Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1998/02/09 00:00

UNA FECHA Y UN LIBRO

UNA FECHA Y UN LIBRO

Por alguna razón que desconozco todo el mundo está de acuerdo en que el 9 de abril de 1948 es el punto de quiebre en la historia reciente de Colombia, como fecha en la que se produjeron o se sintetizaron los elementos, principalmente negativos, de la Colombia de hoy. Se dice que fue ese día, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, cuando las oligarquías acallaron la voz del caudillo que encarnaba al pueblo; cuando la muerte del líder le dio la largada a la carrera de violencia que hoy está más caliente que nunca; cuando se institucionalizó la impunidad por no haber aparecido los autores intelectuales del magnicidio, y cuando las masas enardecidas destruyeron a Bogotá, según parece una ciudad bella hasta entonces. Este año se cumple medio siglo de esa fecha, y con ese motivo se acaba de publicar un libro de fotografías inéditas de ese día, del célebre reportero gráfico Sady González. Se llama El saqueo de una ilusión, y va acompañado de unos artículos sobre distintos temas relativos a lo que significó para Colombia ese día. Además de ser un libro bellísimo, editado a partir de unos negativos intactos que encontró Guillermo González, el hijo de Sady, entre un armario de la casa de su mamá, es un comienzo de reflexión muy interesante sobre qué tanto hay de cierto y de falso, de seguro y de dudoso, en todo lo que se ha afirmado desde hace 50 años sobre el 9 de abril y sus implicaciones en la historia posterior del país. Antonio Caballero, por ejemplo, ubica a Gaitán como el único dirigente popular de este siglo. No sólo porque sus seguidores fueran personas de lo que en forma abstracta siempre se ha llamado el pueblo, sino porque ha sido el único político colombiano, de antes y después del 48, que no le hablaba al pueblo sino que lo hacía en su nombre. Una especie de médium que a juicio de Caballero lo hacía peligroso para las oligarquías, que lo que habían hecho y harían después era mantener a ese pueblo al margen de la política. Por eso lo mataron, dice Caballero.Este último aspecto también se convierte en un buen punto de discusión, a propósito del mismo libro. Para mucha gente el hecho de que la muerte de Gaitán le pudiera convenir a los godos para atajar a ese liberal que iba a llegar a la Presidencia, a los liberales que lo querían atajar para que no se adueñara del partido, a los comunistas para armar una revuelta y a los gringos para que no subiera al poder el comunista Gaitán, para muchos, repito, esa conveniencia es la prueba de que tenía que haber un inspirador intelectual del crimen, y al no haberlo descubierto el asesinato del caudillo entra de plano al amplio mundo de la impunidad judicial en Colombia. El artículo de Lisandro Duque es un esfuerzo interesante por desmitificar esa presunción. Como lo del pobre siempre es robado, dice Duque, a Juan Roa Sierra, asesino de Gaitán, le están robando los historiadores la posibilidad de haber sido autónomo y libre en la decisión y ejecución del magnicidio. Quién sabe. Pero lo cierto es que no tiene por qué ser un axioma inmodificable el que, como Gaitán era popular, la decisión de asesinarlo tuvo que haber sido tomada por un rico.Otro mito que conviene discutir es el de la destrucción de Bogotá a manos de la chusma embriagada y adolorida por la muerte del dirigente de La Perseverancia. Carlos Niño Murcia explica que los predios destruidos en el Bogotazo fueron sólo 130. Muchos, sí, pero muy pocos para considerar que el patrimonio arquitectónico capitalino fue sepultado por la horda enfurecida. Un análisis más serio sobre este punto tiene que incluir a la clase dirigente, huidiza de su pasado, incrédula de su patrimonio cultural e influenciada por las tendencias urbanas norteamericanas, que destruyó más de la ciudad en el proceso de reconstrucción que los depredadores en la barbarie.Es interesante, además, echarle una mirada a los reportes que hacían sobre la personalidad de Jorge Eliécer Gaitán y sobre la política colombiana de la época los embajadores de Estados Unidos en Bogotá. Los mensajes, rescatados por Silvia Galvis de los archivos del Congreso norteamericano, muestran agudeza política de los embajadores en unos casos y torpeza en otros, pero ayudan a completar el panorama general de ese momento con otra visión, también interesada pero menos divulgada hasta el momento. El libro es una buena disculpa para analizar a los políticos de hoy en la perspectiva de los de entonces; el país que nos tocó en comparación con el de medio siglo atrás y la dramática tendencia que llevamos para entregarle a las generaciones que vienen un país mucho peor, si cabe, que el remedo de civilización que heredamos.

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