Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/03/31 00:00

Una lectura apresurada

Estigmatizar al presidente ecuatoriano, Rafael Correa, como un títere de Chávez caricaturiza el proceso de cambio que vive el país vecino.

Una lectura apresurada

Por la reciente turbulencia política en Ecuador, luego de la expulsión de 57 diputados de la Asamblea Legislativa por el Tribunal Supremo Electoral, los ánimos se caldearon y su presidente Rafael Correa radicalizó su discurso. Denunció la “propaganda criminal de los medios de comunicación” y se refirió a sus opositores como “las mafias que se niegan a morir”. Inmediatamente parte de los medios locales, pero sobre todo los internacionales saltaron a la conclusión de que Correa se había alineado en el bando de Chávez. Es más, algunos comentaristas afirmaron que el verdadero fin de la Asamblea Constituyente convocada por Correa era aprobar la reelección y perpetuarse en el poder. Y lo haría siguiendo instrucciones del Eje La Habana-Caracas.

Analizar así lo que está pasando en Ecuador es caer en la trampa de su clase política tradicional que está gritando “dictador, dictador”, intentando asustar a los ciudadanos con el feroz lobo chavista que emerge en su país, para ver si con eso detienen el rápido deterioro de su poder.

Por eso es necesario hacer claridad. Ni Correa es Chávez. Ni Ecuador es Venezuela. Ni sus gobiernos y sus entornos políticos son los mismos.

Para empezar, los hombres son diferentes. Correa es un profesor universitario, altamente especializado en economía (tiene una maestría de la universidad de Lovaina en Bélgica y un Ph.D de la de Illinois en Estados Unidos), con una historia de trabajo comunitario con religiosos, y una ideología que él mismo llama “humanismo cristiano”. En otras palabras, es un civil ilustrado de formación democrática, que difícilmente se convierta de la noche a la mañana en un chafarote.

En cambio, la academia que mejor conoce Chávez es la militar. Su intolerancia por el disenso se ha ido acrecentando en la misma proporción que la concentración de poder en sus manos. La semana pasada un ministro suyo amenazó con procesar penalmente a una periodista y al director del diario Últimas Noticias por haber denunciado presuntas anomalías en un convenio para construir plantas iraníes en Venezuela.

Los gobiernos también son distintos. Después de ocho años en el poder, el consenso es que Chávez tiene un equipo de gobierno que puede tener legitimidad popular, pero es de escasa formación o experiencia en el ramo de su actividad. En su natal Barinas, además, ha cundido el nepotismo. Un equipo gris que no cuestionará al soberano.

Al de Correa, por el contrario, lo constituye una mayoría de tecnócratas, en el mejor sentido, especializados en sus campos, y con trayectoria laboral destacada. Por ejemplo, Jeannette Sánchez, ministra de Bienestar Social, con maestría en planificación comunitaria, ha trazado un plan de trabajo elogiado por los expertos.
 
Y la de Relaciones Exteriores, María Fernanda Espinosa tiene una hoja de vida admirable como negociadora internacional en desarrollo sostenible. Nadie garantiza que un gobierno de técnicos resultará bueno, pero lo que sí se puede afirmar desde ya es que contar con segundos de este calibre implica que el liderazgo que ejerza Correa no puede consistir en simples órdenes autoritarias. El mismo Presidente se impuso límites cuando varios de sus ministros saben más que él.
Lo que más distancia a Chávez de Correa, sin embargo, es que sus pueblos son distintos. En Venezuela la movilización social se ha empujando desde arriba. Es el mismo gobierno el que ha creado los comités de base, el que ha invitado a que la gente se organice y participe. Por el contrario, muchas organizaciones civiles que existían antes de Chávez, han sido estigmatizadas por el gobierno. En Ecuador es al revés. Tiene una larga historia de movimientos sociales, indígenas y campesinos, con peso político propio. Han jugado un papel protagónico en tumbar a los varios presidentes de la República que han caído en la última década.

Correa subió al gobierno con el respaldo de Alianza País, y de varios otros partidos y movimientos, entre ellos, el indígena Pachakutik. Y en sus escasos 80 días de gobierno, son esos movimientos sociales los que han salido, no a respaldar el referendo para la Asamblea Constituyente, sino a exigir que esta se haga a toda costa, y a proponer contenidos. El miércoles pasado representantes de las 93 organizaciones populares que conforman el Acuerdo Nacional Constituyente (ANC), se tomaron la Plaza de la Independencia para apoyar la Constituyente y presentar sus propuestas de cambio social y económico. Entonces, por más que quisiera, Correa no podría imponer a la Asamblea que le unja como gobernante eterno. Decir eso es desconocer la realidad ecuatoriana. Su poder allí no será absoluto, y dependerá de que sepa negociar las peticiones de los diversos grupos sociales y políticos.

Por último, tampoco es verdad que Correa sea títere de Chávez. Su gobierno es más sofisticado que eso. A pesar de que sus discursos de los dos puedan sonar parecidos, y ambos despotriquen contra Bush, están jugando estrategias de política exterior muy diferentes. Correa sí dijo que “Bush era tremendamente torpe”, pero, al parecer, está dispuesto buscar la renegociación del Atpdea, para asegurar que continúen los beneficios arancelarios para los productos ecuatorianos en Estados Unidos. Sí está firmando pactos de cooperación con Venezuela para darles insumos baratos a los campesinos ecuatorianos, pero también los está firmando con Lula. El próximo 3 de abril viajará a Brasil y cerrarán un convenio que incluye la asesoría brasileña para la planificación y evaluación del presupuesto fiscal de Ecuador. El Presidente ecuatoriano parece estar jugando a tres bandas: convertirse en bisagra entre las dos líneas de la izquierda latinoamericana, la radical y la moderada, para ganar por punta y punta, y a la vez, ampliar su espacio de maniobra frente al poderoso Estados Unidos.

Ecuador necesita que el mundo entienda mejor su proceso de cambio como es. Es de izquierda, sin duda, pero no necesariamente chavista. Meterlo en el estereotipo chavista le resta la credibilidad que requiere para que tenga alguna probabilidad de éxito. Si en el intento de liderar esa revolución pacífica, a Correa se le llegaran a ir las luces, y le diera por cerrar y perseguir medios de comunicación o violar los derechos humanos, entonces su propia gente sería la que más duro saldría a criticarlo. Pero por ahora, nada de eso ha sucedido. Y meterlo en la misma bolsa con Chávez, es una lectura apresurada, que solo sirve a quienes en Ecuador quieren que nada cambie.



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