13 diciembre 2012

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Una mesa para la paz Uribe-Santos

Por Carlos Arturo Velandia J.

OPINIÓNLa noción implementada por el actual Gobierno difiere en alto grado de la desarrollada en los dos periodos presidenciales de Uribe.

Hacer la paz en Colombia pasa por aglutinar al grueso de la sociedad alrededor de este propósito nacional, sin perjuicio de las normales y lógicas diferencias sobre “el cómo hacerlo”, que se manifiestan en el marco de la libre deliberación en democracia; es decir se requiere que las mayorías naciona
les representadas por las fuerzas políticas y sociales, estén comprometidas en dar soporte al proceso de paz y sus eventuales resultados. Llegar a este nivel de entendimiento y compromiso, pasa a su vez por la construcción de un consenso nacional, sobre la forma y contenido del proceso, así como de la profundidad y alcances de los previsibles acuerdos, que hagan posible avizorar, por anticipado, los retos que deparará el postconflicto.

Investigaciones sobre paz indican que las paces en sociedades fracturadas por conflictos religiosos, étnicos o territoriales, son difíciles de lograr y si se llegara a acuerdos, éstos serán poco resolutivos y la paz pactada muy frágil y de corta duración. No es el caso colombiano, el de una sociedad fracturada, pero si de una sociedad polarizada que requiere de la mayor atención para evitar fracturas sociales, que terminen por cuestionar la legitimad institucional y ponga en serio riesgo la estabilidad democrática y republicana.

Vivimos en Colombia un enfrentamiento dialéctico sobre la concepción de modelos de seguridad y sobre cómo poner fin al conflicto armado interno. La noción implementada por el actual Gobierno difiere en alto grado de la desarrollada en los dos periodos presidenciales anteriores de Álvaro Uribe Vélez, enfrentamiento no exento de pugnacidad y beligerancia que desborda los límites normales de una oposición y que se aproxima a niveles de fractura social, con un consecuente impacto en la unidad institucional del Estado para abordar la magna empresa de hacer la paz.

Es del todo inconveniente creer que la paz en Colombia se pueda hacer “en contra o a pesar” de la voluntad y compromiso del expresidente Uribe Vélez, porque no es un contradictor aislado carente de respaldo y reconocimiento social, por el contrario cuenta con un acumulado importante de apoyos sociales y políticos en vastas regiones del país, de importantes sectores gremiales y empresariales, además de una ostensible influencia en las Fuerzas Armadas del Estado.

Ante esta situación, no hay alternativa distinta por parte del jefe del Estado, Juan Manuel Santos, que la de cerrar las fisuras mediante el diálogo y el entendimiento, con las fuerzas políticas y sociales que se oponen a poner fin al conflicto armado en mesas de negociaciones con las insurgencias. Pero como acercar a los personeros de estas dos nociones opuestas: el expresidente Álvaro Uribe Vélez y el presidente en ejercicio Juan Manuel Santos, cuando estas partes no muestran tener voluntad para hacerlo y ninguno se decide a dar el primer paso para restaurar la comunicación?; es aquí donde es conveniente pensar que se necesita una gestión de buenos oficios interpuestos por un tercero, que a todas luces ha de ser una persona de reconocida idoneidad y legitimidad por ambas partes, que además ha de contar con un claro ascendiente y autoridad moral, para que sea escuchado con respeto y sus recomendaciones puedan ser valoradas con interés.

Me atrevo a pensar que el recién investido Cardenal Monseñor Rubén Salazar, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana, es la persona más calificada para intentar un acercamiento para un diálogo Santos – Uribe, que permita superar el estado de incomunicación y de controversia altisonante, para pasar a un diálogo constructivo que haga posible aclarar las diferencias, construir una noción común sobre el final del conflicto armado, sobre la doctrina de seguridad y sobre los posibles alcances y profundidad del proceso de paz iniciado con la mesa de la Habana. Un diálogo de esta naturaleza, es sin duda alguna un paso imprescindible en la construcción del consenso nacional para la paz, como también la base para los acuerdos políticos indispensables en la construcción de las soluciones a los grandes y graves problemas, que hemos vivido en este medio siglo de vórtice de violencias, y poder pensar que nuestro conflicto interno si tiene fin y tiene cura.

* @CarlosVelandiaJ
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