Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2003/10/06 00:00

Una tarde en el infierno

Que no digan majaderías los ex alcaldes de Medellín. Sobre todos ellos pesa la vergüenza del morro de Moravia

Una tarde en el infierno

El Papa dice que el infierno no existe como sitio en el más allá. Como él tiene tantos teólogos que lo asesoran, la cosa debe ser cierta. Pero el infierno sí existe (como sitio) en el más acá. Tiene nombre, coordenadas geográficas, habitantes e incluso diablos. Se llama el morro de Moravia y queda a cinco minutos en Metro desde el centro de Medellín. Moravia, en realidad, no era un morro sino una vega a la orilla del río. El morro lo creamos todos los habitantes de la ciudad con las basuras. Sí, porque Moravia no es otra cosa que el antiguo basurero de la ciudad, un lugar al que ya no le cupo ni una cáscara más y fue cerrado por saturación hace unos 20 años.

Fue cerrado, sí, pero el valle donde queda Medellín es muy estrecho. La gente no cabe y los desplazados de la guerra no saben dónde meterse. Primero los 'basuriegos' y recicladores, después los inmigrantes del Chocó y más tarde los desplazados de la guerra fueron ocupando irregularmente la montaña de basuras de Moravia y también el Oasis (otro botadero, pero en este caso de escombros de construcción). Al principio el mayor problema eran los malos olores y las ratas. Después el material de superficie se acabó de podrir y las casuchas de tabla o de cartón cubrieron el morro; con las lluvias y el peso de la gente el morro se fue afirmando, aunque todavía hay deslizamientos, y se inunda cuando no se quema.

Porque al principio la montaña de basura, en sus entrañas, tuvo que hacer la digestión. El material orgánico, cuando se descompone, produce biogás, una especie de pedo químico, fétido, y rico en metano. Hace algunos años, la tierra se rajaba y de las vísceras del morro salía un soplete hediondo y devastador que incendiaba las casas. El morro de Moravia se quemaba, y también sus habitantes; como en el infierno.

A principios de febrero de este año ocurrieron varios hechos trágicos: la avioneta del ministro Londoño acababa de caerse y nadie encontraba los restos del desastre; las Farc pusieron la bomba de El Nogal y decenas de personas perecieron calcinadas. Ese mismo día (pero obviamente la noticia pasó inadvertida, sepultada por la magnitud de las otras) ardió una vez más el morro de Moravia. Según los técnicos, el incendio no se debió al metano de la montaña (ese ciclo ya pasó), sino al hacinamiento y a los materiales en que están construidas las casas. Pero por uno u otro motivo Moravia arde cada cierto tiempo. Se había incendiado el año pasado, y el anterior, y antes.

Llevamos como 10 alcaldes en estos 20 años, pero ninguno ha sido capaz de solucionar la situación inhumana de que miles de humanos vivan encima de una montaña de residuos orgánicos e industriales (que ya no generan gas, pero siguen destilando lixiviados, es decir esa hedionda y tóxica juagadura de basuras) que no permite instalaciones sanitarias, y donde la distancia que hay entre una casa y otra (por el frente) es el alcance de un brazo. En Moravia cada casa tiene, si mucho, el tamaño del cuarto de cualquier lector de esta revista, y en esas casas hay divisiones en donde duermen más de cinco personas por espacio.

Como el infierno no existe, yo no sé dónde estará en este momento el alma de Pablo Escobar. En todo caso, si por algún motivo el infierno sí existiera, a lo mejor Escobar se podría haber salvado de sus llamas por una sola causa: hacia 1984 el famoso narcotraficante visitó el basurero de Moravia y se conmovió tanto con la situación de sus habitantes que edificó un purgatorio en otro sitio de las laderas de Medellín, a través de su fundación 'Medellín sin Tugurios'. Hasta el mafioso Escobar (que no tenía un corazón blandito) se conmovió, y tengo la impresión de que llegó a hacer más por la gente del basurero que todos nosotros juntos. Sí, claro, habrá sido un acto de populismo para lavar la conciencia. Pero fue algo. Y por ese algo en el barrio que fundó todavía le prenden veladoras.

Los actos terroristas como el de El Nogal, las discusiones bizantinas sobre el referendo, el IVA a la yuca que la Corte hunde y el gobierno resucita, todas esas cosas que pasan en este país delirante, sirven para que nos hundamos en una pelea general que nos impide ver cosas tan graves como este pedazo de infierno que tenemos ante nuestras propias narices. No sé con qué derecho ex alcaldes de Medellín vuelven a presentarse ante los electores a hablar de las maravillas que hicieron durante sus gestiones. Que no digan majaderías: ninguno fue capaz de solucionar el problema de este trozo de infierno aquí en la tierra. Sobre todos ellos pesa la vergüenza del morro de Moravia.

Hace años se sabe, por estudios serios, que 1.500 viviendas deben ser desalojadas del viejo basurero. Sus habitantes llevan años esperando una solución que no llega. Es más, como viven en este infierno, tienen también mala fama, y cargan con el estigma de que nadie les da trabajo, porque viven en el morro de basuras. Como si fueran diablos. El infierno no existe en el más allá; está aquí, al lado de nosotros, pero cerramos los ojos para no verlo.

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