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Opinión

  • | 2012/09/16 00:00

    Una mujer en la mesa de diálogo, una mujer de las FARC

    La fuerza de la autoridad moral de la mujer en cualquier mesa de diálogo se debe a su capacidad de resiliencia, su condición natural de "cuidar" y su disposición a buscar soluciones. Sin embargo, no siempre la presencia de una mujer es sinónimo de reivindicación del género femenino.

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Resulta interesante evidenciar que fueron las FARC las que dieron cumplimiento al mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de incluir una mujer en la mesa de diálogo. Sandra Ramírez, la viuda de Manuel Marulanda Vélez, fue designada como negociadora de las FARC y se encuentra en Cuba representando a esta organización.

Hace doce años, luego de un trabajo de décadas que tuvo como antecedentes las Conferencias Mundiales sobre la mujer realizadas en Ciudad de México (1975), Copenhague (1980), Nairobi (1985) y Beijing (1995); la Declaración de Windhoek y el Plan de Acción de Namibia (1995); el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 1325 del 2000, que reafirmó la importancia del papel de la mujer en la solución de los conflictos, la necesidad de tener en cuenta su realidad como víctima en la guerra y la utilidad de incorporar una perspectiva de género en las operaciones de mantenimiento de la paz.

En relación con el primer objetivo, la Resolución estableció en sus considerandos que reafirmaba: “El importante papel que desempeñan las mujeres en la prevención y la solución de los conflictos y en la consolidación de la paz, y subrayando la importancia de que participen en pie de igualdad e intervengan plenamente en todas las iniciativas encaminadas al mantenimiento y el fomento de la paz y la seguridad, y la necesidad de aumentar su participación en los procesos de adopción de decisiones en materia de prevención y solución de conflictos”.

Frente a la protección de la mujer como víctima, la Resolución hizo un llamado a dar cumplimiento a las normas del Derecho Internacional Humanitario, los Convenios de Ginebra, los protocolos adicionales, la Convención sobre los derechos del niño, sobre refugiados, el Estatuto de Roma, entre otros, a efecto de proteger a las mujeres y a las niñas de violaciones y de toda clase de abusos sexuales relacionados con los conflictos armados.

La violencia sexual ha sido utilizada como una herramienta de guerra en el mundo entero. Colombia no es una excepción. Sin entrar en detalles, es bien sabido que muchas de las niñas que son reclutadas a la fuerza deben prestar “trabajos sexuales” y son obligadas a abortar. En la guerra de los Balcanes, 40.000 mujeres fueron violadas; en Ruanda, 500.000 y en Liberia el 93 por ciento de la población femenina sufrió abusos sexuales, en donde la política criminal de limpieza étnica se lograba mediante las violaciones sistemáticas y el embarazo forzado.

Los abusos cometidos por los grupos paramilitares y las bacrim contra las mujeres son igualmente escalofriantes. También genera indignación el asesinato y la violación de niñas en Arauca, cometidas por un uniformado del Ejército. Pero así como en nuestro país la mujer ha sido violada, maltratada y humillada, también ha sabido salir adelante y existe un sinnúmero de ejemplos, como es el caso de la Fundación Marcoripaz, integrada por mujeres desplazadas de Riosucio, Chocó, ganadoras del premio nacional de paz del 2010 o la misma Clara Rojas, víctima de secuestro, quien perdió y recuperó a su hijo y hoy es la directora de la Fundación País Libre. Como ellas, hay muchas más que nos pueden dar cátedra de reconciliación con la vida. Ejemplos de tenacidad y superación.

Vemos cómo la Resolución 1325 va mucho más allá de reconocer a la mujer como víctima en la guerra sino como facilitadora en la solución de los conflictos. Por esto, se ordena a los Estados a que aumenten la representación de la mujer en las mesas de diálogo y que sea tenida en cuenta la perspectiva de género.
 
Sin entrar en feminismos al decir que históricamente la guerra ha sido culpa de los hombres y que la gran mayoría de soldados y combatientes armados son del género masculino, es menester afirmar que a esa resolución internacional no se llegó de la nada y que ya es hora de que se cumpla.

Sin embargo, no siempre la presencia de una mujer es sinónimo de reivindicación del género femenino, especialmente cuando ella asume un rol de poder patriarcal excluyente, que pone a sus congéneres en una situación de competencia y lucha que sólo conduce a mayores dificultades e injusticias. En los estudios de género se habla sobre dos conceptos muy importantes: el de la “ética del cuidado” y el de la “perspectiva de género”. Esta última hace referencia a los roles, las relaciones, los comportamientos y las actitudes que una determinada cultura asigna a los hombres y a las mujeres, así como a la relación entre ellos mismos.

El concepto de “Ética del cuidado” nació hace treinta años con la obra de Carol Gilligan, “In a different Voice”, la cual reivindica el valor ignorado del “cuidado” como complemento al reconocido valor de la justicia. Resalta cómo históricamente a la mujer se le ha asignado el papel del cuidado de los más débiles: los niños, los ancianos y los enfermos, lo cual ha sido trascendental para el sostenimiento de comunidades enteras y la construcción de la paz. Aquí deriva la fuerza de la autoridad moral de la mujer en cualquier mesa de diálogo, por su condición natural de “cuidar” y buscar soluciones, además, de su creatividad y su capacidad de resiliencia.

Sandra Ramírez es la mujer que está en la mesa de diálogo. Es una mujer de las FARC. Su autoridad deriva por ser, más que la viuda de Manuel Marulanda, quien lo cuidó durante muchos años. No representa al común de la guerrillera combatiente, porque su función era otra, mucho menos a la gran mayoría de las colombianas; pero es mujer y habló sobre el “cuidado” al medio ambiente. Ojalá pueda evidenciar la trascendencia de ser la única mujer en la mesa principal. Confiamos que así como cuidó a Marulanda, sepa también cuidar el diálogo. Igualmente esperamos que además de hombres de representatividad y peso político, económico, policial y militar, haya también otra mujer.

Nelson Mandela dijo alguna vez que una cultura de paz sólo será posible cuando al menos un quince por ciento de las mujeres participen en los procesos de paz. Ojalá la capacidad conciliadora, creativa y cuidadora de la mujer, tenga espacio en la mesa de negociación del proceso colombiano para, finalmente, lograr la paz.
 
*Máster y PHD en Derecho Internacional Humanitario e Investigación para la Paz.
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