Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/10/07 00:00

Una vieja pregunta

En Colombia y particularmente en el campo, que es donde se hace la guerra, casi no quedan otras fuentes de empleo que la guerra misma

Una vieja pregunta

Incitan a la gente otra vez a que se haga ilusiones. Le dicen que van a conversar, tal vez incluso a negociar. Pero dejando a un lado los oportunismos políticos respectivos (pues oportunismo hay de los dos lados, el del gobierno y el de la guerrilla; o, más exactamente, de los tres, contando el falsamente desmovilizado quintacolumnismo de los narcoparamilitares), lo cierto es que aun si conversan, e incluso aun si negocian, no quieren hacer la paz. Y no quieren hacerla porque saben que la sociedad colombiana que representan, cada cual desde su propio ángulo y en su propia medida, no está todavía exhausta de hacer la guerra. Todavía tiene, en la guerra, plata que ganar, y sangre para gastar.

La plata que ganar está en primer lugar, como lo ha estado secularmente, en la lucha por la tierra: esta guerra que vivimos sigue siendo una guerra agraria. Esa dimensión agraria es hoy, y desde hace unos veinte años, fundamentalmente narca: la ganadería o la agricultura extensiva (la palma, por ejemplo) se han convertido en meros apéndices de la única agroindustria verdadera del país, que es la de los cultivos de drogas ilícitas. Sirven para lavar y consolidar los capitales generados por ella, pero no son ya el motor económico de la guerra. La droga sí. Todos los "actores armados" del conflicto, como los llaman los violentólogos (que así se llaman a sí mismos), viven de eso. Los narcoparamilitares prácticamente desde siempre: desde su origen, aunque hayan sido financiados también por el latifundismo ganadero, cañero, arrocero o algodonero tradicionales, por el transporte y por la industria de mercado local. Las guerrillas, en particular las Farc, desde hace ya más de una década: desde que al marginal cobro del 'gramaje' a los narcos se sumó el control directo de los cultivos en vastas regiones cocaleras y la protección de las rutas de exportación. Y las propias Fuerzas Militares y de Policía del Estado colombiano, de modo más indirecto pero igualmente evidente, por ser crecientemente dependientes de los auxilios norteamericanos del Plan Colombia dirigido contra el narcotráfico y convertido luego en Plan Patriota abiertamente destinado a combatir la subversión.

La sangre para gastar viene del desempleo. En Colombia, y particularmente en el campo, que es donde nace la guerra, casi no quedan otras fuentes de empleo que las de la guerra misma: un muchacho campesino (y cada día más las muchachas también) sólo encuentra trabajo fijo y relativamente bien remunerado en las filas de la guerrilla, o en las de las autodefensas, o en las del Ejército y la Policía (o, naturalmente, entre los raspachines de la coca: el cultivo propiamente dicho corre a cargo de la generación más vieja: la que no está ya para los trotes de la guerra). El desempleo rural es absorbido parcialmente por el desplazamiento forzoso de los campesinos (sobre todo mujeres y niños) a las ciudades, provocado también por la propia guerra. Pero como esos desplazados no encuentran empleo en la industria o los servicios, puesto que no lo hay, también van a engrosar el ejército de reserva de la violencia, urbana en este caso.

Así que hay plata y sangre de sobra para alimentar la guerra. Tal vez eso no bastara para eternizarla, como ha venido siendo el caso. Pero es que además hay motivos. Hace unos pocos días escribía en el periódico Rafael Pardo Rueda, que además de ser un político profesional del establecimiento ha ocupado el cargo, que supongo instructivo, de ministro de Defensa; y planteaba lo siguiente con respecto a uno de los tres actores armados del conflicto:

"La pregunta de por qué están alzados en armas y qué cambiaría esa condición es fundamental para saber si la paz es posible o no lo es".

Se respondía Pardo a sí mismo: por el poder. Una respuesta que, sin duda, constituye un avance frente a la tradicional obcecación del establecimiento colombiano, que no atribuye a la subversión ninguna motivación distinta del ansia delictiva. (Pues el ladrón, como es sabido, juzga por su condición). Pero hay que ir un paso más adelante, resucitando la pregunta que hace ya sesenta años planteó Darío Echandía, y que nadie quiso tomar en serio:

- El poder ¿para qué?

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