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Opinión

  • | 2014/12/15 00:00

    Una enfermedad incurable

    Para Fernando Antonio Delgado, un desconocido concejal de Marsella, Risaralda, recientemente condenado por hostigamiento racial, los negros, indígenas y desplazados son el cáncer del país.

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Martha Bajaire, una veterana del periodismo de la costa norte colombiana, solía llamarme “negro”, o “negrito”, cuando coincidimos en la sala de redacción de un periódico de la ciudad de Cartagena. Ella dirigía la sección de Sociales y yo  fungía de corrector de estilo. Otras veces me decía “Joaco”, o “cariño”, o “mi negro”. Que yo recuerde, siempre hubo en su voz un tono cariñoso al sustantivar ese adjetivo que, en otras circunstancias, podría haber adquirido connotaciones de hostigamiento racial.

Lo que está pasando en estos momentos en algunas ciudades de los Estado Unidos ha vuelto poner en el tapete un problema que parece no tener solución y que en este caso ha tomado características de un cáncer social. Barack Obama, el primer presidente negro de la historia del país del norte, no sabe qué hacer. De las calles de un suburbio de Saint Louis en Ferguson, Missouri, las protestas se han extendido a Nueva York, Boston, Chicago y Miami. Cientos de personas se han tomado las avenidas, calles y plazas de estas ciudades emblemáticas para llamar la atención de las autoridades por una serie de muertes violentas de jóvenes negros a manos de oficiales de policía blancos.

La primera ocurrió el pasado 9 de agosto cuando Darren Wilson, un miembro de la policía de Ferguson disparó 14 veces contra Michael Brown, un joven de 19 años, sospechoso de haber robado una cajetilla de cigarrillos en un comercio local. Según testigos, Brown caminaba por una calle en compañía de un amigo cuando fue interceptado por una patrulla conducida por Wilson. Este lo interrogó sin bajarse del auto y cruzó unas fuertes palabras con el joven, quien al dar la espalda, escuchó unos disparos que hicieron blanco en el pavimento. Brown corrió hacia un parque cercano. Wilson se bajó del auto y lo persiguió. El joven se detuvo y levantó los brazos pero a Wilson no le importó y descargó el proveedor de su arma. Seis disparos impactaron el cuerpo del muchacho. Todos de frente, según el médico forense que realizó la autopsia.

Tres meses después, el 25 de noviembre, un jurado compuesto por 12 miembros no encontró mérito alguno para procesar  al oficial de policía. Ese mismo día, una ola de protestas se tomó  las calles de la localidad. Hubo destrozos de vitrinas de locales comerciales, incendios de vehículos policiales y la traída, literalmente, del infierno a la tierra.

El 20 de noviembre, mientras que en Ferguson se llevaba a cabo los alegatos de la Fiscalía contra el oficial, en Brooklyn, Nueva York, Akai Gurley, un joven negro de 28 años, fue asesinado en confusos hechos por un policía blanco que, en medio de la oscuridad de una escalera de un edificio, disparó contra una sombra que se le acercaba. El hecho fue calificado por las autoridades de la ciudad como “una tragedia muy desafortunada”, pero esas palabras de disculpas no evitaron que más de cien mil personas se tomaran el Times Square para denunciar las muertes de jóvenes negros a mano de policías blancos que luego fueron exonerados por la justicia.

Al anterior homicidio se sumó el de Eric Garner, un vendedor ambulante de cigarrillos que murió al sur de Manhattan tras un violento arresto. En un video de 4 minutos y 34 segundo, y que se volvió viral después de su muerte, se puede observar a un hombre voluminoso agitando las manos mientras les explica algo a los policías que lo rodean. Pero, al parecer, nada los convence. Garner se da media vuelta y, en ese momento, uno de los oficiales aprovecha y lo sujeta por detrás. Otros entran de repente en el ángulo de cámara y rodean al hombre, que, al intentar zafarse de sus captores, cae al piso. Entonces se puede ver cómo aparece por el costado izquierdo un oficial gordo y después otro.

Seis en total. Garner yace en el piso. No puede defenderse. Está inmovilizado, pero un policía lo sujeta por el cuello mientras su compañero le pone las esposas. Utiliza una llave de yudo. Luego presiona la cabeza del hombre contra el piso. Garner grita que no puede respirar. Lo repite una y otras vez hasta cuando su cuerpo deja de moverse. Un policía se acerca a la multitud que observa y les pide que se vaya, que dejen de grabar. Pero la persona que sostiene el celular sigue grabando. Aparecen otros policías. Aparecen más curiosos. Garner está tendido bocabajo, inmóvil. No habían pasado dos minutos aún cuando ya el hombre estaba muerto. Daniel Pantaleo, el oficial de policía que aplicó la llave mortal que le presionó la traguea, fue exonerado de delito alguno.

El 28 de noviembre de 2014, mientras las protestas en Nueva York, Boston, Miami y Ferguson se habían vuelto imparables y el presidente Obama pedía calma desde la oficina oval de la Casa Blanca, en Marsella, Risaralda, un juez penal del circuito declaraba culpable a Fernando Antonio Delgado, un desconocido concejal de ese municipio que dos años antes, durante una sesión del cabildo, expresó, sin sonrojarse, que “los negros, indígenas y desplazados son el cáncer que tiene el gobierno nacional y el mundo”.

No se necesita tener dos dedos de frente para concluir la premisa del “honorable concejal”, pues, como toda enfermedad catastrófica, hay que buscarle, sin duda, la cura, la manera definitiva de erradicarla.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario. 

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