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Opinión

  • | 1993/11/29 00:00

    UNA LIMOSNITA

    BUENA PARTE DE LA PLATA QUE VA A PRODUCIR CUSIANA SE DEBERIA INVERTIR DONDE MAS SE NECESITA: EN BOGOTA

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UNO DE LOS PRINCIPALES PROBLEmas de Bogotá es que los bogotanos vivimos con complejo de culpa. Y lo más grave de ese problema (de por sí gravísimo) es que sentimos que tenemos la culpa pero no sabemos muy bien la culpa de qué. La razón puede estar en que todo el mundo ha hablado siempre mal de Bogotá. El haber sido fundada en una cumbre casi inaccesible hizo que la maldijeran los propios españoles que la fundaron por los viajes infernales que tenían que hacer entre alimañas y fieras para llegar hasta acá. Los criollos que se levantaron contra la corona española no se cansaron de repetir que todo hubiera sido más fácil si la sede del gobierno hubiera estado en Caracas o en Cartagena. Durante todo el siglo pasado y parte de éste los comerciantes aseguraron que la prosperidad del país habría sido otra si se hubiera evitado tener que subir desde agujas hasta pianos de cola a lomo de mula para llegar al mercado principal. Más tarde se culpó de todos los males políticos al centralismo político, de los males económicos al centralismo administrativo y de la injusticia en la distribución de los presupuestos al hecho de que Bogotá se hubiera quedado siempre con la tajada más grande de cse ponqué. Y así sucesivamente...Todo eso es verdad. El sitio donde ubicaron la capital parece haber sido buscado con la finalidad expresa de que estuviera aislada del resto de Colombia y, por supuesto, del planeta; y también es cierto que en distintas épocas de la historia el centralismo le ha traído problemas al país. (Nunca tantos como el federalismo, claro, pero estamos hablando es de centralismo). También es verdad que Bo gotá se come la mayoría del presupuesto de la Nación, no obs tante es apenas obvio que por ser mucho más grande y más po pulosa que el resto de las ciudades sus necesidades financieras sean también mucho mayores. Sin embargo lo más cierto de todo es que los bogotanos no somos responsables de ninguno de todos esos problemas. Es más: somos tanto o más víctimas que la gente del resto del país.
Lo único realmente cierto es que después de tantos años de historia, Bogotá es una ciudad miserable. Aquí está concentrado el foco de pobreza más serio del país; la capital tiene el mayor índice real de necesidades básicas insatisfechas; el problema de los servicios públicos básicos en los barrios pobres de Bogotá es dramático, mucho más que lo que se pueda ver en cualquiera otra ciudad colombiana; el déficit de vivienda de los bogotanos es realmente preocupante, y fenómenos como el de la inconclusa Ciudad Bolívar son una auténtica verguenza nacional, además de un demostrado foco de perturbación social. El sistema de transporte masivo es una porquería y la red vial tiene según las declaraciones del propio alcalde más de un cuarto de siglo de atraso.
Quien diga que esto se debe a que los políticos se roban la plata o a que los alcaldes no saben planificar, no está ni tibio en la búsqueda del problema real. (Eso no quiere decir que no haya unos que roben y otros que no planifiquen, por supuesto) . Bogotá es una capital que no tiene recursos. Aquí estamos ante un caos en el transporte y la inminencia de una crisis en el suministro de agua y no ha sido por falta de ganas que no se ha hecho el metro o se ha ensanchado el acueducto. Tampoco han sido pocas las soluciones originales a problemas realmente importantes. Lo que ha faltado simple y llanamente es plata. Bogotá se convirtió en una ciudad pobre mientras se defendía de la acusación nacional de enriquecimiento ilícito, al tiempo que las otras grandes inflaron poco a poco sus bolsillos tras la cortina de humo del llanto re gionalista. Pero ahora se esta oyendo la palabra mágica: petró1eo! Por ahí se dice que entre los años 1997 y 2002 el país va a percibir 2.500 millones de dó1ares anuales por ese concepto y que la mitad va para un fondo de regalías que va a repartir eso de acuerdo con unos criterios que se están discutiendo justamente hoy.
Por ahora hay que dejar a un lado y ya el complejo de culpa y estirar la mano para que caiga la limosna. El petró1eo es el de todos y en Bogotá no viven solo los cachacos bogotanos que se suelen dibujar en las caricaturas de provincia. Aquí vive la cuarta parte de la población nacional, aquí está el mayor número de pobres del país y toda esa gente está metida entre una infraestructra física lamentable. Es el momento perfecto para que los políticos con intereses en esta región se hagan oír en la discusión sobre los destinos de la plata de Cusiana, y sin miedo a pedir una suma proporcional al tamaño del problema.
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