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Opinión

  • | 2013/10/03 00:00

    Una nueva economía para la dignidad

    El todopoderoso mercado pasó a ser el nuevo dios y los bancos se convirtieron en los lugares de adoración que remplazaron a los templos de épocas anteriores.

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Soy optimista. Creo que la sociedad mundial desde hace unos años, ha empezado a despertar de un gran letargo en el que ha estado sumida durante décadas. Al fracasar el Comunismo, el mundo creyó que el Capitalismo era la panacea y que sería muy difícil, por no decir imposible, encontrar un sistema económico mejor que, emparentado con la Democracia, rigiera el destino social y económico de los pueblos. 

El todopoderoso mercado pasó a ser el nuevo dios y los bancos se convirtieron en los lugares de adoración que remplazaron a los templos de épocas anteriores. El FMI fue la nueva Inquisición y así se fueron cambiando unas formas de culto por otras, sin que hubiera una clara conciencia de ello. El mandato era y es consumir, acumular mucho dinero para gastar aún más y sobre todo para sentirse felices y poderosos, sin consideraciones de cuánto se está dañando a ese ritmo.  No sólo se ha dicho que la economía de mercado es la mejor, sino que el mercado mismo en su sabia inteligencia, se encargaría de nivelar las desigualdades que se pudieran presentar. Pero hoy es más que evidente que era una falacia y no ha funcionado así. 

La mayoría de las sociedades son cada vez más desiguales. Los índices Gini, que miden esta desigualdad, no mejoran en casi ninguno de los países en desarrollo. En la situación actual, según el economista del FMI Fuad Hassanov, por cada punto de desviación típica en desigualdad se genera un 0’6% de crecimiento del PIB. Esto es absolutamente aberrante. Es decir que mientras mejoran los índices de la macroeconomía, el capital se concentra cada vez en menos manos, mientras la microeconomía de otros, esa, la del diario vivir, para millones de seres humanos, empeora o en el mejor de los casos, no mejora. Lo anterior es de una perversidad inaceptable. 

Ya era hora de que muchos sectores empezaran a cuestionar el Capitalismo. Y lo interesante es que ya no son sólo los economistas los que se preguntan por las bondades de un sistema que hace rato está haciendo agua. Este cuestionamiento inició con más énfasis a raíz de la crisis de 2008,  y desde entonces se escuchan con más fuerza, voces variadas y autorizadas provenientes desde distintas partes del mundo proponiendo soluciones diversas. Estas soluciones apuntan a un cambio profundo, pero sobre todo a mejorar y, como decía en una columna anterior, a humanizar el Capitalismo.

Es maravilloso ver que los jóvenes han sido, en la mayoría de los casos, los protagonistas de estos destellos de cambio. Desde los Indignados de Europa, pasando por los que han venido defendiendo y promulgando la teoría económica del decrecimiento o los de Occupied Wall Street hasta lo que hoy se ha dado en llamar “La economía del bien común”. Una teoría económica bien fundamentada, concebida y liderada por Christian Felber, joven profesor de economía de la Universidad de Viena, quien la formuló en 2010 y que va ganado cada día más adeptos en empresas y gobiernos, así como en el público en general. 

Esta nueva y revolucionaria teoría, busca que todas las empresas elaboren un balance del bien común, el cual ha sido cuidadosamente diseñado para que se lleve paralelamente con el balance financiero, pero privilegiando el primero, consiguiendo así un mayor bienestar para la humanidad, ya que lo más importante no es el hecho de hacer dinero y acumular riquezas sino qué tanto beneficio dispensa ésta con su quehacer a la sociedad en su conjunto.

Factores como el comportamiento ecológico, la equidad de género, la discriminación y las condiciones laborales de los empleados, entre otros tantos, son los indicadores a medir en este nuevo balance. Los bancos se democratizan y se ponen realmente  al servicio de los usuarios buscando no sólo rendimientos para acumular y especular con el dinero, sino servir de mediadores y garantes de las transacciones financieras. 

Los sueldos se limitan; al haber, como lo hay hoy, un salario mínimo, también se propone un salario máximo que minimice la inequidad y propenda por una sociedad más justa. Internamente en las empresas, el salario máximo no debe ser más de 10 a 20 veces superior al mínimo. No se especula con dinero, ni se gana dinero sin trabajar. La democracia se profundiza debido a que hay más oportunidades para todos y todas y las diferencias se van viendo desdibujadas. Se propone una democracia más directa que participativa, donde los ciudadanos realmente influyan en las decisiones que los afectan en su vida diaria.  

Sé que suena a mundo feliz, a utopía, pero si leen con cuidado el libro sobre este nuevo modelo y si escuchan con atención a este joven profesor hablar sobre sus teorías y se dan cuenta de que ya van más de 1.500 empresas europeas que se han adherido al modelo, se puede pensar que sí es posible soñar con un cambio. Es un modelo basado en la economía de mercado, pero más racional; basado en el capitalismo pero menos salvaje; más humano. Diseñado para cooperar y no para la competir ferozmente. El “progreso” no puede ser acabarnos y de paso arrasar con el medio ambiente para incrementar los bienes de consumo. 

Si algunos creen que el cambio del Calendario Maya iba a influir en la humanidad, puede ser que con dicho cambio, lo que se inició haya sido era de cambios positivos; esta economía del bien común tomada en serio creo que puede ser el camino, aunque hoy me tachen de ingenua. 

El lúcido Presidente Mujica acaba de decirlo de nuevo con otras palabras ante la ONU. La vida como la llevamos hoy, es insostenible. Con un estilo de vida como el que se nos ha impuesto es muy difícil ser verdaderamente felices y fijar la atención en lo que es verdaderamente importante. 

Recientemente también oímos al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, el carismático Papa Francisco, pronunciarse de manera enérgica contra el Capitalismo. Independientemente de la religión que profesemos no podemos menos que darle la razón. He aquí algunas de sus frases más reveladoras: "(…) Perdónenme por estas palabras duras, pero donde no hay trabajo, falta la dignidad, es difícil tener dignidad sin trabajar. El trabajo es dignidad, llevar el pan a casa, y amar". "Vivimos las consecuencia de una decisión mundial, de un sistema económico que lleva a esta tragedia. Un sistema económico que tiene al centro un ídolo que se llama dinero". 

Es claro que tenemos que cambiar el estilo de vida de hoy; no produce felicidad ni a ricos ni a pobres, ejemplos abundan. Entonces ¿por qué no arriesgar y probar un cambio?

*Profesional en estudios literarios
Asesora de Proyectos internacionales
Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar UNIBAC
iliana.restrepo@gmail.com


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