Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/07/01 00:00

Una verdad molesta

La culpa de Bush en Irak, que es infame, es pequeña comparada con la ambiental que tienen los Estados Unidos al no querer firmar el protocolo de Kyoto

Una verdad molesta

Me parece muy comprensible que no nos desvele el hecho de que el Sol se vaya a apagar dentro de 5.000 millones de años, cuando se le agote su principal combustible, el hidrógeno, y empiece a quemar helio hasta convertirse en una Gigante Roja. Esos tiempos tan largos, de miles de millones de años, son incluso impensables para el diminuto cerebro humano. En cambio es muy grave que no seamos capaces de pensar y de intentar prevenir catástrofes que se plantean para dentro de 50 años o un siglo. Si los animales viven tan solo en el presente (casi sin memoria y con muy poco cálculo futuro), parecería que nosotros fuéramos también incapaces de ver un poco más allá de la nariz de nuestras vidas, del pequeño lapso que nos falta por vivir.

Es verdad, dentro de 50 años la gran mayoría de quienes escribimos y leemos esta revista, ya estaremos muertos. Pero si nuestros hijos y nuestros nietos cogen los ejemplares de este principio del milenio y notan que fuimos ciegos y sordos a una tragedia "natural" anunciada por la gran mayoría de los científicos, y si no leen ni siquiera una vez que nosotros también levantamos la voz contra el inminente Apocalipsis, nos van a despreciar e incluso a declarar cómplices de un crimen contra la humanidad, con toda la razón.

Hay una tendencia incontrovertible en el clima de la tierra: el planeta se viene calentando a un ritmo sostenido desde hace por lo menos 50 años. Existe una causa para esto, que también la inmensa mayoría de los científicos no controvierten: el consumo creciente de combustibles fósiles (petróleo y carbón, básicamente), la emisión de gases contaminantes que acentúan el efecto invernadero, y algunos cultivos humanos que también arrojan en la atmósfera inmensas cantidades de CO2.

Fuera de la evidencia de los termómetros hay otros datos que confirman el calentamiento global del planeta: hay animales y plantas que se desplazan cada año hacia latitudes más cercanas a los polos, en busca del clima ideal para el que están adaptados. En el trópico este desplazamiento ocurre hacia arriba por las laderas de las montañas: pájaros, árboles y flores típicos de tierra caliente, viven ya más arriba por las laderas, en busca de menos temperatura. Plantas de la antigua tierra templada sobreviven ahora muy bien en lo que antes se consideraba tierra fría. Lo malo es que los seres vivos de tierra fría no tienen mucho espacio fértil para donde desplazarse hacia arriba. Los glaciares de los nevados se derriten (Armero fue una víctima del calentamiento global), pero debajo no queda una tierra fértil sino un amasijo de rocas y arena.

Y hay otro fenómeno si se quiere más grave: las masas polares se están derritiendo. Dentro de pocos años, durante el verano, los buques cargueros que van de Norteamérica a Asia podrán hacer un atajo cruzando por el Polo Norte, sobre el agua. Lo malo es que esto significa mayor emisión de gases de efecto invernadero (los gases alojados en los témpanos supuestamente perpetuos), y aumento del nivel del mar. Al paso que vamos, miles de ciudades costeras en todo el planeta quedarán inundadas por el agua del mar. Tendremos oleadas de millones de refugiados en busca de un lugar donde vivir.

La culpa del gobierno Bush en Irak, que es infame, es pequeña comparada con la culpa ambiental que tienen los Estados Unidos al no querer firmar el Protocolo de Kyoto. Bastaría con que el mayor consumidor de energía fósil de la tierra les pusiera algunos impuestos a los automovilistas (para que compren carros menos grandes y menos contaminantes) y a las grandes industrias, para que la curva del calentamiento planetario se hiciera mucho menos pronunciada. Y están haciendo todo lo contrario: contra el modelo europeo de carros más pequeños y económicos, la moda en Estados Unidos son la vulgaridad de los Hummers y de las grandes camionetas de varias toneladas para desplazar homúnculos solitarios.

Y como en todo el mundo los copiamos, aquí pasa lo mismo. Lo elegante es tener vehículos inmensos, que espanten a los niños en los semáforos y hagan babear de envidia a los transeúntes con el cerebro lavado por la propaganda. El gran enemigo ambiental del planeta, el gran propiciador de las catástrofes que están a la vuelta de la esquina del tiempo, son estos carros vulgares que antes eran los típicos de los traquetos (de hecho les decíamos "mafionetas") y ahora son los preferidos por los nuevos políticos.

Hace poco, en la Costa colombiana y en Caracas, vi con sorpresa varios Hummers: en Caracas eran de los nuevos ricos favorecidos por los negociados chavistas; en Cartagena y Santa Marta, de los nuevos ricos surgidos de los 'paras' legalizados. En Estados Unidos, son los que más llevan la bandera patriota que apoya las masacres en Irak de su gobierno. La arrogancia política va de la mano del desprecio por el medio ambiente. Son ellos los culpables de los desastres que se nos vienen. Y también nosotros, si seguimos pasivos y callados ante tanta ceguera y prepotencia.

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