sobre si el Presidente, como él opinaba, debía volver a trabajar cuanto antes, luego de la operación de su próstata, o si, como ella opinaba, debía guardar cama durante unos cuantos días.

En EE.UU. es tanto el poder que se concentra en la Casa Blanca, que en oportunidades llega incluso a atentar contra la ley, contra los propios ministros y contra el Congreso. Fue precisamente en medio de tan extraordinario poder, entre las cuatro paredes de la Casa Blanca, que se cocinó la venta de armas a Irán, el desvío de fondos a los "contras" y se elaboró la versión maquillada que el Presidente debía darle al país sobre lo que vino a llamarse el escándalo del Irangate.

Pero, desde luego, el poder del Cheef of Staff gringo o del secretario general de la Presidencia en Colombia depende, en últimas de cuánto gobierne finalmente el Presidente.

Jimmy Carter, por ejemplo, gobernaba en exceso. Se ocupaba de minucias tales como la adjudicación de los turnos en la cancha de tenis de la Casa Blanca. Reagan en cambio, quiso imponer el estilo hands off ("manos abajo"), que se presentó como una especie de "visión global" sobre la política, en contraste con las pequeñeces carterianas. De ahí que el Germán Montoya de Carter, el señor Hamilton Jordan, afirmara recientemente que mientras el poder que él detentó en su cargo podría calificarse en dos en una escala de uno a diez, el de Donald Regan podría calificarse en nueve.

Con el reciente escándalo del Irangate, sin embargo, se descubrió que en realidad el cacareado estilo hands off de Reagan quería decir que gobiernan otros por él. Y el estilo "cancha de tenis" de Carter está siendo sometido, por estos días, a un proceso de revisión histórica.

Entre las muchas cosas que ignoramos de nuestro Presidente está la de si su estilo es tan global como el de Ronald Reagan, o tan minucioso como el de Jimmy Carter, lo que hace que permanezca como una incógnita si la gran cantidad de cosas que se le han delegado al secretario general de la Presidencia se deben a la desorganización o a la organización del Presidente.

Es decir que aunque sabemos que existe, y lo palpamos todos los días, ignoramos si el extraordinario poder de don Germán Montoya se debe a que el presidente Barco gobierna mucho, o gobierna poco.

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