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Opinión

  • | 2011/12/09 00:00

    Una marcha memorable

    Si aún medimos las manifestaciones por la cantidad de personas en las calles, el fracaso de la “Marcha por la libertad” fue más que evidente.

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Comparándola con la manifestación multitudinaria del 4 de febrero de 2008, algunos medios de comunicación dijeron que la marcha del martes pasado, la denominada “Marcha por la libertad”, fue un fracaso rotundo. Lo dijeron en la radio, en la prensa y, en un tono más bajo, también en la televisión. Lo gritaron en la página de Anncol.

“No es contra nadie, es para exigir la libertad”. Así rezaba la consigna inicial de la movilización en solidaridad con los secuestrados. Una movilización que, se pensaba, colmaría las calles en más de cincuenta ciudades del mundo, bajo un solo clamor: “Libertad”. Siendo que no habrá petición más urgente y justa, quién iba a dudar de una participación contundente y multitudinaria. Quién iba a tener presente que, desde esa lógica guerrerista con la que operan los intereses mediáticos y politiqueros, marchar por la libertad sería lo mismo que marchar contra las Farc. Pocos podrían anticiparse a que esos intereses se arrogarían el derecho de manipular la opinión, cambiando la consigna de una manera descarada.

Quienes mencionaron el fracaso no entendieron, entonces, que se marchaba por una causa noble, y no para desahogar el odio. Una Derecha, siempre enfadada, que no tardaría en buscar a quién culpar. Una Izquierda miope y oportunista, que en un tono de júbilo daría el parte como si el país los hubiese apoyado. Así lo malinterpretaron, a su manera, los dos lados opuestos de nuestra minoría más lamentable e influyente –que no influyente por virtuosismo sino por vicio, por su poder de destrucción–. No estarían, en tanto que radicales, para aceptar que esta vez triunfó el deseo de paz, y que ellos, sólo ellos, fueron los derrotados.

Estarían, sí, para buscar culpables. Como lo hizo la amable Salud Hernández, en su regaño a los estudiantes: “No salieron esos desagraciados –dijo, con la presunción y la lógica simplista propias de un comentarista de fútbol–, porque son unos vagos, unos perezosos, unos egoístas”. Estarían, también, para voltear las cosas a su favor. “La democracia callejera dio parte de derrota a Santos, al militarismo y a toda su falsimedia”, celebraron, con su arrogancia característica, en la página de Anncol.

Pueden culparnos de indolentes, pueden culpar a la lluvia (a la maldita niña) de la escasa participación –como si los ideales que se defienden en una manifestación masiva estuviesen sujetos al clima–. Pueden cometer el exabrupto de creer que el país ya no ejerce presión social sobre las Farc para que libere a los secuestrados. Pueden tildarnos, incluso, de guerrilleros. Pero si podemos extraer una verdadera moraleja de esta marcha, esa es que el país ya no se deja polarizar.

Por eso celebramos hoy que el presidente Santos construya el marco jurídico para la solución negociada, y que Timochenko, por su parte, esté hablando de la urgencia de la solución política. Lo celebramos, claro, con la desconfianza de quien ya no cree, pero tiene la voluntad de hacerlo: con la prudencia propia de un país bañado en sangre.

Si aún medimos las manifestaciones por la cantidad de personas en las calles, el fracaso de la “Marcha por la libertad” fue más que evidente. Un rotundo fracaso, sí, para los sectores radicales, los enemigos de la paz. Pero tal vez marchar desde la casa también funcione como un voto en blanco. Lo que haría de esta marcha un triunfo contundente: “No más guerra”, es lo que, a bando y bando, habríamos exigido millones de colombianos el día martes. Una marcha ciertamente memorable.

*Twitter: @Julian_Cubillos

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