Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2001/08/20 00:00

    Una cuestión moral

    En las éticas maduras, es inmoral sostener una guerra que no puede ser ganada. Los costos jamás compensarán los beneficios

COMPARTIR

Capitalismo: tus milenios estAn contados”. Este grafito juguetón propone, admitamos que a la bruta, un primer y más fácil problema ético a las Farc, el ELN y los demás ejércitos socialistas de Colombia: ¿Es lícito empeñarse en una guerra que no puede ser ganada?

La respuesta, en efecto, suena fácil: la validez de una

causa no depende de su probabilidad de éxito. O al menos así opinan las que Weber llama “éticas de convicción”, para las cuales hay que hacer lo correcto a cualquier costo: la violencia es lícita mientras busque acabar con la injusticia.

Y sin embargo las otras éticas —“éticas de responsabilidad”— parten de un supuesto contrario y menos debatible: para juzgar la moralidad de mis actos, debo pensar en su impacto sobre los demás. Tal es la base del consecuencialismo, que Rorty con razón juzga “el criterio que nos convierte en una humanidad madura”. Más aún cuando se trata de actos públicos, de decisiones que afectan a tantos de una manera tan grave.

De suerte pues que en las éticas maduras, es inmoral sostener una guerra que no puede ser ganada: los costos jamás compensarán los beneficios. Pero en Colombia no estamos para finuras como esa de la madurez. Y así, en gracia del argumento, supongamos que la injusticia del país es repugnante y que esto justifica la violencia revolucionaria.

Marulanda, Gabino y los demás tendrían una razón válida para la lucha armada. Pero entonces les estalla en la cara un segundo problema: aun cuando sea justa, la guerra tiene límites. Primero, porque las atrocidades pueden ser innecesarias. Segundo, más profundo, porque la moral abarca todos los actos del hombre, incluidas sus guerras. Y tercero, más cómodo, por reciprocidad: si no hubiera límites, bien podría el Estado fusilar los prisioneros que Marulanda reclama en “canje”.

Con lo cual llegamos a otro punto nodal: aun si su causa fuera justa, la insurgencia tiene que respetar los límites de la guerra. Estos límites, para abreviar, son exactamente los que ha encontrado el “derecho humanitario” —malamente llamado DIH, derecho “internacional” humanitario—: la inmunidad de los no combatientes y el trato “humano” de los presos de guerra.

Ninguna guerra entonces justifica la tortura, las masacres, el secuestro, el reclutamiento de menores o las ejecuciones sumarias. Es el punto de inflexión ética de nuestro tiempo: hay medios absolutamente inaceptables de hacer la guerra, no importa a) Cuáles sean sus causas objetivas; b) Cuál sea su justificación ni —en especial—, c) Cuáles sean los actos del enemigo.

Así que el fin no justifica los medios. En primer y principal lugar, este criterio prohíbe las violaciones del “derecho humanitario” por parte de las Fuerzas Armadas. Es muy simple: la diferencia entre un soldado y un hampón consiste en que el soldado respeta la ley; cuando el soldado viola la ley es un hampón.

El para-militarismo por definición existe para hacer aquello que los militares no pueden hacer: saltarse los límites de la guerra. Así que el paramilitarismo siempre es inmoral, no importan las circunstancias ni valen los atenuantes.

Pero si las Farc o el ELN acataran el DIH, ¿sería justa su guerra? El pacifismo diría que no: la guerra jamás es justa. Todas las demás filosofías morales admiten la posibilidad de una guerra justa; sólo que la suprema gravedad de ir a la guerra nos obliga a evaluar sus motivos en forma sumamente restrictiva. Y entonces es evidente que la guerra de guerrillas en Colombia no es una guerra justa.

No lo es porque aquí no se cumple ninguna de las tres condiciones que demandan los filósofos morales. No existe el “tirano insoportable” descrito por Mariana en un texto clásico, el príncipe o dictador represivo y sanguinario. No existe la imposibilidad de apelar a otros medios, como las elecciones, la mediación internacional o el argumento racional. Ni existe la “titularidad política” que llama Mann, la encarnación efectiva de un sentimiento general del “pueblo”, a la manera en que —digamos— la OLP, o el sandinismo, o los “maquis”— encarnaron a sus pueblos.

Guerra inmoral en sus consecuencias, en sus medios y en sus orígenes. Lo cual en buen romance significa que todas estas muertes son inmorales e inútiles. Que el agresor es responsable por todos los efectos de la guerra. Que las negociaciones son producto del chantaje y no de la razón o la justicia. Que los crímenes de guerra no podrán ser perdonados ni olvidados. Y que la humanidad tiene el derecho y el deber de intervenir en Colombia. Implicaciones éstas, ya lo sé, “simplemente morales”.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1851

PORTADA

El doloroso asesinato de 81 líderes (este año)

José Jair Cortés es el más reciente de casi un centenar de líderes asesinados este año sin que el Estado pudiera evitarlo.¿Cómo parar este desangre?