Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/02/20 00:00

Una breve defensa de infierno

El infierno existe siempre y cuando haya alguien que cree en él y obra de tal forma que no termine habitándolo.

Una breve defensa de infierno

A Benedicto XVI se le tacha de anticuado. Basta verlo – dirán algunos – con uno de esos gorros extravagantes que usaban los papas de los tiempos de la inquisición. Y sí, los gorros son algo extravagantes, incluso sus nombres nos resultan tan poco familiares - caumaro, galeno - que sería fácil tomarlos por una marca de cigarrillos o un nuevo modelo de alguna marca automotriz.

Y ese toque retro parece además confirmado por su idea de volver, en ciertas ocasiones, a decir la misa en latín. Annus horribilis, dirá la mayoría, refiriéndose al año de la elección de Joseph Ratzinger como papa. Ahora, para rematar, Benedicto XVI parece querer revivir el infierno. Como si ver un papa ataviado con sombreros rojos de ala ancha – pero no de medio lado – fuera poca cosa, viene ahora además con la idea de multiplicarnos el infierno. Como si ya no tuviéramos suficientes desgracias…

La noticia, como era de esperarse, no fue bien recibida. Juan Pablo II había declarado que el infierno no era un “lugar” sino un “estado del alma”. Benedicto XVI, en contraposición a su colega, parece - según dicen - retroceder así un mundo de oscuras supersticiones. De la muy sensata tesis según la cual el infierno es una metáfora para un estado psicológico se estaría así retornando a un mundo de pecadores abrasados por las llamas y diablos que les trinchan las nalgas. Benedicto, el retrógrado, estaría – una vez más – atacando la modernidad.

De la forma como se difundió la noticia sería mejor no hablar. Varios diarios del mundo, luciendo sin pudor su completa ignorancia en temas teológicos, mencionaron la presencia del “párroco” Hans Urs von Baltasar en el evento donde el papa hizo el anuncio. Para desgracia de la teología no se trató de ningún caso de resurrección sino de un error informativo. Von Balthasar, uno de los más brillantes pensadores católicos del siglo XX, murió hace casi 20 años. Sus supuestas objeciones al papa constituyen, junto con Solaris de Tarkovsky y 2.001 de Kubrick, un capítulo involuntario de la más ingeniosa ciencia ficción.

Obviando este asunto, que bastaría para desacreditar cualquier juicio adicional de los comentaristas de la declaración papal, la recepción de la noticia merece algo de reflexión. Para comenzar vale la pena preguntarse qué entienden los críticos por “progreso” y qué tan legítimo resulta en este caso usar este término como patrón para hablar, en contraposición, de “retroceso”.

Por progreso entienden ellos el paso a una religión en la cual el miedo y, dentro de lo posible, el pecado, no tengan lugar. Bien decía Carl Schmitt que la modernidad se centraba en la paulatina desaparición del mal. El paso a una religión en la cual, además, todas las antiguas alegorías religiosas puedan ser vertidas en términos más creíbles: donde el cielo sea un gran bienestar –similar al que se siente después de superar un episodio de estreñimiento –, la redención algo tan gratificante como librarse de una deuda y el pecado una especie de dolor de cabeza moral.

Sólo eso sería la superación de la superstición. En pocas palabras: el progreso consistiría en la transición hacia un tipo de fe alejada del mal y comprensible en los términos de las más familiares experiencias psicológicas.

En oposición a los defensores del progreso, cabe sostener que la desaparición de la conciencia del mal es el verdadero conservatismo. Trátese de los neoplatónicos, de Agustín de Hipona o de Kant, el mal es en cualquier caso la condición de posibilidad de todo perfeccionamiento o deseo de mejora.

Sólo hombres que se saben “malos”, imperfectos, pecadores, pueden saber que aún no son lo que podrían ser y que, por tanto, están enfrentados consigo mismos. Sólo en un mundo perfecto esa distancia puede desaparecer y, con ella, el tiempo que se extiende entre lo real y lo deseable. Tanto respecto al individuo como a la sociedad la desaparición del mal del léxico moral puede señalarse como la entrada en una fase post histórica. Y ¿qué otra cosa es el conservatismo sino la apología de lo existente, el intento obstinado de negar el tiempo?

Según los presuntos progresistas no hay en realidad nada más allá de las sociedades liberales. Son ellos, y no una tradición religiosa para la cual la esencial historicidad del hombre ha sido desde siempre uno de sus más valiosos aportes culturales, quienes abogan por la absoluta inmovilidad.

Eliminando toda alusión al mal, y todo temor y repulsión hacia él, no hacen más que validar, acríticamente, un tipo de sociedad y de individuo que vive convencido de habitar el mejor de los mundos posibles. Una cultura que no puede imaginarse nada como el infierno, una que no es capaz de articular simbólicamente su miedo al castigo por el mal – tanto en uno mismo y en las relaciones con los otros – es una que imposibilita uno de los presupuestos culturales de la decisión por lo bueno. Y sólo es la continuidad que genera ese tipo de decisión la que permite hablar de historia.

Ahora, decir que el infierno “existe” no significa atribuirle un lugar geográfico. No se trata de decir que el infierno está, digamos, entre Colombia y Guyana, o, si seguimos al gran teólogo Hugo Chávez, en la Casa Blanca. Significa más bien afirmar que, en el lenguaje de los católicos y en el de cualquiera dispuesto a adherirse a esa fe, hay un concepto para designar el lugar al cual son remitidos, después de su muerte, los pecadores y que ese concepto debe ser tomado suficientemente en serio como para determinar efectivamente su vida y su conducta.

Para un católico el infierno no puede ser algo “inexistente”, pues ese es un concepto real de su praxis moral y no una metáfora para sus miedos. El infierno existe siempre y cuando haya alguien que cree en él y obra de tal forma que no termine habitándolo.

La desmitologización no puede consistir en renunciar al propio lenguaje – por más fantástico o alegórico que le pueda parecer a un observador externo – pues eso equivaldría a eliminar también la forma de vida ligada a él.. Para un católico el infierno no puede ser una metáfora de un estado psicológico, pues, una vez el creyente comience a describir y orientar su conducta y reacciones en un léxico constituido por términos puramente psicológicos, dejaría de ser un creyente. El lenguaje religioso puede traducirse, con mayor o menor imprecisión a otros diferentes, pero no puede ser reemplazado por ninguno de ellos sin extinguirse.

Que Benedicto XVI declare, en supuesta oposición al papa anterior, la existencia del infierno, no es sino un gesto consecuente de alguien que defiende la autonomía de su tradición – condensada en ciertos términos fundamentales – y, de paso, hace valer, frente al inmóvil relativismo propio de cierta visión de la modernidad, la decisiva importancia antropológica de un concepto ligado al deseo de cambio y la autotransformación.

Para algunos, que se dicen ilustrados y quieren hacerle el quite al tiempo con un mentiroso tout va bien, se tratará de un “retorno” al oscurantismo y la superstición. Para otros, menos confiados en las ventajas del “progreso”, se tratará de un mensaje que reaviva, en el horizonte de la cultura occidental, la necesidad de tomarse en serio el lado negro de nuestro lenguaje moral. Un mensaje negro anunciado por un personaje vestido con gorros birlados de blanco y estridentes zapatos colorados.





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