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Opinión

  • | 2011/05/21 00:00

    Una escopeta cargada

    Es una buena cosa que en el asunto de la guerra interna esté cumpliéndose la reflexión del presidente Santos según la cual solo los idiotas no cambian de opinión.

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En los años de la 'seguridad democrática' del presidente Álvaro Uribe se trató de ganar la guerra, sin conseguirlo. Uribe negaba que la guerra existiera, y lo sigue negando, pero no escatimó esfuerzos ni recursos en su empeño por conseguir un triunfo militar. Antes, sobre todo en los años de Andrés Pastrana, pero también bajo otros gobiernos, se había intentado, también sin éxito, hacer la paz. El propósito nunca fue tomado verdaderamente en serio, y por eso las treguas y los diálogos con los alzados en armas iban entremezclados con acciones militares o paramilitares: las matanzas de las autodefensas bajo Pastrana y Ernesto Samper (cuyo ministro de Defensa, Fernando Botero, "el de los verdes" como lo llamaban los narcos, fue el creador de las criminales 'Convivir'); el bombardeo a la Casa Verde de las Farc ordenado por César Gaviria; el exterminio de la Unión Patriótica adelantado en las narices de Virgilio Barco; y, cuando las palomas pintadas de Belisario Betancur (que fue el primero en reconocer oficialmente la existencia del conflicto armado), los engaños al M-19, que llevaron a este a su demencial toma del Palacio de Justicia con su igualmente demencial respuesta militar. Porque del otro lado, del lado de las guerrillas, la alternancia o la coexistencia de acciones de paz y acciones de guerra era la misma, marcada además por una creciente degradación de lo métodos: el ya citado asalto al Palacio por el M-19, el endurecimiento del ELN al mando del cura Pérez tras el breve "replanteamiento" autocrítico de Gabino, el paso de las Farc al uso de medios terroristas, como la siembra de bombas y de minas quiebrapatas, y su utilización generalizada del crimen monstruoso del secuestro: pues parece olvidarse a veces que la mayoría de sus secuestros no son "políticos", como los de los militares o los políticos que llaman "canjeables", sino crudamente extorsivos. Así, la guerra ha venido creciendo y volviéndose cada día más sucia, y no se le ve fin.

Con el presidente Juan Manuel Santos ha llegado tal vez el momento de volver a empezar. Él mismo ha dicho que la llave de la paz no ha sido arrojada al mar. Y un senador santista, y hasta ayer uribista, el presidente de la Comisión de Paz del Congreso, Roy Barreras, acaba de anunciar (dejando muy en claro que lo ha hablado con Santos) que en el mes de julio presentará un proyecto de reforma constitucional para complementar la Ley de Víctimas, que considera insuficiente: "A penas el primer paso en la dirección correcta de la reconciliación", como le dijo en una entrevista al editor político de El Tiempo, Edulfo Peña. "Necesitamos -dice Barreras- una nueva ley que podría llamarse nuevo marco legal para la paz. Necesitamos una revisión más extensa de todas las formas de justicia transicional posibles y de las definiciones de los violentos en Colombia, que aún no se han construido".

Que no se trata simplemente de una declaración de buenas intenciones lo muestra el hecho de que Barreras no elude, sino que toca de frente, tres temas bastante peliagudos. El tema de las eufemísticamente llamadas "bandas criminales" o "bacrim", sobre las que plantea el debate: "¿Son las bacrim organizaciones de delincuencia común pura? ¿Grupos armados ilegales? ¿Cuál es la diferencia entre esos grupos y los viejos paramilitares?". El tema del narcotráfico, sobre el cual pregunta: "¿Es el narcotráfico un elemento para descartar en la justicia transicional? Si es así, hay que descartar cualquier reconciliación desde el ámbito jurídico, para cualquier grupo violento, porque todos son narcotraficantes". Y por último el tema de la justicia internacional, a cuyas normas se ha sometido Colombia y que, dice Barreras, puede bloquear el camino hacia la paz. "Hoy estamos voluntariamente sometidos al Estatuto de Roma y este hace casi imposible hacer la paz en cualquier país del mundo. (...) La legislación colombiana tiene que recuperar su capacidad de reconstrucción desde lo nacional, y para los colombianos".

Lo malo es que, como señala Barreras, para sortear esos tres problemas se necesita una reforma constitucional. Y las reformas constitucionales son como las escopetas: las carga el diablo.

En todo caso, es una buena cosa que en el asunto de la guerra interna esté cumpliéndose la reflexión del presidente Santos según la cual solo los idiotas no cambian de opinión. El senador Barreras no es idiota.
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