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Opinión

  • | 2011/04/06 00:00

    Una parábola sin retorno

    Asistimos a un nuevo golpe que resuena sordo y contundente en la ya debilitada coraza que recubre la cultura.

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Señora, buenos días; señor, muy buenos días...
Decidme: ¿Es esta granja la que fue de Ricard?
¿No estuvo recatada bajo frondas umbrías,
no tuvo un naranjero, y un sauce y un palmar?

Porfirio Barba Jacob

 

Tal vez sea el sentimiento de desazón y abandono que se puede tener con la lectura de este clásico poema de Porfirio Barba Jacob, que bien conoce el señor ex presidente Belisario Betancur, el que nos ha arropado en los últimos días al acercarnos, como tantas veces lo hicimos en los últimos20 años, a la calle 80, abajo de la carrera novena, y constatar sorprendidos la soledad de la casa que abrigó en muchas oportunidades lo mejor de nosotros.


A diferencia del poema, que se duele de las ausencias del viejo huertecillo de perfumadas grutas, que ya no tiene nidos, ni pájaros, ni frutas; quienes poblamos alguna vez el amable recinto de la Fundación Santillana y en él asistimos al contacto con las letras… con la historia, con el arte y con la música, nos preguntamos por qué ahora las hierbas, ya crecidas, ocultan el camino y ¿De quién son esas fábricas? ¿Quién hizo el puente real?

Asistimos así a un nuevo golpe que resuena sordo y contundente en la ya debilitada coraza que recubre la cultura. Santillana, mientras duró, coloreó a Bogotá con las luces de muchos creadores, sensibles pensadores y ejecutores de toda suerte de disciplinas que nos han hecho grandes en el deleite de asistir a la sala cultural para contemplar las pinceladas, por ejemplo, de Manuel Hernández, de María de la Paz Jaramillo; las imágenes capturadas por la lente de Nereo López y de Abdú Eljaiek; a escuchar las notas de las músicas más diversas… Arnedo, Samper, Zagarra, Gabriel Rondón; las voces de la historia y la poesía; los testimonios de los viajeros; el nacimiento, siempre emocionante, de los libros… El agua de la acequia, brillante, fresca y pura…

Señor, ¿no os hace falta su música cordial?

Santillana fue conformando, sin proponérselo, un ejército de intelectuales que continuamente preparaban lo más especial de su conocimiento y del resultado de sus investigaciones para proyectarlo y compartirlo con quienes hoy todavía reconocen el sabor de la tertulia, personajes maravillosos como Juan Gustavo Cobo Borda, David Manzur, Otto Morales Benítez, Santiago Díaz PiedrahÍta, Carlos Schloss, Bernardo Hoyos, Susana Castellanos de Zubiría, Jorge Iván Parra, María del Rosario Mejía y un largo etcétera, que hoy se verán abocados a la construcción de horizontes nuevos en medio del silencio que llena el recinto feliz de esa, nuestra casa.

Santillana fue la hechura del presidente Betancur, la rienda suelta del humanismo que lo caracteriza y que contó, en el apoyo de Javier Bejarano, de Alba, deCristina, de Patricia, de Betty, de Fanny y de Giovanni, con los escuderos ideales para enfrentar gigantes de proporciones míticas, los mismos que acechan desde una orilla extraña, ajena a la cultura, las ejecutorias poéticas del hombre.

Así no más Santillana cerró sus puertas… su página web exhibe a manera de “Nos trasladamos”, un escueto mensaje que promete el adefesio de una “Reingeniería Cultural”, acaso dos o tres futuros eventos virtuales, fríos, políticos en los que “se ocupará de desarrollar proyectos académicos en cooperación con instituciones educativas colombianas y extranjeras, para brindar nuevas ofertas culturales, que contribuyan al progreso social, con proyectos en los que la imaginación creativa es el principal componente”…

“Temporalmente la sede de la Fundación Santillana estará cerrada al público”.

Señora, buenos días; señor, muy buenos días,
y adiós... Sí, es esta granja la que fue de Ricard,
y éste es el viejo huerto de avenidas umbrías
que tuvo un sauce, un roble, zuribios y pomar,
y un pobre jardincillo de tréboles y acacias...

Sé que interpreto el sentimiento de muchos de los consuetudinarios asistentes a las butacas de Santillana, con quienes compartimos el café generosamente servido cada noche y el vino solemne que acompaña, como nada, las voces de hombres como Saramago, Cebrián, Felipe González, Alma Guillermoprieto… Fernando Vallejo; y que hoy buscarán también esos horizontes nuevos repletos de corazón y de sonrisas. Al presidente Betancur y a su equipo de trabajo sólo nos sale decirles justamente el último verso de esta parábola del retorno… ¡Señor, muy buenos días! ¡Señora, muchas gracias!

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