Viernes, 20 de enero de 2017

| 2010/07/24 00:00

Una guerra en el Bicentenario

¿Se ven paisas con esqueletos del Nacional tomando aguardiente al lado de unos vallenatos? ¿Dónde están los vendedores de gafas? No puede ser El Rodadero.

Una guerra en el Bicentenario

No tenía reparos con la celebración del Bicentenario hasta el martes pasado, cuando me di cuenta de que no estábamos festejando el cumpleaños de José Galat, como hasta entonces suponía, sino nuestro Grito de Independencia.

Me pareció un exabrupto, si me permiten decirlo. La verdad, señoras y señores, es que acá no hay nada que celebrar. Esta es la patria del padre 'Chucho', de Carlos Calero. ¿Qué se puede esperar de un país donde el habitante promedio se realiza bebiendo cerveza y poniendo el envase sobre la mesa hasta acumular decenas, centenas de botellas?

Y la historia, la historia patria. Pongámonos la mano en el corazón: ¿de verdad puede salir algo decente de una nación en la que a uno de sus próceres lo apodaba 'Mascachochas'?

Nuestra historia es muy mediocre. El puente de Boyacá es chiquitico. Podría estar en un campo de golfito. Y además es innecesario: cruza una canaleta que cualquiera puede saltar, hasta Navarro Wolf. Hace varias columnas advertí que la ventana de la que se descolgó Bolívar en la famosa noche septembrina era realmente bajita, y dije que de ahí podía bajarse hasta Luis Alberto Moreno, a quien insté para que lo hiciera. Desgraciadamente me hizo caso y se descalabró. Lo lamento de verdad. Mi intención jamás fue causarle daño.

No hay nada que celebrar, digo, y, sin embargo, el gobierno contrató una vez más a un poco de teatreros para que bailaran en trusa en torno a un poporo de icopor. El Alcalde de Medellín gastó más de 2.000 millones en voladores y no tuvo la cortesía de darle siquiera uno a Rafael Pardo, que en toda Colombia es quien más necesita un volador. Y el Alcalde de Bogotá esta vez se puso tecnológico y pagó un costoso show de efectos especiales que proyectaba figuras de animales sobre la fachada de la Alcaldía: micos, aves, pescados. Incluso una víbora que recorría de arriba abajo todo el edificio, y lo seguía haciendo aun después de la celebración. Parece que se trataba de doña María Eugenia.

Y lo digo con respeto por Samuel, a quien valoro y aprecio porque es un hombre al que le gusta ayudar al prójimo, así por prójimo entienda principalmente a su hermano Iván.

Como parte de la celebración, el mismo Samuel destapó una urna sellada hace un siglo que incluía cartas de hombres de esa década, documentos gráficos del momento y la cédula de 'Pum Pum' Espinosa.

Original, como es él, ahora quiere sellar otra para que la abran en cien años. Es una bonita idea siempre y cuando incluyan objetos representativos de nuestra época. Un poncho paisa. Una motosierra. El diente de Diomedes Díaz. Las gafas de Bernardo Hoyos. El turbante de Piedad Córdoba con todo y los microorganismos que se desarrollan en ese pequeño hábitat. Una corbata de Petro -puede ser la corbata que tiene ubicada en la Procuraduría-. Un brasier del doctor Gerlein. La toga de J.J. Un dedal de Vargas Lleras. La cola de David Murcia. Una foto de José Gabriel antes del diseño de sonrisa y otra después. La mano de Iván Ríos. Y yo, personalmente, metería también a Pachito Santos, a ver si salimos de él y con eso se salva RCN. Lo atraería con pedacitos de pan para que entre y lo dejaría encerrado. Es lo mejor para todos. Cuando salga, en un siglo, ya se habrá desarrollado y quizás sea una mejor persona.

Ahora bien: lo único que exacerba mi orgullo patrio no son estas celebraciones vacías sino los vientos de guerra con Venezuela: ahí sí brota de mi pecho tricolor ese patriota bravío, ese centauro nacional que llevo dentro, y salto a defender con sangre esta hermosa tierra donde nació Marlon Becerra, canta Pipe Bueno y la gente come cubios. No permitiré que se metan con mi amada patria; no dejaré que bomba alguna reviente los cristales de joyas arquitectónicas tan valiosas como la pirámide de la Gobernación de Cundinamarca, ni que la aviación enemiga acabe con nuestros potentes centros de desarrollo tecnológico, como el Unilago de la 15.

Hay que ver lo provocador que es Hugo Chávez y la forma en que, acompañado de Maradona, rompió de nuevo las relaciones con nosotros. ¿No es una ofensa inadmisible? ¿No podía hacer el anuncio al lado de un técnico mejor? Y algo más: ¿no es irresponsable ventilar las coordenadas de los cultivos ilícitos delante del ex futbolista, que luego del anuncio salió corriendo a comprarse un GPS?

Y hay que ver, también, el cinismo que se le escurría de la boca al embajador Chaderton cuando comentaba que las playas en que hay guerrilleros descansando no están en Venezuela sino en Santa Marta: ¿se ven en esas fotografías, acaso, paisas con esqueletos del Atlético Nacional tomando aguardiente al lado de un grupo vallenato? ¿Dónde están las tapas de cerveza en la arena? ¿Dónde los vendedores de gafas? Esas playas, señor Chaderton, se ven limpias y tranquilas. No pueden ser las de El Rodadero.

Compatriotas: dispongámonos a ir a la guerra. Que se preparen las reservas. Todas, menos las de Millonarios, que son muy malas. Las batallas serán duras, y por momentos no sabremos si el estado de las calles es producto de un bombardeo o de una licitación adjudicada a los Nule. Pero debemos soportarlo con valentía y recordar que no hay mal que dure cien años. Salvo Pachito, lo cual podrá verse en un siglo, cuando salga de la urna durante la celebración del tricentenario de la República y del bicentenario de Galat.

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