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Opinión

  • | 2012/03/10 00:00

    Una fiesta cubana

    Contraté a Tarsicio Mora para que se pusiera una sudadera Adidas, se sentara en una mecedora e hiciera de Fidel.

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En mi casa decidimos organizar una fiesta cubana para contrarrestar la noticia de que Castro no vendrá a la Cumbre de las Américas. Primero debo decir que me encantan las fiestas temáticas, como las que organizan en Colombia algunas personas de la alta sociedad: señoras de alcurnia que se disfrazan con antifaces o se ponen sombreros para pasar la tarde mientras posan para el fotógrafo de Jet-Set. Recuerdo una que organizó un sobrino de Santo Domingo cuya temática era el circo: miembros del establecimiento nacional se disfrazaron de payasos y Poncho Rentería de persona normal. Fue muy emocionante.

Bien: como no pienso dejarme de nadie, con mi mujer decidimos armar una fiesta cubana.

Era un sueño que siempre había tenido. Cuando me lancé a la alcaldía por el Polo Democrático quise hacer una para recaudar fondos para la campaña. Porque si uno es de izquierda y necesita conseguir dinero, no tiene muchas alternativas: u organiza un concierto con Piero y Ana y Jaime y recoge, por mucho, 30.000 pesos; o vende cigarrillos menudeados. Pero este gobierno neoliberal y capitalista prohibió la venta del Mustang suelto para debilitar a la izquierda.

Quise corregir la frustración de aquella vez y monté mi fiesta cubana. Cubana, sí, porque la izquierda está de moda. Santos viajó a Cuba. Angelino suena para la OIT. Y, por culpa de los uribistas, la derecha está muy desprestigiada, a tal punto que cada diestro, en el fondo, parece siniestro. Por si fuera poco, a los líderes conservadores todo les sale mal. Miren, por ejemplo, la gestión de la pobre Noemí frente a Millos: el equipo da tanta lástima que ella misma va a pasar imágenes de la toma del Palacio de Justicia durante el próximo partido para distraer la atención de los hinchas.

Convoqué, pues, a todos mis amigos de la izquierda: a Clara López y su marido; a Petro y su perrita, Bacatá; a Hollman Morris y su hermano. Invité a Piedad, a Iván Cepeda, a Wilson Borja. Incluí, de paso, a mi tío Ernesto, con la esperanza de que me entregara las banderas de su movimiento, el Poder Popular, o Popó, como simplificaba mi papá. Limpié el hidrante del andén para que Luchito rematara abrazándolo en la madrugada; encargué a Bruno Díaz que trajera un grupo de son y le pedí a Piedad que liberara un secuestrado en la sala para que tuviéramos un show central. De paso, contraté a Tarsicio Mora para que se vistiera con una sudadera Adidas, se sentara en una mecedora e hiciera las veces de Fidel.

Era un momento clave para estar unidos. El bienestar del comandante Chávez nos tiene preocupados. Y no lo digo por el cáncer, sino por su amistad con Santos: cualquiera sabe lo peligroso que es ser el mejor amigo de Santos. Hasta un uribista. Incluso Juan Lozano, que anunció una ley para que la salud de los mandatarios sea pública, con lo cual podremos conocer los exámenes urológicos de Uribe, cuyos tres huevos le están dejando secuelas neuronales. El otro día, por ejemplo, escribió en Twitter la palabra "Benezuela", ante lo cual su hijo Tomás le reclamó con vehemencia. Por haberla escrito con zeta, se entiende.

El primero en llegar fue Petro con su perrita Bacatá, que, como todos sabemos, es quien verdaderamente está gobernando a Bogotá. La idea de no construir la ALO, por ejemplo, es de la perrita, que ahora quiere que pase un tren ligero por la Séptima, pese a que si pasa muy ligero la gente no alcanzará a subirse: ni siquiera Roy Barreras, que se sube a todo. Roy Barreras, justamente, también se hizo presente: llamaba 'camarada' a todo el mundo, se tomó todo el vino caliente, cantó La Maza y le ofreció a Iván Cepeda la camisa sin cuello, tipo Nerú, que se usó en su matrimonio.

Pero la fiesta no despegaba, pese a que habíamos contratado la presencia de María Fernanda Valencia y las hermanas Lara para atraer a los fotógrafos de las sociales. No arrancaba, digo, y todos discutían aburridamente su ingreso al gobierno, aunque en términos programáticos, desde luego:

—El mejor exenario es que Angelino se vaya a la OIT y nos den un ministerio —afirmaba Borja.

—Yo preferiría la FAO—confesaba Angelino.

—Yo quiero el consulado de Barbados —decía Clara López, mientras se acariciaba las mejillas pobladas para demostrar que la merecía.

—Yo, en cambio, prefiero Ginebra —decía Luchito. Y pedía una.

La fiesta cubana tomó forma cuando mi mujer sirvió la comida, que era típicamente cubana: es decir, muy escasa. La gente debía hacer fila en la cocina con una libreta en la mano y recibía un poquito de aceite, un poquito de arroz. El celador del edificio disipaba las quejas de los proyanquis que se quejaban de las raciones. Eventualmente Tarsicio Mora aparecía en la sala y hacía ejercicios con los brazos para demostrar que estaba bien de salud. Jorge Alfredo Vargas, a quien rapamos y le pusimos una boina roja, invocaba al pueblo y cantaba joropos como Chávez. En la madrugada, varias invitadas hambrientas comenzaron a prostituirse. Se paraban en el hall de la entrada y se ofrecían a cambio de comida o de que las sacaran de allí.

Fue una fiesta muy cubana, muy realista. Es una lástima que Fidel no venga al país para mostrarle las fotos. Se las mandaré con Santos la próxima vez que lo visite.
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