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Opinión

  • | 2011/09/23 00:00

    Una guerra de desgaste

    El primer aniversario de la Operación Sodoma ha generado toda suerte de análisis, algunos especulativos, en torno a la “nueva” dinámica fariana.

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Al cumplirse un año de la exitosa Operación en la cual las Fuerzas Militares y la Policía Nacional abatieron al “Mono Jojoy”, algunos analistas y expertos han dado por decir que existe un nuevo modo de operar de las FARC, una especie de compleja reingeniería diseñada por Alfonso Cano para fortalecerse militarmente. Lo cierto es que esa organización retomó un viejo modo de actuar nada novedoso, y que han empleado a lo largo del tiempo, la “guerra de guerrillas”, una táctica que les permite sobrevivir, supliendo serias deficiencias, pero además evitando enfrentarse a unas Fuerzas Militares cada vez más fortalecidas, humana y técnicamente.

En un interesante artículo publicado en la revista Palimpsesto, en 2003, el sociólogo y profesor Fernando Cubides explica cómo en la literatura estratégica el "guerrillerismo" llega a ser un defecto, de lo que en sus orígenes era una virtud. Este problema es tratado en un escrito de Mao Tse-tung, bajo el título "Problemas estratégicos de la guerra de guerrillas con el Japón". Allí el estratega comunista señala como meta ineludible en el mediano plazo "elevar las guerrillas al nivel de las fuerzas regulares", convertir a la guerrilla en un ejército capaz de dar el paso a la guerra de movimientos y a la guerra de posiciones, lo cual implica necesariamente un abandono de la trashumancia.

Esa propuesta de Mao, en algún momento, fue una posibilidad que las Farc contemplaron, tal vez motivados por las cruentas acciones militares desarrolladas en los gobiernos Samper y Pastrana, que además dejaron un saldo trágico de víctimas civiles. Sin embargo la estrategia gubernamental implementada en el gobierno Uribe, con el concurso decidido de las Fuerzas Militares, terminó sepultando los quiméricos anhelos de los “cuchos” (apelativo usado en las Farc para referirse a sus líderes más antiguos).

Pese al evidente retroceso militar de las Farc, no debe olvidarse que la “guerra de guerrillas” puede brindar una posición ventajosa por la capacidad desestabilizadora que provoca cada acción, bien sea un ataque a la Fuerza Pública, a la infraestructura o a la población civil. Aun si las consecuencias no revisten la gravedad de otras épocas, el grupo armado sabe lo importante que es el despliegue mediático y el impacto que este genera sobre la opinión. Por ello todas sus acciones, hoy día, obedecen al cálculo terrorista en su forma clásica definido por Víctor Walter (1969), y que tiene como escenario de confrontación el imaginario colectivo buscando generar sentimientos de conmoción y miedo en la población.

Pero si bien las Farc han sufrido grandes derrotas en lo militar, con el paso de los años han podido librar con relativo éxito “otras guerras”. Para ello se han valido del PC3 (Partido Comunista Clandestino Colombiano) y el Movimiento Bolivariano. Estas estructuras, diseñadas por Alfonso Cano en compañía del abatido cabecilla Iván Ríos, fueron ganando espacio dentro de la insurgencia en virtud del cerco militar a que se ha visto sometida. Por lo tanto, han dedicado su esfuerzo al trabajo político y de masas que en otras épocas desarrolló el Partido Comunista. Sobre esto último vale la pena comentar que, por esos malabares de la historia, jamás se supo si esa guerrilla inspirada por ellos, era realmente un movimiento de origen campesino o si fue idea de una pequeña elite comunista que creyó conveniente mantener un brazo armado rural, para que desde el Comité Ejecutivo del Partido se tomaran las decisiones de cómo llevar a cabo y de manera acertada la “combinación de todas las formas de lucha”. Un enigma, como tantos otros, que no viene al tema pero que es importante recordar.

Hoy día mientras las Farc han visto menguada su capacidad militar, siguen avanzando en lo estratégico a través de esos otros espacios, librando aquellas guerras que el Estado colombiano se niega a reconocer, pues buena parte de la clase política ni las atiende, ni las entiende, en virtud de ese particular reduccionismo con que se observa el conflicto, es decir, como un problema estrictamente militar.

Aunque es claro que la guerra no se libra en un solo campo, sí se puede inferir que no existe un “nuevo modo de operar” en lo militar, sencillamente regresaron a lo básico: guerra de la pulga (tácticas de acoso constante) y terrorismo. Esto ha exigido de sus miembros mayor disciplina, más secreto, menos concentración de hombres y acciones en grupos pequeños. Pero también un fortalecimiento de las milicias y las redes de apoyo, especialmente para preservar sus sistemas logísticos y garantizar las comunicaciones.

De lo que sí hay certeza es que esa “Guerra popular prolongada” sufrida por varias generaciones de colombianos, aún sobrevive, después de todo Marulanda fue siempre partidario de ella, al punto que logró llevarla a cabo durante medio siglo. El Secretariado continua con la misma estrategia, pese a las fuertes pugnas internas derivadas de la muerte de algunos de sus líderes y evidentes intereses económicos, ellos tienen claro que el poder nace del fusil y que lo expuesto por Mao en su libro “Problemas de la guerra y la estrategia”, es la premisa fundamental de la lucha que adelantan, y que se resume en el siguiente aparte: “Nuestro principio es: el Partido manda al fusil, y jamás permitiremos que el fusil mande al Partido. Pero también es cierto que, teniendo fusiles, podremos crear organizaciones del Partido”.


Las Farc, en definitiva, han entrado en una guerra de desgaste militar de la cual saben que ni ganan, ni pierden, pero están ahí, con capacidad de hacer daño, un complejo escenario en el que perderemos todos, pues en su lucha por sobrevivir acudirán cada vez a peores acciones terroristas de las cuales, para desgracia del pueblo colombiano, aun restan muchas víctimas.


* Miembro de la Academia Colombiana de Historia Militar 

    
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