Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/06/06 00:00

Un troquel para pensar

Defiendo con pasión la necesidad de ser más escépticos en política porque estoy convencido de que todos somos hijos de nuestros prejuicios

Un troquel para pensar

Hay algo que Konrad Lorenz descubrió en los animales y que la sicología cognitiva aplica también hoy para los seres humanos: la noción de troquelado (o imprinting) temprano. El ejemplo canónico es el de los polluelos de ganso que, una vez abandonado el cascarón, seguirán como si fuera su madre a cualquier cuerpo

que se les mueva alrededor durante cierto tiempo. El troquelado en los seres humanos es mucho más complejo -porque nuestro cerebro también lo es-, pero eso no quiere decir que no exista. Un ejemplo que lo ilustra bastante bien es el del idioma que hablamos.

Todos nacemos con las mismas aptitudes para aprender cualquier lengua. Un niño sueco criado entre los bosquimanos habla tan buen bosquimano como cualquier niño bosquimano; un niño muinane criado entre los suecos habla tan buen sueco como Ingmar Bergman. El caso es que nuestro "órgano del lenguaje", una aptitud cerebral, es maravilloso para adquirir nuevos idiomas durante la infancia. Luego esa capacidad se va atrofiando hasta que, más o menos a los 13 años, ya nunca seremos capaces de aprender otro idioma como si fuera nuestra lengua materna. Al terminar la adolescencia nuestro troquel idiomático ya está fraguado (loro viejo no aprende a hablar), y si aprendemos tarde otros idiomas los hablaremos, digamos, como el Papa habla español: bien, pero con mucho acento.

En el caso de los idiomas esto no tiene muchas implicaciones de tipo ético. Pero si consideramos que también en las ideologías y creencias se forman troqueles de pensamiento muy pronto en la vida, las consecuencias son muy importantes. Consideremos los casos de nuestras opiniones religiosas y políticas. Todos los seres humanos, en la infancia, padecemos (o gozamos, porque esta característica es indispensable para la supervivencia) de una casi absoluta credulidad: creemos lo que nos dicen los mayores, los padres, los abuelos, los profesores, etc. El cerebro de los niños es muy plástico y se deja moldear con facilidad en lo que tiene que ver con las creencias.

Una fácil comprobación sobre lo problemático que es creer en la verdad absoluta de cualquier religión es la constatación innegable de su variedad histórica y geográfica. Si tú naces y creces en una familia y un ambiente católico, serás católico en la edad adulta. Si naces en la Grecia homérica, creerás en cientos de dioses; si creces en el México prehispánico, adorarás a Quetzalcoatl. Así mismo los niños que se crían como protestantes serán protestantes generalmente; los budistas, budistas; los islámicos, musulmanes, los hebreos, judíos, los ateos, ateos, y así sucesivamente. Todas las religiones, al menos las teístas, tienen a su Dios verdadero, obvio, evidente, que les ha insuflado en su propia cabeza la verdad. Lo curioso es que esta "revelación" no viene nunca del cielo, por vía telepática, sino a través de las palabras que nos dicen en la familia, en la escuela, en los libros y en los templos. Después esa capacidad de creer decae y se vuelve cada día más difícil, si no imposible, creer en otra cosa que no sea la que ya creemos. Esto quiere decir que una creencia firme -la creencia en nuestra religión- ha fraguado en el cerebro y de ahí no nos podemos salir si no es con mucho esfuerzo.

Es cierto: se dan casos de hijos de católicos que se vuelven ateos. Pero tampoco es raro que estos ateos, enfermos y en punto de muerte, manden por el cura, se confiesen y comulguen. El viejo troquel reaparece en condiciones de debilidad física y mental. En todo caso la regla general es que las creencias religiosas se conservan durante muchas generaciones con cambios leves. También las opiniones políticas suelen ir por familias. Es más probable que un monárquico sea hijo de monárquicos; un comunista, de comunistas (o al menos de anarquistas de izquierda); un falangista, hijo de godo, y así. Claro que hay excepciones, pues si no las hubiera el mundo todavía estaría en la edad de piedra y no existiría ninguna evolución cultural. Hay una fuerza centrípeta de la mayoría y una fuerza centrífuga de algunos individuos particularmente rebeldes a las enseñanzas de los mayores y de la tradición.

Expongo lo anterior porque tengo la impresión de que la actitud escéptica en política se interpreta mal. Se cree que es fruto de una mente tibia, que no se apasiona con nada y quiere quedar bien (o mal) con todo el mundo. No es eso. Defiendo con pasión la necesidad de ser más escépticos en política, precisamente porque estoy convencido de que todos somos hijos de nuestros prejuicios: es decir, de cierto troquelado político que nos formamos muy temprano en la vida, una ideología que nos encandila y que nos impide muchas veces pensar y entender con cabeza fría las opiniones de nuestros contrincantes. La política no es un absoluto, como tampoco lo es la religión. Es un esquema mental adquirido con más o menos racionalidad, y por eso mismo deberíamos desconfiar de él.

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