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Opinión

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La semana pasada fueron asesinados dos más: Eduardo Umaña Mendoza, abogado de presos políticos, y María Arango, veterana militante del Partido Comunista. Dos ejemplos más, dos advertencias más, calculados y 'selectivos', para que el orden del terror siga reinando. Y dijo el padre de uno de ellos, Eduardo Umaña Luna, que en medio de su pena se alegraba de que su hijo hubiera entrado así a la historia grande de Colombia. Terrible país, horrendo país, este a cuya historia sólo se accede por la puerta grande del asesinato político.Tal vez sea verdad. Desde la conspiración septembrina contra Simón Bolívar nuestra historia ha sido hecha de tentativas de asesinato, fallidos como esa o exitosa como todas las demás. Magnicidios, asesinatos 'selectivos', genocidios. Pero no para que las víctimas entren a la historia, sino, por el contrario, para sacarlas de ella, donde incomodan. Porque siempre, sin ninguna excepción, y con la complicidad abierta o tácita de los responsables políticos de turno _autoridades civiles y militares_ son crímenes que quedan impunes. ¿Quién asesinó? "Fuerzas oscuras", dijo una vez, para la historia, un presidente de la República. País terrible y grotesco que sepulta a sus muertos baja la farsa de las "investigaciones exhaustivas". El propio Umaña Mendoza recién asesinado acababa de conseguir que se reabriera una de las muchas investigaciones exhaustivas sobre una de nuestras muchas matanzas históricas, la del Palacio de Justicia. Pero ¿a quién, salvo a él, le importaban ya esos muertos? ¿Quién recordaba al guerrillero Almarales, al magistrado Reyes Echandía, a los desaparecidos de la cafetería? Cincuenta años hace que empezó la investigación exhaustiva del asesinato de Gaitán, y al cabo de cientos de miles de folios se siguen haciendo cábalas sobre quién fue su verdadero asesino. Espantoso país en el que los asesinados no entran en la historia, sino en el olvido.Es demasiado tarde para escribir sobre Eduardo Umaña y sobre María Arango, los dos asesinados más recientes. Siempre es demasiado tarde para escribir sobre los asesinados: había que hacerlo cuando estaban vivos. Y tal vez empiece a ser demasiado tarde para escribir, en Colombia, país atroz en donde los únicos que están quedando vivos son los asesinos.Pues no es un simple azar cronológico, sino una necesidad histórica dictada por la aberración de nuestras costumbres políticas, que por los mismos días en que caían asesinados un abogado de presos políticos y una militante del único partido de oposición legal se conociera la noticia de la muerte por causas naturales del cura Manuel Pérez, jefe de un grupo guerrillero. País terrible, atroz, grotesco, en el que sólo mueren de muerte natural los que eligen el camino de matar ellos mismos.
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