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Opinión

  • | 2014/11/09 00:00

    Una tontería memorable

    Quienes aseguran que los martillazos que hicieron añico la placa de la discordia en Cartagena fue un acto de indignación, se equivocan. Fue, sin duda, un hecho de barbarie, condenable como cualquier otro.

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Al alcalde Dionisio Vélez Trujillo le gusta el cemento pero se mueve sobre tierras movedizas. Algunos de sus contradictores lo apodan el 'Pato' porque va de cagada en cagada. No había terminado de salir del escándalo de los retratos que enfureció a gran parte de los cartageneros y levantó una ola de protestas cuando ya estaba inaugurando, en los bajos del Fuerte de San Felipe, en compañía del príncipe Carlos y de su nada agraciada esposa, la polémica  placa que les rendía homenaje al almirante Edward Vernon y a otros invasores ingleses que murieron en 1741 cuando intentaron  tomarse por asalto la ciudad de ‘don’ Pedro de Heredia.

Lo del alcalde Vélez Trujillo es compresible si se piensa que asciende de Joaquín Fernando Vélez, un godo recalcitrante, militar, asesor político de Rafael Núñez y amigo personal del entonces presidente, católico ferviente que iba a misa de cinco de la mañana y repetía la dosis a las seis de la tarde. Como coautor de la Constitución Política de 1886, acabó con la libertad de culto. Afirmaba que la única religión posible entre los colombianos era la católica y que todas las demás manifestaciones religiosas debían desaparecer.

Como buen godo, creía en la superioridad racial. Fue embajador en el Vaticano y gobernador –por entonces— de Barranquilla. Era autoritario. Detestaba a los negros pero no perdía la oportunidad de tirarse a escondidas a una negrita. Como amante de la buena vida y practicante a ultranza de la doble moral, estuvo a punto de ser presidente de Colombia en 1904. Su referente de desarrollo era Inglaterra, así que en su mente siempre estuvo la monarquía. Nunca lo manifestó abiertamente, pero siempre dejaba escapar sus perlitas en esas largas conversaciones con su amigo y presidente.

Si hubiera manifestado su culto abierto por la monarquía inglesa  --ya que a sus ojos esta era superior a la española y tenía mucho más glamur y mucho más dinero--, seguramente Núñez se habría molestado, o tal vez no. Al fin y al cabo Joaquín F. Vélez era su amigo, era su compadre, su parche y, como reza el adagio, mi compadre es un hachepé pero es mi compadre.

Seguramente este señor era de los que creía que hubiera sido mejor para estas tierras infestadas de indios ignorantes y plagadas luego de negros, haber sido “descubiertas” y “colonizadas” por la  Armada Real Inglesa y no por esa turba de ladrones y expresidirios que acompañaron a Colón en ese accidental viaje que los trajo como plagas a estas tierras. Seguramente creía que era mejor ser saqueado por los secuaces de Jorge II y más tarde por los de la reina Victoria, ser asesinados por las espadas y los mosquetes británicos que por los apestosos sables españoles. Seguramente habría sido feliz si en vez de Blas de Lezo, el héroe olvidado del recordado sitio a Cartagena de Indias, el triunfo lo hubiera reclamado el almirante Vernon.

Por esto, no debería extrañar a nadie que un siglo después un descendiente del polémico Joaquín Fernando Vélez siga manifestando esa pleitesía, ese decoro extravagante, ese afán casi enfermizo por complacer a los descendientes de los rapaces que no solo estuvieron a punto de borrar, con fuego de cañón, a Cartagena del mapa, sino que han explotado y saqueado de diversas maneras a lo largo de los últimos siglos a los países perteneciente al club del tercer mundo.

No hay duda de que Cartagena de Indias es una ciudad compleja, una complejidad que nace de su historia, de haber sido durante muchos años el puerto negrero más importante de América, pero también como producto del atraso mental de una elite que todavía cree en los abolengos, que considera que su importancia social radica en ser ascendiente de fulanito, que fue nieto de perencejito, quien acompañó a menganito, marqués de las cuatro bolas, cuando este hizo su arribo por primera vez a la ciudad, que era por entonces un enorme pantano ubicado frente a un mar de aguas diáfanas.

El resultado de esta complejidad es, por supuesto, entre muchas otras, ese deseo vergonzoso de rendirles homenajes a los victimarios, de creer que somos inferiores al príncipe de Gales y a su fea esposa, que pertenecer a la realeza, como creía el hombre medieval, era una cuestión divina y no el producto de la imposición de la fuerza bélica de un grupo sobre el otro. Estas razones nos han llevado a echar al olvido a nuestros héroes locales y a exaltar a ‘don’ Pedro de Heredia, un inquisidor español que torturó y asesinó a cientos de indígenas y cuyo único mérito fue haber copiado el nombre de una ciudad de su país para bautizar la nuestra.

Es cierto que lo ocurrido en Cartagena es denigrante. Es cierto que ofende la memoria de todos aquellos valientes que cayeron en esa recordada toma por las huestes de Jorge II,  dirigidas por Vernon durante aquellos aciagos meses de 1741. Es cierto que nos hace ver ante el mundo como una ciudad de arrodillados ante el poder extranjero, una republiqueta tropical que se derrite ante la presencia de un ser que no le ha aportado nada a la humanidad, más allá de recordarnos que está en la lista de espera para suceder a su madre en el trono el día que esta muera. Lo que resulta contradictorio de este escándalo es la utilización innecesaria de la violencia para hacer añico la placa de la discordia. Y lo es porque ya la prensa y los medios de comunicación del país habían hecho el trabajo necesario para que el monumento a la indolencia fuera retirado.

Quienes aseguran que los martillazos que destrozaron el mármol de la leyenda fue un acto de indignación, se equivocan. Fue, sin duda, un hecho de barbarie, condenable como cualquier otro. Es como si alguien agarrara a martillazos el carro de la vecina porque este obstaculiza la entrada de su casa, o macheteara sin consideración el árbol de al lado porque las hoja caídas ensucian su terraza.

No hay dudas de que el alcalde de marras se equivocó. Pero también se equivocaron quienes utilizaron la violencia para destruir una obra que tarde o temprano caería por su propio peso. Y se equivocaron también quienes alzaron en hombros al que llevó a cabo la destrucción. La violencia no puede ser justificada aunque esta, en ocasiones, se vista de indignación o se camufle de protesta. Es condenable sin importar de donde venga.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario. 

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