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Opinión

  • | 2004/08/01 00:00

    Una vergüenza

    En años recientes, los políticos se avergonzaban todavía de sus relaciones con los criminales. Lo de ahora no tiene ni siquiera una excusa

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¿Por qué aplaudieron el otro día los parlamentarios colombianos, en el Salón Elíptico, a los jefes paramilitares de las llamadas 'autodefensas'? A Salvatore Mancuso, Ernesto Báez y Ramón Isaza. Tres asesinos. Asesinos, digamos "políticos" -pues lo son- que en el último año, y después de declarar una "tregua", asesinaron por lo menos a mil personas, incluyendo al que antes fue su jefe, Carlos Castaño. Son políticos, de acuerdo. Pero también son asesinos. ¿Por qué los aplaudieron los parlamentarios? ¿Y por qué, para empezar, los invitaron a hablar en el Congreso de la República?

Una coplilla anónima, cobardemente anónima, de nuestro siglo XIX, criticaba el comportamiento cobarde de nuestros parlamentarios de entonces:

"los miembros del Senado granadino

besáronle la mano al asesino a trueque de vivir..."

No recuerdo ya quién era el asesino en cuestión. Algún generalote que dio algún golpe de estado: Melo, o tal vez Obando, o a lo mejor Mosquera. Un asesino. Los del otro día eran tres: Mancuso, Isaza y Báez. Pero los parlamentarios que les lamían la mano ni siquiera estaban amenazados por ellos, y no lo hacían "a trueque de vivir", sino por el agradecimiento de haber recibido de ellos incluso sus curules. Mancuso, Isaza y Báez los están protegiendo. A ellos, y a sus fincas.

Y al gobierno también. Los paramilitares defienden al gobierno, sustituyen y reemplazan a las fuerzas del Estado en donde ellas no están, que es en medio país. ¿Quién defiende las fincas en el departamento de Córdoba, donde hasta el presidente Álvaro Uribe tiene fincas? Los paramilitares. Y resulta que sus jefes -Isaza, Báez, Mancuso- llegaron a Bogotá para discursear ante el Congreso en un avión de la Fuerza Aérea, con un salvoconducto firmado por el Presidente de la República. La Policía intentó sacar a la fuerza del recinto a un hombre que, en las barras, enarbolaba en silencio el retrato de su padre: un parlamentario asesinado por los paramilitares, el político comunista Manuel Cepeda. Uno de los varios miles de militantes de la Unión Patriótica liquidados por los paramilitares en los últimos veinte años.

Es que todo esto es vergonzoso. En años todavía recientes, los políticos se avergonzaban todavía de sus relaciones con los criminales. El presidente Samper decía que esas cosas ocurrían "a sus espaldas", el presidente Gaviria y el presidente Barco achacaban los horrores de las matanzas a desconocidas "fuerzas oscuras". Cuando Gaviria pactó con Pablo Escobar su cárcel privada, presentó el vergonzoso asunto como un triunfo de la justicia, y no como una derrota. Aquella vez en que la Cámara se rindió en sesión plenaria ante los 'extraditables' que llevaban varios meses poniendo bombas en aviones y edificios, con centenares de muertos, lo hizo diciendo que se trataba de salvaguardar la dignidad de la República ante la pretensión imperial de juzgar a los ciudadanos colombianos.

Lo de ahora, esto de los Mancuso, etc., no tiene ni siquiera una excusa. Por el contrario: tiene un entusiasmo, tanto del poder ejecutivo como del legislativo. Y no sé qué piense el judicial.

Pero es una vergüenza.
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