Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/07/27 00:00

Una memoria que estalla en el corazón

Cada hallazgo hacía saltar por los aires las cifras de víctimas y mostraba la abismal desproporción entre combatientes muertos o afectados y civiles asesinados, desplazados, torturados...

Una memoria que estalla en el corazón Foto: Guillermo Torres

Debería hablar del informe ¡Basta ya! Memorias de Guerra y Dignidad, como el gran hecho político del momento. Debería empezar por lanzar al rostro del lector el espanto que se siente en el alma al descifrar el vasto universo de las víctimas que trae este desolador relato de 50 años de violencia. 

Debería dedicar el mayor espacio a enunciar las juiciosas recomendaciones que consigna para el Estado y la sociedad en el noble propósito de que puedan asegurar que esto no ocurra nunca más. Pero no puedo. La participación en la Comisión de Memoria Histórica transformó mi visión y mi espíritu. Les pido licencia a los lectores para hablar de ello. 

También, hace 23 años, otro acontecimiento rompió en pedazos las convicciones que habían orientado mi participación en la guerra. El Frente Domingo Lain del ELN asesinó a sangre fría a monseñor Jesús Emilio Salazar, obispo de Arauca. Esto no cabía en mi corazón. Había llegado a la militancia guerrillera bajo el influjo de la Teología de la Liberación que un grupo de sacerdotes llevó a la aldea en que vivía. No podía entender que guerrilleros  orientados a confrontar el Estado terminarán tomando como blanco a un misionero inerme. Fue uno de los principales motivos para salir del ELN y buscar una negociación de paz.

Esto ocurrió el 2 de octubre de 1989. No era el primer civil que asesinaba el ELN, no era el primer acto de barbarie que cometía. Tampoco era un hecho aislado en la guerra colombiana. Para ese entonces agentes del Estado, dirigentes políticos y grupos paramilitares, en la más perversa de las alianzas, estaban en una campaña de exterminio contra la izquierda, el sindicalismo y las organizaciones sociales. Las Farc, por su parte, como en un macabro juego de espejos, destacaban acciones contra líderes de los partidos tradicionales y le daban riendas a la extorsión y el secuestro. 

Era el germen, apenas el germen, de lo que vendría después. En 1995 la guerra se transformó definitivamente en una brutal carnicería contra la población civil. Fue lo que empecé a ver en cada reunión, en cada informe, de la Comisión de Memoria Histórica. Gonzalo Sánchez había tenido la audacia y la generosidad de invitarme a participar como investigador en un grupo de las más altas calidades académicas y de innegables condiciones éticas. Era él distinto, no tenía trayectoria académica y había hecho parte del conflicto armado. Tenía la misión de analizar la transformación de la guerra a lo largo de 50 años. 

Cada hallazgo de María Emma Wills, María Victoria Uribe, Pilar Riaño, Patricia Linares, Andrés Suárez, Álvaro Camacho Guizado, Martha Nubia Bello, Fernán González, Teófilo Vásquez, Absalón Machado, Rodrigo Uprimny, Iván Orozco, Jesús Abad Colorado, Paula Ila, César Caballero y Luis Carlos Sánchez sacudía la visión que tenía del conflicto. Hacía saltar por los aires las cifras de las víctimas y mostraba la abismal desproporción entre combatientes muertos o afectados y civiles asesinados, desplazados, torturados, violados, secuestrados o desaparecidos. 

Los números establecidos hasta el momento son la afrenta humana, la degradación humana, más grande, la más descomunal, en el hemisferio occidental, en el siglo XX y principios del XXI, son 220.000 muertos, 80 por ciento de los cuales son civiles. Entre 5 y 6 millones de víctimas. Es la guerra que no habíamos visto, que no habíamos querido ver, que aún no ven en todo su horror quienes están sentados en la mesa de La Habana y también quienes por el más mezquino interés político quieren que se acabe la negociación. 

Aceptar que ha sido una guerra infame contra la población civil; aceptar que en ella han tenido responsabilidad desigual, pero irrefutable, el Estado, los paramilitares, los políticos y empresarios en asocio con los ilegales y las guerrillas todas; aceptar que el camino más corto para parar la agresión contra la población civil es acordando un cese definitivo de las hostilidades. 

Esto es lo que indica en una página tras otra el informe del grupo de Memoria Histórica. El presidente Santos ha dado el primer paso al aceptar sin ambages el informe y reconocer la responsabilidad del Estado en la catástrofe. Si las Farc y el ELN, en los próximos días, hicieran lo mismo estaríamos cerca, muy cerca, de iniciar el largo camino de la reconciliación. 

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