Jueves, 19 de enero de 2017

| 2006/12/02 00:00

Una encuesta crucial

Falta ver si el escándalo para-político afecta la popularidad del Presidente, o si su teflón iguala al de Bill Clinton, que mantuvo la suya durante el escándalo Lewinsky, opina Álvaro Forero Tascón.

Una encuesta crucial

Al momento de escribir esta columna, no se conocen resultados de encuestas sobre la imagen del Presidente, realizadas con posterioridad a la crisis política originada por el destape de los vínculos del paramilitarismo con la clase política. Por la gravedad de los hechos, es posible que afecten negativamente los índices de favorabilidad del Presidente, dado que hasta ahora, su coalición de gobierno es la que se encuentra comprometida.

Sin embargo, también hay razones para pensar que el huracán para-político no golpeará fuertemente a Álvaro Uribe. Primero, por el famoso teflón presidencial. Y segundo, porque la sociedad colombiana ha demostrado una enorme permisividad frente al paramilitarismo, pues éste obedece a un largo proceso social, político y económico que además de detractores y víctimas, tiene beneficiarios, solidaridades ideológicas y cierta aceptación social. Además, el consenso político sobre el que se apoya la gobernabilidad uribista, parecería incluir un acuerdo tácito para tratar de superar el paramilitarismo a cambio de cierta impunidad.

La posibilidad de que ocurra cualquiera de las dos situaciones, se debe a la naturaleza compleja de la opinión pública. Como explica un académico norteamericano, John R. Zaller, cada opinión es un matrimonio entre información y predisposición; información para formarnos un cuadro mental sobre un tema, y predisposición para motivar alguna conclusión sobre dicho tema. Es decir, una misma información puede producir tantas opiniones diferentes, como predisposiciones distintas haya.

Una información como la del escándalo político-paramilitar, en un país no familiarizado con los actores armados y con la influencia del delito en la política, produciría una hecatombe en la opinión pública. Pero en Colombia esta información no sólo no es nueva, sino que está siendo recibida por ciudadanos con predisposiciones muy variadas, que van desde la indignación y la condena, hasta la comprensión y la solidaridad. En lo que se refiere a la imagen presidencial específicamente, la información negativa no vincula al Presidente, y la predisposición de la mayoría de ciudadanos debería ser por lo menos benigna, en la medida en que esa mayoría ha tenido una opinión favorable de Álvaro Uribe.

En realidad, ni la gravedad de la información, ni la predisposición favorable, permiten predecir el impacto de un gran escándalo político sobre la imagen de un Presidente.
Durante el proceso 8.000, la opinión sobre Ernesto Samper se mantuvo relativamente estable en las encuestas. En el caso de la opinión pública norteamericana, ésta reaccionó de manera radicalmente distinta frente a los grandes escándalos de las administraciones Reagan y Clinton. Mientras que los números en las encuestas sobre Ronald Reagan, el genio de la imagen y el inventor de la campaña permanente, cayeron con las revelaciones del escándalo Irán-Contras, los de Bill Clinton no solo no bajaron en el peor momento del affaire Lewinsky, sino que subieron al más alto nivel de su presidencia.
Estos resultados desvirtúan el mito de que el buen desempeño económico actúa como un manto protector sobre los presidentes en crisis, como trataron algunos de explicar la hazaña de Clinton. El crecimiento económico no mantuvo la favorabilidad de Reagan, ni mantiene hoy la de George W. Bush. Y no habría sostenido a Clinton, que no contento con haber cometido un grave error de juicio y demostrado débiles principios morales, mintió sin sonrojarse ante las cámaras de televisión.

Quizá lo que hizo que Clinton subiera en las encuestas durante uno de los momentos más difíciles de su presidencia, fue el manejo que hizo del gobierno, no del escándalo. En medio del acorralamiento político y la humillación personal, Clinton dio un ejemplo admirable de cómo sobreponerse a las dificultades. Al borde del colapso político, cuando el Congreso decidió acusarlo penalmente por falsedad testimonial y obstrucción a la justicia, Clinton mostró liderazgo, humildad y un buen récord, en su discurso al Congreso sobre el estado de la Unión, y días después los índices de su favorabilidad subieron 8 puntos.

Pero lo más revelador fue que, a la pregunta sobre la confianza en la capacidad de Clinton para adelantar sus funciones como presidente, el aumento se dio entre republicanos e independientes. Según estudiosos como George Bishop, ese aumento obedeció realmente a una evaluación de los estadounidenses sobre la capacidad de Clinton para gobernar en momentos críticos. Porque mientras los números de Clinton subían, los que medían la satisfacción con el rumbo del país descendían, demostrando que los ciudadanos sí percibían el tamaño de la crisis política. Y una vez Clinton fue exonerado por el Congreso, sus números empezaron a descender otra vez.

No hay respuestas fáciles en materia del comportamiento de la opinión pública frente a las crisis. En el caso norteamericano, frente a Reagan, los ciudadanos no perdonaron la inconsistencia de transar armas y droga con un enemigo como Irán, a pesar de que nunca se comprobó que el Presidente supo o aprobó la operación. En el caso Clinton, tuvieron un juicio laxo sobre la conducta del Presidente, y la amenaza de retiro del poder jugó a favor de Clinton.

Falta ver si los colombianos tratan el escándalo para-político con la misma intolerancia de los norteamericanos frente al Irán-Contras, o con la magnanimidad de éstos frente al incidente Lewinsky. O si la permisividad frente al paramilitarismo, o el temor a que el escándalo debilite la seguridad democrática o desemboque en una salida del poder de Álvaro Uribe, desvíe el asunto hacia la capacidad del Presidente para desempeñar sus funciones en tiempos de crisis, y sea esto último lo que reflejen las próximas encuestas. A Reagan lo desfavoreció haber tratado de controlar el daño político negando la relación del Presidente con los hechos. Quizás a Clinton lo favoreció el hecho de que se conoció toda la verdad, y que terminó reconociendo tanto el error como la mentira.

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